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Los ocasionales (ojerosos) pacientes que visitan consultorios pediátricos confiesan pocas horas de sueño real y cansancio acumulado.

09 de noviembre de 2014 a las 12:01 a. m.
Enrique Orschanski (Médico)
Desvelados

¿Cuántas horas debería dormir un adolescente para aprovechar el colegio? ¿Cuánto descansan en realidad nuestros chicos de secundaria?

Tomando en cuenta las consultas médicas, el rendimiento laboral y el consumo de medicamentos para dormir en la población en su conjunto, sólo algunas personas alcanzan reparadoras pausas nocturnas.

Los especialistas concluyen que, entre los 11 y 18 años, lo aconsejable sería que los adolescentes durmieran entre siete horas y media y ocho y media cada noche. En nuestro medio, pocos lo logran, lo que produce, junto con otros factores, una menguada capacidad para el aprendizaje escolar.

Los ocasionales (ojerosos) pacientes que visitan consultorios pediátricos confiesan pocas horas de sueño real y cansancio acumulado.

Hace unos años, los adolescentes eran chicos despreocupados que dormían mucho. Hoy, en cambio, sorprenden como grupo insomne, a partir de una reducción de sus horas de sueño por múltiples causas, algunas de origen personal (biológico o conductual) y otras condicionadas por el ambiente.

Es frecuente que cenen tarde, y la digestión tardía colabora en causar turbulencia del sueño inicial; pesadillas y sueño interrumpido son los síntomas más nombrados.

Otro factor es el uso ininterrumpido de aparatos electrónicos personales, lo que impide iniciar el sueño de modo natural. La tenue luz de una pantalla de teléfono celular es 
suficiente para retardar la secreción de melatonina, sustancia que induce el adormecimiento.

Una tercera causa es la interferencia nocturna reiterada debido a diversos temores y ansiedades personales, epidémicos en esta edad.

El horario de inicio de clases colabora en complicar el descanso nocturno. Durante los meses fríos, los chicos amanecen de modo antifisiológico, es decir, sin luz natural. Por ello, muchos confiesan que recién despiertan del todo en el colegio, durante el primer módulo.

Cualquiera sea el origen, el impacto en la salud y en el rendimiento escolar es profundo.

La falta de sueño en adolescentes acentúa problemas físicos, como hipertensión arterial y cardiopatías, obesidad y diabetes. También profundiza trastornos conductuales, y se ha comprobado mayor incidencia de depresión e intentos suicidas en jóvenes crónicamente mal dormidos.

Cuando estos mismos adolescentes conducen automóviles, se comportan como cuando están borrachos. Sus reflejos son lentos y hay poca reacción para realizar maniobras súbitas.

Muchos adolescentes intentan compensar el débito de sueño durante los fines de semana, pero la cuenta no es matemática sino biológica. No se recuperan porque duermen en horarios erráticos, terminando en un verdadero jet lag , desacople que profundiza la confusión.

Judith Owens, una médica reconocida por sus investigaciones sobre el sueño en niños y jóvenes, advierte: “El sueño no es optativo. Es un imperativo para la salud, como comer, respirar o realizar actividad física”. Sin dudas, el sueño adolescente, el que permite descansar, debería mejorarse.

En los colegios donde se postergó entre media hora y una el ingreso diurno, se comprobó un significativo aumento en los índices de rendimiento.

En el hogar, los adolescentes podrían limitar la catarata nocturna de mensajes de texto, tuits y posteos en Facebook e Instagram, que los mantiene despiertos varias horas más allá del momento en que se declaran “acostados”. Incluso cuando duermen, las luces, sonidos y vibraciones de los teléfonos –nunca apagados– perturban el sueño. Este cambio sería posible si los adultos a cargo pudieran frenar sus propias cataratas cibernéticas.

El “reloj” hormonal humano (ritmo circadiano) cambia de manera profunda durante la adolescencia, proceso que demanda más y mejores horas de sueño. Justamente cuando la biología busca un nuevo equilibrio, los chicos no consiguen el ritmo indispensable, que es diferenciar día y noche.

Porque recién cuando nuestros hijos se enferman o se ponen tristes, o cuando sus conductas nos alarman, reparamos en que muchos trastornos de salud –física y mental– podrían haberse previsto con suficientes y tranquilas horas de 
sueño.