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El acto

La mayoría peronista no participa de la lucha de clases; por el contrario, sólo lucha por su integración. Importa no ser el “peronismo verdugo de la democracia”.

08 de mayo de 2016 a las 12:01 a. m.
Julio Bárbaro (Politólogo)
El acto

El Día del Trabajador marcó como pocos el cambio de época. Un acto masivo sin la conducción del kirchnerismo, una multitud convocada desde un lugar distinto al acostumbrado en la "década ganada". Antes eran universitarios y punteros que movilizaban a los necesitados; ahora fue distinto: eran los sindicatos que invitaban a sus afiliados. La euforia se notaba; habíamos salido del tiempo de las izquierdas y de la lucha de clases, del discurso único y del aplauso obligado, y transitábamos un retorno al ritual peronista, a ese que intentaron olvidar y superar. Se creían eternos y, por suerte, duraron poco (o demasiado para el daño que dejaron).Los sindicalistas más importantes eran los que habían enfrentado al autoritarismo kirchnerista. Algunos se acomodaban al presente; otros, los famosos "gordos", ya habían dejado de participar de la clase trabajadora.También la izquierda ocupaba su lugar, minoritario pero vigoroso. Dos décadas de falso peronismo dejaron al sindicalismo al borde de perder su protagonismo.

Diferencias marcadas

Ahora se iniciaba una nueva etapa. Importaba ser democrático, pero no era necesario ser oficialista. Y la mayoría peronista no participa de la lucha de clases; por el contrario, sólo lucha por su integración. Importa no ser el “peronismo verdugo de la democracia”; todos se cuidan de mostrar su apoyo a las instituciones. De Hugo Moyano a Carta Abierta, hay un largo camino de confusiones. La izquierda engendró la ley de medios convencida de que a los pueblos los manejan las corporaciones. Se quedaron con casi todos; igual perdieron, por poco pero perdieron.

El peronismo nunca tuvo medios propios y se cansó de ganar elecciones. La izquierda siempre necesita culpables, el imperialismo o las corporaciones. El programa

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no fue un faro que convocó multitudes.

Algunos famosos columnistas de un diario importante salieron a devaluar el acto; ni siquiera asumieron que la CGT fue central e imprescindible en la lucha contra el autoritarismo, en esa lucha en la que el empresariado estuvo ausente sin dar aviso.

De La Cámpora y Carta Abierta al sindicalismo, hay un gran avance: ellos nos hubieran llevado al camino de Venezuela. Sepamos valorar los pocos logros que nuestra realidad nos regala.

Nuevo relato

Mauricio Macri no cree en las propuestas, o al menos no logra definir el rumbo elegido. La sociedad comienza a impacientarse para detener la inflación por la serie de aumentos. Tanto discutir sobre el ajuste en sus tiempos gradualistas o brutales, terminamos en el camino del desajuste al ritmo de una partitura que desconocemos.

Nos hace falta un nuevo relato –el anterior, por suerte, quedó perimido–, pero eso no implica que el mero vacío nos obsequie una propuesta alternativa.

Esperamos a los supuestos inversores, como los desposeídos de

Esperando a Godot

. Parece que, como en la obra de Samuel Beckett, cuesta entender qué esperamos.

Criticar al poder agotado convocaba encuentros. Asumir la presidencia y tener que ejercer el Gobierno es otra cosa. La herencia es muy pesada, pero responsable de todo menos del rumbo que asume o deja de encarar la nueva administración. Los gerentes gestionan empresas donde otros forjaron el rumbo. Un conjunto de ellos puede participar de un encuentro, pero no sirve para ejercer el gobierno.

Los programas políticos ocupan el espacio que las instituciones y los partidos fueron dejando libre. Salimos de las certezas ciegas del autoritarismo para entrar en el espacio a veces exagerado de la duda metódica. La sociedad necesita un nuevo proyecto y casi no tiene una dirigencia capaz de gestarlo.

Señales dudosas

Llevar el precio de la nafta al límite de lo sostenible y, con la excusa de mantener a sus trabajadores, seguir subsidiando a las empresas genera uno de los grandes interrogantes de nuestro armado social.

Parece que cuando las ganancias son desmesuradas, aflora la pasión por la propiedad privada, pero cuando vienen tiempos de vacas flacas, los mismos personajes se transforman en estatistas.

Estamos duplicando la inflación para salir de ella, intentando penalizar a los patrones por miedo a la pérdida del trabajo, y el Presidente amenaza con el veto mientras los opositores a veces lo acompañan y otras lo dejan solo.

Si el partido gobernante no logra consolidar su estructura, estaremos en una sociedad donde la crisis será más fuerte que las instituciones políticas y sociales que se necesitan para superarla.

Nos salvamos de la “vanguardia esclarecida” y de las cadenas oficiales; se agotaron los dogmas. Eso es algo para festejar. Pero necesitamos algunas certezas para asentar la esperanza que todavía no llega.

Si me pongo pesimista, puedo decir que saltamos del dogmatismo al sin rumbo. Luego trato de ver las cosas con un poco de optimismo y de pensar en serio que el presente es mucho más simple que la crisis de la salida de la convertibilidad.

De aquella, entre todos logramos salir; de esta, quizá no lo logre el Gobierno como fuerza aislada, pero sin duda todo el resto tiene intención de colaborar. Eso es lo positivo: estamos en democracia, dialogamos y tenemos ganas de participar.

La corrupción que nos asombra desnuda los fanatismos que sobran. Los dogmas de los autoritarismos siempre ocultan alguna perversión, y la que quedó al desnudo es mayor que la imaginada. Estuvimos cerca de parecernos a Venezuela. Sepamos comprender el presente no olvidando esa amenaza.