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En el Día del Animal

El arbitrario es el que conoce la ley y no obra de acuerdo con ella. El hombre, por desidia o por maldad, se ha mostrado arbitrario con las bestias. Arnaldo Pérez Wat.

29 de abril de 2013 a las 03:03 p. m.
Arnaldo Pérez Wat (Periodista)
En el Día del Animal

No existe el día de la fábula; sin embargo, a cada instante nos hallamos fabulando porque, con la acepción de la calle, la fábula es relato falso, sin fundamento. Antiguamente, se la utilizó para endilgar a los animales nuestros defectos. Ahora, la fabulación está a la orden del día.

Las más célebres fábulas griegas pertenecen a Esopo, esclavo jorobado, tartamudo y bastante feo. Como no podía quejarse, lo hizo de manera indirecta, utilizando a los animales para cubrir ciertas verdades que de otra forma no hubieran sido escuchadas por su amo.

En “Los dos amigos y el oso”, dice que estos caminaban cuando súbitamente se les apareció un oso. Uno de ellos trepó a un árbol. El otro, viéndose en peligro, se tiró al suelo y fingió estar muerto. El animal se acercó y olisqueó todo el cuerpo del hombre, que aguantaba la respiración.

Cuando se alejó la fiera, el otro le preguntó qué le había dicho esta al oído. “Que en lo sucesivo no viaje con amigos que me abandonan en el momento del peligro”, respondió.

En estos días, como la solidaridad está escaseando, se adapta la fábula así: cierta vez, a dos amigos, se les apareció en la llanura un oso y echaron a correr.

El primero advirtió: “No creo que podamos correr más rápido que el oso”. “Yo lo único que tengo que hacer es correr más rápido que vos”, contestó el otro.

Opresión humana. La ignorancia no es arbitrariedad. El arbitrario es el que conoce la ley y no obra de acuerdo con ella. El hombre, por desidia o por maldad, siempre se ha mostrado arbitrario con las bestias.

Entre tantos movimientos de liberación que persigue la humanidad, quizás el más curioso sea el que trata de liberar a los animales de la opresión a que los somete el hombre.

En contadas ocasiones hemos citado fragmentos de una carta del jefe de los Seattle de la tribu suwamish al “Gran Jefe de Washington”, en la que rechazaba el ofrecimiento de una reservación: “He visto miles de búfalos pudriéndose sobre la pradera porque el hombre blanco les disparó desde un tren en marcha... Nosotros sólo para subsistir los matamos... pero todo lo que le ocurre al animal pronto le ocurrirá al hombre”.

Es que, aparte de la contaminación, que amenaza terminar con muchas especies, la crueldad de seres de alma estrecha, para llenar la monotonía que engendra una vida sin deseos más solidarios, se entretiene organizando excursiones de caza, sin el menor interés por el futuro del hábitat.

Veces hay en que, sin alternativa, se debe exigir sacrificio al noble compañero que no posee razón: la perra que hace de lazarillo es castrada, con lo que su promedio de vida llega sólo a 10 años, y se la adiestra con mucho rigor. Millones de animalitos han muerto en laboratorios.

Por este noble servicio, el contenido de aquella célebre carta es todo un poema. Hoy hacen falta más poetas y artistas, hacen falta más almas contemplativas que se unan a esa noble cruzada.

En un mundo de contradicciones que se trasuntan en misiles que se apuntan unos contra otros, el propósito de dedicar un día al animal –el 29 de abril– parece insinuar que sólo el hombre bueno, aquel que desde pequeño amaba a los irracionales y sufría con su mal trato, tiene ahora derecho a seguir gozando con la ensoñación que inspiran todos los seres vivos del universo.