Educar para la paz, de la familia hacia el mundo
El objetivo de hacer de los hogares territorios de paz implica mejorar la calidad de la vida familiar en su conjunto.
El pasado viernes 25 se conmemoró el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Es una oportunidad para reflexionar en torno del eje establecido este año por Naciones Unidas para su conmemoración: la educación como herramienta para alcanzar las metas de equidad, desarrollo y paz. De esta visión categórica de la educación como instrumento central en el porvenir de la humanidad, se desprenden algunas de las líneas que mueven nuestro análisis. Entre ellos, destacamos el derecho a la educación de las mujeres dentro de un paradigma de equidad, la construcción de un desarrollo sostenible sobre la base de la formación de las generaciones venideras y la orientación a avanzar hacia una educación que, desde la igualdad de derechos, impulse la paz como bien supremo.Y es aquí donde queremos poner énfasis, en consonancia con el lema que la ONU introduce, apostando a recorrer el trayecto "de la paz en el hogar a la paz en el mundo" y volviendo la mirada sobre el papel fundamental de nuestro núcleo primario de pertenencia en la conquista de una vida pacífica, y su consecuente proyección hacia un entorno social más amplio.Sin duda, tales propósitos requieren no sólo una acción por parte de los estados, sino también la apertura a una participación comprometida de la sociedad civil y, dentro de esta, al protagonismo de la familia como agencia nuclear educadora para la convivencia, la tolerancia y el respeto por la diversidad.Es claro que el dinamismo implícito en la misión que asumimos entraña hoy el colosal desafío de llevar la paz a los hogares para que esta irradie su fuerza hacia el afuera y permee el tejido social.El curso de la historia y las características de la cultura contemporánea determinan que ya no se admitan improvisaciones, exigiendo la concurrencia de competencias específicas para afrontar las situaciones cotidianas de violencia estructural contra la mujer.Vivimos en un mundo violento. La sombra de la violencia se cierne por doquier sobre los más vulnerables y ocupa un lugar central en la agenda político-social. Su carácter explícito y brutal nos conmueve, al punto de que nos permite apenas percibir su coexistencia con una modalidad solapada y silente, que reproduce y aferra concepciones estereotipadas.Porque violencia es también una opinión no valorada o un trabajo ignorado. Violencia es intimidad no consentida. Es la voz que nos calla; que nos convence de nuestra ignorancia y nuestra incompetencia, que nos reafirma nuestra inoperancia e impotencia. Violencia es techo de cristal y negación de proyecto.La vida comunitaria en su conjunto transita en la actualidad marcados giros. No obstante, la familia conserva su espacio protagónico. Y es claro que ningún cambio es posible sin una intervención educativa positiva y coherente, contemplada como misión indelegable y asumida en su real dimensión.En este marco, el objetivo de hacer de los hogares territorios de paz implica mejorar la calidad de la vida familiar en su conjunto y brindar herramientas concretas que empoderen a sus miembros, para que cada uno desde su rol, y fortalecido por la complementariedad y reciprocidad de los vínculos interpersonales, alcance su más plena realización humana.Así, la educación hallará su ámbito primario e informal de despliegue en la familia, depositaria de los principios que de manera más profunda y permanente quedarán grabados en cada ser.Es claro que las relaciones familiares educan siempre y en cualquier circunstancia, mediante la vivencia compartida de valores positivos y significativos. Pero para lograrlo, con frecuencia, las familias necesitan respaldo; en especial para sortear los retos que los escenarios cambiantes comportan. Y esta urgencia es aún más visible frente a situaciones complejas o en contextos desfavorecidos. Sociedades sin violencia suponen necesariamente hogares sin violencia. Sabemos que es en el círculo más íntimo donde se constata la mayor cantidad de actos lesivos que victimizan a la mujer. Si apuntamos, entonces, a eliminar este germen –que inoculado vaticina trágicos desenlaces–, la educación es la clave y la familia, la pieza central que operará como punto de anclaje en medio de las continuas y vertiginosas transformaciones que la humanidad experimenta.Por esto los esfuerzos de cada uno de los sectores deben estar hoy encaminados al logro de una mejora integral en las condiciones de la vida familiar, como antecedente obligado de una educación para la paz que preludie, sin más, la esperanza de un futuro mejor.
* Coordinadora de la Licenciatura en Ciencias para la Familia de la Universidad Austral

