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El clamor existencial del alma

Es la naturaleza del ser humano recurrir a una fuerza superior cuando él, como fuerza inferior, se siente amenazado, golpeado o derrotado.

10 de julio de 2014 a las 12:02 a. m.
Beatriz Grinberg de Teicher*
El clamor existencial del alma

Tal vez la insatisfacción espiritual sea el aspecto más profundo y esencial de nuestra crisis contemporánea. La pérdida del sentido de lo sagrado, el divorcio entre religión y espiritualidad de nuestra cultura, la deshumanización científica, el racionalismo iluminista, terminaron instaurando la creencia generalizada de un mundo material y técnico desprovisto de espíritu. Una cierta tristeza hace llorar al alma cuando nos hundimos exclusivamente en cuestiones materiales. El intento de llenar el vacío interno con poder, fama, dinero, comidas o sustancias nos podría dejar eventualmente más desilusionados e insatisfechos. El vacío seguirá allí, porque cuanto más tratamos de llenarnos, tanto más vacíos nos sentimos.Muchas veces perseguimos objetivos con la expectativa de lo que nos producirán felicidad, integridad o paz. Cuando finalmente los alcanzamos, no sólo todavía nos sentimos incompletos, sino que nos damos cuenta de que lo que habíamos estado persiguiendo no era más que una fantasía.Llenar un vacío existencial con cosas materiales es insuficiente. No hay garantía de que lo que nos aseguramos para hoy alcanzará para mañana. Nuestras corridas aparentemente benignas tras las últimas tendencias son callejones sin salida.En esta sociedad atravesada por un sistema económico capitalista, la acumulación de los valores tangibles con sus cualidades mensurables (la racionalidad, el dinero y la riqueza) se ha transformado en una gran preocupación. Parece que la importancia de los individuos se termina midiendo en relación con el monto de su cuenta bancaria y en relación inversa a su disponibilidad de tiempo.A menudo, es sólo más tarde en la vida, después de haber gastado muchos años en la búsqueda de las cosas externas, cuando nos damos cuenta de que el vacío que sentíamos no estaba asentado en la materialidad. En realidad, era un desesperado deseo de encontrar un sentido a la anorexia emocional.Cada vez más conectados y menos comunicados, vivimos inmersos en un mundo tecnológico, aislados del contacto real. Perdemos el amor o la ternura de la mirada que toca al otro y le otorga un enorme poder de puesta en el mundo.Por no ser vistos, se pierde la posibilidad de sostener un rostro, de leer sus expresiones, que, tal como expresara el antropólogo David Le Breton, es el mediador privilegiado de la comunicación y el lugar esencial de la identidad, sensible a las emanaciones positivas o negativas que vienen de las cosas o de las personas.

Mirame cuando te hablo

No mirar a alguien es no conferirle existencia, negarle su valor dentro del vínculo social. La mirada está socialmente habilitada para conferir legitimidad, para garantizar simbólicamente la existencia, como así lo está para impugnarla, negarla o suspenderla.

Claro que tenemos que comer, dormir, pagar las cuentas, pero no es por eso que estamos aquí: estamos aquí para sacar a la luz lo mejor de nuestra alma, sin quedar entrampados en el lodo del materialismo.

Socorrer a un vecino necesitado, escuchar a un extraño en problemas, ayudar a proveer de comida y ropa a quien lo necesite, educar en valores. No sólo para calmar nuestra conciencia sino para ayudar a otro a que se le revele su mejor versión.

Cuando tratamos de ayudar a los demás a descubrir lo mejor que hay en ellos, descubrimos lo mejor de nosotros mismos. Podemos saber lo que necesitamos, pero ¿sabemos para qué somos necesarios?

A menudo, un deseo de cambio emerge cuando uno tiene una experiencia conmovedora, tal como una casi-tragedia, o un encuentro con un libro, una enseñanza, una persona profundamente inspiradora.

Cuando uno reflexiona acerca de estas experiencias y las internaliza, pueden resultar cruciales, dar un giro a nuestro ser e influir en nuestra acción. Parece que la decisión de creer en algo más allá ocurre cuando comienza a disminuir la creencia en la propia omnipotencia.

Es la naturaleza del ser humano recurrir a una fuerza superior cuando él, como fuerza inferior, se siente amenazado, golpeado o derrotado. Las horas más oscuras de desaliento y desesperación tienden a despertar los estados más influyentes de esperanza y visión.

Vivir es aceptar con dignidad el desafío que plantea la vida, con su carga de adversidad, porque nuestra vida tiene el propósito que descubrimos amando, trabajando, creando, pensando en afrontar el sufrimiento cuando nos toca.

Todos los seres humanos tenemos los rasgos distintivos de nuestra especie, con la diferenciación que nos confiere la aleatoria conjunción de los genes que nos aportan determinadas características étnicas o hereditarias. La función de las vísceras es la misma, como lo es el flujo de la sangre por las arterias, el aire para nutrir los pulmones, la estructura ósea para sostener el esqueleto.

Lo que nos diferencia es el alma que nos anida, los pensamientos que nos habitan, las experiencias de vida que tuvimos, las acciones que emprendemos, lo que transmitimos y los proyectos que generamos que tienen la potencia de atrasar lo inevitable: la muerte.

*Mediadora, magíster en Antropología