Temas del día:

El amor más grande

Coinciden un día y se miran. En realidad, no pueden dejar de mirarse. 
Es como lo habían imaginado. Se acercan, hablan, y todo comienza. Vuelven a verse. Se han encontrado, son para el otro. 
Se enamoran.

08 de marzo de 2015 a las 12:01 a. m.
Enrique Orschanski*
El amor más grande

Coinciden un día y se miran. En realidad, no pueden dejar de mirarse. Es como lo habían imaginado. Se acercan, hablan, y todo comienza. Vuelven a verse. Se han encontrado, son para el otro. Se enamoran. Tiempo después, y por una banalidad, discuten. Piensan que todo es un error y se separan. Enseguida se extrañan. Se reencuentran y, entonces sí, saben que el amor más grande es estar juntos. Conviven. Disfrutan, comparten y juegan. Nadie como el otro; todo para el otro. Y en el momento indicado, él la abraza. Ella se marea. Enseguida comprenden que el amor más grande está creciendo en la panza. Nació. Es parecido a los dos. Aprenden pronto a dormir poco, a comer a deshora y a postergar salidas. Ella necesita hacerlo todo bien. Él se descubre, esperando pañales en la farmacia, que sonríe porque el bebé existe. Coinciden en lo importante y pelean por tonterías. Apro­vechan para conocer el lado oculto de la pareja, que no aparece sino con el nacimiento. Des­cubren, ojerosos, que el amor más grande es contemplar al hijo; en lo posible, dormido.En poco tiempo, nacen dos más. Todo ocurre demasiado rápido para ellos, que se sienten aún jóvenes sosteniendo tremenda familia.La casa es un torbellino de baberos, muñecas y mochilas. El vértigo se lee en un papel con horarios, pegado en la puerta de la heladera. Sólo se ven con amigos con hijos; padres de compañeros del cole.Los abuelos chochean, las tías comparan y todos opinan sobre la educación. No siempre, sí por momentos, confirman que el amor más grande anida en un cuaderno rayado de 24 hojas. O en la bolsita del Jardín. Sin aviso, los hijos han crecido. La adolescencia atropella el hogar. Los antiguos rostros sonrientes de sus adorados ­hijos son ahora un muestrario de fastidio. Por decisión filial, los padres dejaron de saberlo todo y ahora "no entienden ­nada". Los chicos, atrincherados en sus cuartos, terminan cada frase mordiéndose el labio de abajo. Nada parece proteger a los padres del enemigo surgido en las propias entrañas. Las hormonas les han cambiado el cuerpo, pero sobre todo el humor. La familia replantea vínculos. Todos entienden, aun en crisis, que el amor más grande es tolerar, y seguir al lado. El tiempo se acelera y los ­chicos se han vuelto adultos. Cada uno, a su manera, busca. Con suerte, encuentra. Cambian y recambian caminos, buscando la pasión. Aún viven bajo el mismo techo, pero pensando futuros diferentes.Un día, el mayor, lleno de dudas, decide vivir solo. Los padres celebran y ayudan, mientras por dentro se desgarran. Se despiden felices, pero la casa no es la misma.Lo extrañan tanto que entien­den que no llame (es que, además, se ha enamorado).Apenas el tiempo acomoda los cambios, la hija –la segunda, la mimada– decide emigrar. Otra vez sorpresa, dolor por separarse, alegría por lo valiente. Les ayuda tener algo de experiencia, pero duele igual.El tercero no piensa cambiar. Sigue sin planes y desordenando el cuarto como siempre, ­ahora con la complacencia de quienes saben que, también, algún día se irá.Y cuando ocurre, los padres quedan mudos; llenos de tiempo, vacíos de ruidos.Están los dos, como al comienzo. Revisan la historia y descubren que el amor más grande es saber despedirse.Cuidando esta nueva, íntima compañía, se ven de nuevo ahí, como el primer día. Exactamente como lo habían imaginado.No hablan; repasan fotos y décadas. Recuerdan sueños y discusiones, lloran cambios y huecos. Y los chicos por allá, chateando sus ilusiones, llamando de tanto en tanto, creciendo su propia vida.Sin decir palabra, deciden también envejecer juntos.Confían en que, cuando se anuncien nietos, no habrá amor más grande que el por venir.

*Médico