Inquietante desborde de la violencia vecinal
Mientras el poder político y su dirigencia en general se entretienen en dirimir futuros intereses y posicionamientos de corte electoralista, enormes franjas de la población sufren la vulnerabilidad.
La noticia no deja de estremecer, en tanto refleja el grado de intolerancia y de violencia en el que se desarrolla la vida cotidiana: “Vecinos se cruzaron a balazos en Córdoba”, destaca el título de la crónica del diario, respecto de un episodio ocurrido el pasado miércoles en barrio Villa Angelelli, en la zona sur de la ciudad capital.
El insólito enfrentamiento dejó como saldo la muerte de un hombre de 30 años, quien fue baleado cuando circulaba en automóvil por el lugar. La tragedia fue el capítulo culminante de una jornada de continuos enfrentamientos entre vecinos de la zona.
Las causas de ese día de furia son motivo de las investigaciones que se labran en la Policía y en la Justicia. Es factible que algún delito grave haya provocado la reacción violenta de uno de los bandos. O, también, viejas pendencias vecinales sin dirimir que detonaron el caos.
La “guerra entre familias”, por citar un subtítulo de la referida nota periodística, nos llama una vez más a reflexionar sobre el grado de exaltación que se expande en la sociedad, tanto en modo grupal como individual.
Por aquellas horas de desmadre en barrio Villa Angelelli, la ciudadanía, consternada, tomaba nota del crimen de Margarita Sánchez, la mujer chilena de 51 años que presuntamente fue atacada de modo salvaje por su pareja en la localidad cordobesa de Salsipuedes. La carga probatoria contra el acusado apunta a que se trataría de un caso de femicidio. Uno más en la nómina de estos arrebatos deleznables que se han registrado durante los últimos meses en la provincia de Córdoba.
Ya no se trata sólo de indagar las responsabilidades funcionales de las fuerzas del orden, sino de examinar desde un costado social la desintegración de ciertos vínculos intrafamiliares y vecinales.
Por cierto, nada justifica la conciencia perversa de un hombre para moler a golpes a su compañera o directamente segarle la vida de un balazo. Como tampoco encaja en los parámetros de la civilidad que grupos antagónicos de personas saquen a relucir armas de fuego para imponer sus razones.
Habrá que coincidir, también, en que la descomposición social encuentra sus orígenes en una situación de carencias de todo orden, lo cual agita las crispaciones y las reacciones intolerantes, sobre todo en sectores cruzados por la mala convivencia.
Con todo, no sería aconsejable para las autoridades políticas y de la Justicia dormirse en la dudosa convicción de que se trata de episodios complejos que dificultan la prevención. Declinar en esa función clave y propia de los organismos gubernamentales en materia de contención social no contribuirá a bajar los niveles de violencia y de desesperanza.
Mientras el poder político y su dirigencia en general se entretienen en dirimir futuros intereses y posicionamientos de corte electoralista, enormes franjas de la población sufren la vulnerabilidad traducida en la pobreza y en el desaliento.
Es, quizá, el factor determinante que lleva a que una situación de menor cuantía derive en una batahola fatal. Es hora de atenuar el desasosiego colectivo.

