El colapso de Afganistán
La comunidad internacional, sin la participación de Estados Unidos, debieran garantizar que no se violen los derechos humanos en el país asiático ahora en mano de los talibanes.
Los talibanes han vuelto al poder en Afganistán. A medida que se retiraban las tropas de Estados Unidos, sus fuerzas avanzaban a paso firme. A fines de julio, ya controlaban casi la mitad del país. El pasado domingo, cuando ingresaron en la capital, Kabul, el presidente y los miembros de su gobierno huyeron.
Así, de manera caótica, concluye el cruento y largo capítulo de la ocupación estadounidense, que se inició hace 20 años en el marco de un enfrentamiento violento entre facciones políticas y religiosas que se remonta, como mínimo, a mediados de la década de 1970. Por entonces, los comunistas tomaron el gobierno y pidieron la protección de la Unión Soviética.
EE.UU. envió tropas al país tras el atentado a las Torres Gemelas, en septiembre de 2001, bajo la tesis de que Al Qaeda, el grupo que habría organizado la operación, tenía su base allí. Entonces, el presidente George W. Bush fijó dos objetivos: primero, impedir que los terroristas siguieran refugiándose en Afganistán; segundo, combatir la capacidad militar de los talibanes. Sería, según Bush, “una larga campaña”.
A 20 años de distancia, la decisión de Joe Biden parece admitir que sólo el primer objetivo fue alcanzado. Respecto del segundo, como el fracaso es evidente aunque no se lo reconozca, más valía retirarse que seguir intentándolo.
Es que los talibanes les cedieron el poder a los estadounidenses en muy poco tiempo, pero reubicaron sus campamentos en Pakistán para volver al ataque. Si en 2003 se estimaba que Estados Unidos había desplegado unos 8.000 soldados, para mediados de 2010, cuando los talibanes habían incrementado su capacidad militar, superaban los 100 mil. Ya entonces, varios estrategas estadounidenses advirtieron que resultaría imposible vencerlos.
Sin embargo, debieron pasar 10 años hasta que Donald Trump firmó un acuerdo con los talibanes que fijaba para este año la salida de las tropas. El acuerdo incluía negociaciones de paz entre los distintos sectores para poner fin a la guerra civil afgana e iniciar una reformulación pacífica y definitiva del país. Nada de eso ha sido posible.
Para colmo, los servicios de inteligencia de Estados Unidos consideraron que los talibanes no estaban en condiciones de tomar el poder de inmediato. En esos informes se justificó Biden para continuar el plan de retirada: un gobierno aliado seguiría al frente del país y nadie vería helicópteros desalojando la Embajada, aseguró, una manera de decir que no habría una salida humillante como la que vivieron los estadounidenses en Saigón en 1975, cuando el Vietcong entró en la ciudad. Pues fue exactamente así, transmitida en vivo y en directo por la televisión.
Si Biden apostaba a reformular la política exterior de su país de cara al nuevo contexto geopolítico, el colapso de Afganistán es un muy mal primer paso. La comunidad internacional, sin la participación de Estados Unidos, debiera garantizar que no se violen los derechos humanos, sobre todo de las mujeres, bajo supuestas justificaciones religiosas, como en el pasado régimen talibán.

