La diplomacia como juego sucio
Los documentos divulgados por WikiLeaks no contribuirán a sanear las relaciones internacionales, aunque son una dura carga para un gobierno que se creía ajeno al hipócrita doble discurso.
Los 251.287 documentos secretos del Departamento de Estado (cancillería) norteamericano –difundidos por el portal WikiLeaks (www.wikileaks.org)– son la más amplia y fundamentada denuncia del doble, y a veces múltiple, discurso que se gasta en las relaciones internacionales. La diplomacia secreta siempre existió. Si algunos cambios se introdujeron en ella desde que se constituyeron los estados nacionales, fue el reemplazo, nunca definitivo, de enviados personales de los mandatarios con poderes para negociar alianzas en perjuicio de terceros países. Esas revelaciones asumen, a veces, las características de meros chimentos, que no serán cancelados por la difusión en la página de Internet. Debe recordarse que uno de los primeros actos que consumó el gobierno de Vladimir Lenin en Rusia fue la eliminación del secreto diplomático y la difusión de los acuerdos antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, para distribuirse entre las potencias vencedoras los despojos de los vencidos. Años después, la Alemania de Adolf Hitler y la Rusia comunista de Joseph Stalin firmaban el más infame de los pactos, el Molotov-Ribbentrop (1939), para borrar a Polonia del mapa europeo y signar, a la vez, el futuro de los países asomados al mar Báltico. Ya en el siglo 20, se hablaba del "doble juego" de las potencias europeas en Afganistán; el doble o triple juego de Estados Unidos en Irak y Asia central y los acuerdos secretos con Israel sobre la expansión del Estado judío en Palestina, todos los cuales no necesitaban de revelación alguna: es suficiente una lectura relativamente atenta de los medios. Lo mismo puede decirse del doble juego de Arabia Saudita, que clama por la eliminación de Mahmoud Ahmadinejad, a quien todos los mandatarios árabes consideran "loco" por financiar organizaciones islámicas. Para los consejeros de Barack Obama, el presidente de Afganistán, Hamid Karzai, es "paranoico, y Estados Unidos debería conceder una audiencia al presidente de Eslovenia, Danilo Türk, si acepta dar refugio a un prisionero de la inhumana cárcel de Guantánamo, que ya es una carga moral imposible de sobrellevar. Que Silvio Berlusconi sea un sátiro, que Nicolas Sarkozy es un (mal) aprendiz de Napoleón, que Vladimir Putin sea el verdadero poder detrás del trono y el presidente Dmitri Medvedev un títere, que el líder libio Muammar Gaddafi sea un hipocondríaco adicto al Botox , es harto conocido. De la presunta bipolaridad de la presidenta Cristina Fernández se ocuparon los medios argentinos. Es difícil que estas revelaciones induzcan al saneamiento de las relaciones internacionales. La diplomacia y el espionaje son inherentes a ellas. Sin embargo, las desmesuras de la diplomacia norteamericana, que viola sus declamados principios de respeto a los demás, serán una carga difícil de remontar para un gobierno al que se creía –y pretendía– lejos del doble discurso.

