Temas del día:

El consumo ostentoso y el ocio de la corrupción

Incluso hay una tendencia del poder a respaldar a los corruptos, porque estiman que desplazar a funcionarios sospechados es un signo de debilidad.

04 de mayo de 2014 a las 12:02 a. m.
Daniel Gattas*
El consumo ostentoso y el ocio de la corrupción

En más de una oportunidad, la sociedad argen­tina se ha visto sorprendida por la absurda e injustificada ostentación de consumo que hicieron y siguen haciendo algunos personajes de nuestro medio.

Este comportamiento, común en la farándula, constituye una cuestión anecdótica y privada cuando quienes lo llevan a cabo utilizan para ello sus propios recursos.

Más grave es cuando la ostentación proviene de aquellos que frecuentan ambientes políticos y sindicales, que no sólo gastan en exceso dinero de dudosa procedencia e imposible de justificar con sus ingresos, sino que lo hacen con alarde, dejando al descubierto un verdadero desprecio por sus semejantes, en particular por quienes aportan impuestos al erario público o pagan una cuota de afiliación a un gremio.

Nuevos ricos

Este proceder de una parte de la clase dirigente, rayano con el escándalo y el delito, supo llamar la atención hace más 
de un siglo al economista y ­sociólogo norteamericano Thorstein Bunde Veblen (1857-1929), quien lo bautizó como “consumo ostensible”.

En su libro La teoría de la clase ociosa , realiza una crítica vehemente en contra de la evolución de la sociedad y la economía de su país, sin percibir quizá que dicha modalidad iba a extenderse a otras latitudes.

Según Veblen, “para ganar y conservar la estima de los hombres no basta con poseer riqueza y poder. La riqueza 
o el poder tienen que ser puestos de manifiesto, porque la estima sólo se otorga ante su evidencia (...) para producir buena reputación, ese consumo debe ser derrochador. No puede entrar ningún mérito del consumo cuando se gasta lo estrictamente necesario para la vida”.

El hábito, muy bien des­cripto por Veblen, parece bastante usual en los “nuevos ricos”, puntualmente los nacidos al amparo de la “década ga­nada” y de los negocios con el Estado.

Supone dos requisitos básicos: acumular dinero sin “mancharse” las manos mediante un trabajo digno y darle poca importancia al valor de la honra y el buen nombre.

Como si fuera poco, la tranquilidad económica que consiguen es un plus que les permite disponer de tiempo ocioso, lo que facilita la “militancia” para acumular aún más pertenencias y alimenta la patología que busca la emulación y admiración por parte de sus pares, ya que están convencidos de que el protagonismo del dinero tiene una potencia simbólica que discrimina favorablemente a individuos como ellos, que se sienten acreedores a la reputación social por sus consumos suntuarios.

En definitiva, es el resultado de un juego social perverso, cuyo objetivo es la “inclusión” de estos impúdicos en determinados estratos de ingresos.

Raro prestigio

Lo más notable de Veblen es que agrega en su obra, con una claridad sorprendente, que “el ladrón o estafador que ha ganado una gran riqueza con sus delitos tiene mayores posibilidades que el raterillo de eludir el castigo riguroso de la ley; por otra parte, le corresponde cierta buena reputación por el hecho del aumento de su riqueza y el de gastar las posesiones irregularmente adquiridas de un modo adecuado”.

Cualquier similitud de esta sentencia con lo que pasa en nuestro país es pura coincidencia. Lo preocupante para nuestra sociedad –más allá del impacto económico negativo que genera la corrupción, por la ineficaz asignación de recursos– es la aparición de una cultura que entiende a la política como un gran negocio, lo que se retroalimenta por las muestras que se ven a diario, sea en el ámbito nacional, provincial o municipal.

Incluso hay una tendencia del poder a respaldar a los ­corruptos, porque estiman 
que desplazar a funcionarios ­sospechados es un signo de debilidad. Grueso error, ya que lo verdaderamente im­portante es el mensaje que se envía desde los altos cargos a los ciudadanos que han confiado en ellos la administración del Estado.

Buenos ejemplos

La creencia popular arraigada –justificada o no– es que las personas que se dedican a la política, sea partidaria o sindical, lo pueden hacer por tres razones: una, seguramente 
la más loable, es para tras­cender y quedar en la historia (en una época no muy lejana, eran amplia mayoría); otros 
lo hacen para quedar en la historia y “hacer caja” (es decir que satisfacen sus deseos de tras­cender a través del poder y de paso se enriquecen); los ­últimos, lo hacen sólo por 
la “caja” (lamentablemente, 
la sociedad tiene la sensación de que estos últimos son cada vez más).

La única manera de cambiar esta percepción es a través de los buenos ejemplos y de redescubrir al poder como un magisterio cuyo fin es mejorar la vida de las personas, fundamentalmente de los menos afortunados.

No es una tarea sencilla, requiere hombres y mujeres probos. Si los argentinos no tomamos conciencia de la gravedad y trascendencia de la problemática de la corrupción corremos el riesgo de que nuestra sociedad cansada estalle. Y si esto ocurre, será tarde para el arrepentimiento.

*Docente de la UNC y la UCC.