Quiénes y cuándo
Edith Piaf, corazón dolido. Oh, ciudad, cómo te juno. Daniel Salzano.
A ver Edith, una canción para los amigos: "Vengan y redoblen los tambores / por aquellos que hoy morirán / por aquellos que lloran en las calles / por Hiroshima y Pearl Harbor / vengan y redoblen los tambores / yo por mi parte / seguiré cantando al amor". Y ahora, hablemos de Edith Piaf. "Piaf", en francés, quiere decir gorrión. Un solo renglón de su existencia y ya ha generado un problema: los gorriones son pajaritos que no cantan.Era una mujercita cuyos hombros frágiles recordaban a la osamenta de un pájaro y sus orejas eran como bolas de chicle pegados a los lados de un cráneo del tamaño y el brillo de la Luna. La mirabas y no le dabas más de 40 huesos. Tan chiquita era que al hospital no llegaba nunca en ambulancia sino en upa. Fíjense en las fotos: llevaba las medias de lana arrugadas alrededor de los tobillos.Como Houseman, otro Huesito.Siempre se estaba muriendo, pero nunca concretaba y, con lo que le iba quedando, le alcanzaba para comenzar de nuevo.Salía del hospital y lo primero que hacía era escribir sus propósitos de enmienda: no beber, no fumar, no trasnochar y tomar un vaso de agua mineral durante las comidas.Como había aprendido de oído y a destiempo, al escribir, sacaba la lengua. Al primer autógrafo que le pidieron, no se atrevió a firmarlo y le pidió a su hermana que lo hiciera. Ni yerba de ayer. Nació en 1915, en París, durante la Primera Guerra Mundial y en su fe de bautismo figuró como Edith Giovanna Gassion. Papá Gassion se ganaba la vida haciendo equilibrio en las esquinas, caminando sobre las manos y pasando los pies por detrás de la nuca. Si se caía, es que estaba borracho. Fue en ese ambiente donde se criaron sus hijas, Edith y Simone, dos criaturas habituadas a la miseria.Primero, entre las dos hermanas, le hicieron el aguante al equilibrista extendiendo un paño para sus piruetas y metiendo bulla con una pandereta. Pero como Gassion era un incorregible bala perdida, sus hijas, a veces, permanecían al cuidado de la abuela. Abreviemos: en lugar de leche, la abuela les llenaba la mamadera con vino. Así no la jodían. Edith tenía 3 años cuando se llevó una pared por delante. Una conjuntivitis mal curada la había dejado ciega. En lugar de llevarla al médico, la llevaron a Lissieux, pedanía milagrosa de Santa Teresita del Niño Jesús. La santa escuchó las oraciones familiares y, snap, le devolvió la vista. Desde entonces, Santa Teresita se convirtió en su confidente. Edith le contaba todo. Especialmente sus hazañas callejeras. A los 14 años, le hizo saber que iba a casarse con Marcel, un metalúrgico de 17 que, antes de desaparecer para siempre de su vida, la condecoró con una hija, Marcelle, muerta a los 2 años, víctima de una meningitis. "Mi historia no es verdadera / es sólo un sueño que tuve una vez".Martín Fierro sugería al paisanaje que jamás prestara mujer o caballo. Ni los discos de Edith Piaf. Una reina de entrecasa. Para sobrevivir, hizo lo que pudo: se vendió, pidió prestado, robó, mintió, lloró y cantó. A lo bestia, cantaba en la calle. La gente le pedía los grandes éxitos de Chevallier, Fernandel y Tino Rossi. Sus canciones duraban lo que la palpitación de una arteria. Un solitario impulso de deleite. Eso sí, no bien juntaba unos pesos y ante el horror de su hermana, Edith iba y se compraba un sombrero. ¡Un sombrero! Entonces, divertida, su cabeza de Luna giraba como un trompo.Su voz crecía, pero su talla seguía siendo la de un gnomo. El aire libre fue su gran entrenador, el que después le permitió florearse en el Olympia, en el Bobino y en el Carnegie Hall, cantando sin micrófono. En el paraíso, de pie, el público, delirante, abrazaba el aire como un oso. Actuaba vestida de negro, enfrentada a un spot que le seguía nada más que las manos y la cara. El vestido era de la talla menos 10 y no usaba maquillaje. A su vozarrón único, inconfundible, unía otra virtud indispensable: cantaba sin que nadie se lo pidiera. Cantaba porque sí, en las escaleras, en el baño y en la cocina. Cantaba lo que nadie había escrito todavía, porque su vida y la canción eran una sola cosa, su propia historia."Soy una criatura de la gran ciudad / útero de las fábricas / donde los hombres bregan / toda su vida sin descanso / esto es la gran ciudad". Era celosa, posesiva, altiva, inestable, generosa, peleadora, vengativa, envidiosa y le robaba los novios a la hermana. No se dirigían la palabra durante un tiempo y, cuando se reconciliaban, Edith escribía en su cuaderno: "Hay hombres para todas". Después lo tachaba. Aun viviendo en palacetes, nunca dejó de recibir a las visitas en la cocina, incluso a los espiritistas, su gran debilidad. Meta hablar con los muertos y chupar vino de garrafa. Y si no era un espiritista, era un fraile de utilería que, en nombre de los millones de criaturas que no habían recibido la gloria del agua bautismal, le pelaba la billetera.Al final, para evitar los sablazos, ordenó que a la puerta de calle sólo la atendiera su hermana. Pero como Simone no dejaba entrar a nadie, Edith se aburría y entonces discutían. En castigo, Edith la obligaba a dormir debajo de la escalera.Con algunos de sus galanes hacía lo mismo. Cuando se cansaba de ellos, los mandaba a la cucha. Charles Aznavour fue uno de los humillados. La Piaf solía utilizarlo para que le llevara las bochas cuando iba a jugar a la petanca. Ella, como si fuera un cirujano, le pedía una bocha rayada y él se la alcanzaba. Más nombres para la cucha más famosa de París: Paul Meurisse, Yves Montand, Georges Moustaki, Eddie Constantine y Marcel Cerdan, el campeón mundial de boxeo que falleció en un accidente de aviación. Hubo un A.C. y un D.C. en la vida del "Gorrión". No Cristo, sino Cerdan. El dolor la quebró de tal manera que hubo que cancelar su gira y recluirla en un sanatorio. Hizo la rehabilitación con los pies enfundados en las botas inservibles del campeón."Mi amor acabará / mi amor pasará / ya no tengo deseos / mi amor morirá". Un billete de dos ceros. ¿Quién puede saber en realidad cómo es la vida de nadie? Una vez estaba cantando en una esquina cuando, snap, en su pobre vidita se cruzó un príncipe azul, Louis Leplée, hombre fuerte de Pigalle, que la abordó y le preguntó si tenía alguna ropa un poco más decente. Quería hacerla debutar en su propio cabaré. Ella tenía 15 años y calzaba el 35, número que nunca pudo superar.Con la ayuda de su hermana, se arregló para el debut combinando zapatos prestados, el tul doble ancho que la abuela usaba en la iglesia y un collar de piedras truchas del tamaño de las bolas de billar. Leplée había anunciado su debut sobre un pizarrón: "Edith Gassion, de la calle al cabaré".Tuvieron que prestarle un lápiz de labios, y ella, por timidez e ignorancia, rechazó al pianista que la quiso acompañar. El cabaré se llamaba Gerny's, consta en actas. Lo que no consta es el nombre de la canción que eligió para debutar. Su voz era tan inesperada, tan poderosa y emotiva que Leplée le tiró un billete de dos ceros al final. Poco tiempo después lo asesinaron y ella se quedó con el lápiz de labios, pero perdió el empleo. "Edith Gassion, del cabaré a la calle". Volvió a ponerse el uniforme de rata callejera y a ganarse la vida al aire libre, hasta que el cartero llamó dos veces a su puerta. Esta vez el cazador de talentos se llamaba Raymond Asso, que no tenía la clase de Leplée, pero que la supo conversar con suavidad, la fue sacando paulatinamente del infierno, le enseñó a usar la servilleta y a permanecer callada cuando no tenía nada que decir.Fue Raymond quien le cambió el nombre. Piaf. Plaf. Una bofetada.La fórmula era sencilla: sólo debía cantar aquello que la conmovía. Un regalo, en realidad, porque a ella las cosas que la hacían reír también la hacían llorar: la gente, la ciudad, los soldados, los inmigrantes, los músicos, los inválidos y el amor.Ah, el amor de Edith que se renovaba una vez cada 72 horas.Conmigo no podés andar con esa pinta, les advertía a los nuevos. Y los llevaba a Cartier para regalarles gemelos de platino. "Bailé con el amor y giré / giré / ¡fue una noche maravillosa! / sólo vi sus ojos azules y su pelo rubio". Cuerpo y alma. Y sin embargo, contra todo lo que su fragilidad de muñequita hacía presagiar, era una mula de carga en el trabajo, una perfeccionista que se tomaba su tiempo antes de decidir qué canciones pasarían a formar parte de su repertorio. Una canción, decía, puede fallar después pero no antes. Simone, que le hervía las jeringas desde que Edith comenzó a esquivar el dolor con la morfina, decía que sólo estrenaba una canción cuando era capaz de cantarla con los ojos cerrados.Pero si alguna vez, jugando al trivial, les toca mencionar cinco canciones suyas, aquí van: Himno al amor , La vida color de rosa , Milord , No me puedo quejar y Mi legionario . Se viene el final. Las giras la reventaban, los medicamentos la inflaban, los amantes la desgarraban y, durante sus últimas actuaciones, su cuerpo, cada vez más insignificante, daba la impresión de estar sujeto por piolines. El gorrión suspiraba como nunca, pero su júbilo estaba en menos 10. París, al menos, tuvo la chance de despedirla entre ovaciones. Así debería terminar esta nota.Murió pesando 33 kilos, casada con su último peluquero, y su tumba, en el cementerio de Père Lachaise, se puede localizar a la distancia porque la rodea un gentío. Por más lejos que esté, a la Piaf siempre se la encuentra.En serio, lectores, ¿quién puede saber en realidad cómo es la vida de nadie?
Oh, ciudad, cómo te juno
Precedida por un camioncito que escupía los grandes éxitos de Paul Anka, una modelo con los glúteos subrayados por unos revolucionarios mamelucos de látex se instaló en la esquina de San Martín y 9 de Julio, desplegó una sombrilla con los colores de la joda y, en una época en la que los hombres se afeitaban a las 6 de la mañana con navaja y agua fría, comenzó a promocionar las revolucionarias bondades de las afeitadoras Phillips.Si en un minuto cronometrado por reloj la chica no te dejaba la cara hecha un espejo, entonces subías al podio de los vencedores, sonaban las cornetas de la gloria y el jefe de relaciones públicas de la empresa te regalaba un billete de 10 pesos. Nuevo. En serio.Primero, te sentaban sobre un banquito de aluminio, después ponían en marcha el cronómetro y entonces ella te levantaba la pera, te desplazaba la nariz y al final, con la cara rasurada, tenías que enseñarles las patillas a los negros de la cola que esperaban su turno muy serios y muy silenciosos y muy preocupados, porque no sólo iban a traicionar por primera vez en su vida a la yilé sino que lo iban a hacer al aire libre y a manos de una mujer.Oh, ciudad, cómo te juno.Donde estacionó el camioncito de la Phillips, hoy existe un agujero sentimental que conduce al centro de la Tierra.En esa esquina estaba el Trust Joyero Relojero; a la izquierda, una locomotora de aluminio que fabricaba praliné, y en el Palace, a la derecha, vivía la familia de la Sarli. Al lado, había una sastrería que vendía sobretodos de color azul marino. Ese señor que acaba de comprar uno es mi papá.

