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Desencanto o esperanza

Dios se revela como la gran víctima, la gran víctima que está siempre del lado de las víctimas, porque el mal es precisamente una herida hecha al amor.

04 de marzo de 2014 a las 12:02 a. m.
Pedro Torres*
Desencanto o esperanza

En estos días, en que termina un momento litúrgico y nos abrimos a la Cuaresma, tiempo oportuno, de gracia, que nos prepara a revivir la Pascua de Jesús, los cristianos escuchan un texto de Isaías, impresionante por su ternura. Dice el profeta: "Sión decía: 'Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado'. ¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré".Y junto a esto el papa Francisco invita a los agentes pastorales de América latina a "volver a dar esperanza a los jóvenes desencantados".Yo me pregunto: ¿no estará en la raíz del desencanto y de esa cultura del descarte a la que hace referencia tanta veces el papa Francisco, el creer que Dios no nos ama, el pensar que no tenemos lugar, ni a nadie interesamos en el mundo?Parece que un manto de desencanto tienta no sólo a los jóvenes sino a muchos adultos en el mundo de la política, de la cultura y de los medios de comunicación. Muchas veces al escuchar o leer las noticias o los analistas sociales, parece escucharse y leer a profetas del desencanto.Es el sentimiento que ya percibía Isaías miles de años atrás y al que responde con la certeza de que las entrañas de Dios son más tiernas y fieles que las de una madre.Esas entrañas han sido reveladas por el Padre misericordioso en el rostro de Jesús, en sus gestos y palabras, pero sobre todo en su entrega hasta la muerte y muerte de cruz. Y la cruz detrás de su cruel fracaso es paradójicamente signo de esperanza.

La entrega

Pero frecuentemente edulcoramos el misterio de Jesús, diluimos la densidad de su entrega, pensando que vivió entre nosotros una vida fácil y sin problemas.

Nos es demasiado difícil imaginar el contexto de la vida de Jesucristo, porque nosotros no somos judíos, no hemos vivido la atmósfera de la sinagoga, porque la sinagoga de entonces no era la de hoy, porque en tiempos de Jesucristo Palestina era un país ocupado. Ocupado por extranjeros, por enemigos, ocupado por paganos, por incircuncisos, un país hecho impuro por la presencia misma del ocupante, el cual era no sólo el vencedor sino el infiel, el incircunciso, el impuro.

En la situación de país ocupado, no había sólo la impaciencia que siente todo país ocupado frente al ocupante, sino también el escándalo de una especie de derrota de Dios.

¿Cómo es que Dios ha abandonado su pueblo? ¿Cómo es que lo ha entregado al yugo de los paganos? ¿Cómo es que permitió la profanación de la Tierra Santa por una dominación extranjera?

Jesús revela que la grandeza ya no está en el orden de la grandeza tradicional: en el orden del éxito, del tener y del poder. Su orden de grandeza es un orden verdadero, un orden interior, un orden de amor.

La humildad de Dios aparece aquí como el fundamento mismo de su grandeza. Es lo que sugiere el lavatorio de los pies, gesto escandaloso que los apóstoles rechazan al principio, pero también gesto magnífico, porque contiene toda la transformación de los valores, que sella la carrera de Jesucristo, que se abre sobre la pasión, donde la cruz por fin estructura el universo.

Dios se revela como la gran víctima, la gran víctima que está siempre del lado de las víctimas, porque el mal es precisamente una herida hecha al amor y recibida por el amor. Porque Dios nos ama, siempre hay esperanza.

*Obispo católico, miembro del Comipaz