Deodoro Roca, pensador de la Córdoba profunda
Llama la atención que, de manera porfiada y póstuma, el pensamiento de Deodoro Roca se haya encargado de eludir el cerco de olvido que la cultura oficial había levantado en torno de su nombre. José Camaño Landaeta.
A la distancia de los años y escindido de las urgencias y las disputas que lo tuvieron como protagonista de su tiempo, el pensamiento de Deodoro Roca sigue reluciendo por su asombrosa vigencia. El 7 de junio se cumplieron 70 años de la muerte de este intelectual cordobés cuya obra ha sabido perdurar en el tiempo. El mismo Deodoro se ha encargado de burlar las estratagemas del silencio que intentaron desterrarlo de la memoria colectiva. Llama la atención que, de manera porfiada y póstuma, el pensamiento deodórico se haya encargado de eludir el cerco de olvido que la cultura oficial había levantado en torno de su nombre.Es por demás significativo que, aun cuando en vida no publicara ningún libro, después de su muerte varias publicaciones se realizaran en distintas épocas, reuniendo sus páginas dispersas, como un modo de mantener vivo el fuego de las ideas de quien fuera el verbo de la Reforma Universitaria de 1918.Allí están los trabajos de Saúl Taborda, Gregorio Bermann, Horacio Sanguinetti, Néstor Kohan y, más recientemente, los de la editorial de la Universidad Nacional de Córdoba, que dan cuenta de la riqueza de un itinerario de vida que logra amalgamar lo filosófico, lo político, lo artístico, lo jurídico y lo periodístico.Vaya uno a saber qué misteriosos derroteros ha seguido para dar cuenta de su mensaje. Acaso había demasiada vida en él para que pudiera caber en una sola existencia. Fuera de la corriente. Por otro lado, el pensar de Deodoro se ha mostrado siempre renuente a los moldes que quieren aprisionarlo, arisco a todo intento de clasificación y a todo aquello que trate de enclaustrarlo en alguna corriente. Él mismo se veía al margen de esos esquemas y, a propósito de su vida pública, decía que no había actuado "desde la angostura de programas y partidos políticos". Tal vez esto sea un síntoma que denota su vitalidad y nos hace comprensible su actitud de librepensador, calificación que seguramente no lo incomodaría.Según Gregorio Bermann, fue "un tránsfuga de su clase", que buscó desandar desde muy temprano las expectativas de su estirpe, contrariando no sólo los mandatos de su prosapia sino también las reverencias y subordinaciones a los discutibles prestigios que, de acuerdo con lo que manifiesta en un discurso del año 1930, son "incapaces de comprender la razón de la juvenil y vital rebeldía. He ahí el porqué de nuestras iconoclasias e irreverencias".Las páginas del Manifiesto liminar , redactadas por Deodoro a los 28 años, son la expresión más acabada y sentida de esa rebeldía que trascendería los límites de Córdoba para esparcirse por toda América. "Este pobre e infeliz escritor de provincia", tal como se describió a sí mismo, volvería a encolumnarse más allá de sus días, en otra revuelta de estudiantes, como bien lo apunta Horacio Sanguinetti, "por recóndita vía, reencarnado en los términos de la contestation estudiantil francesa". París, en ese mayo de 1968, vería dibujar consignas como "prohibido prohibir" o "en los exámenes, responda con preguntas", que fueran anticipadas por el pensador de Córdoba. Romántico incurable. En una nota autobiográfica, Deodoro diría de sí: "Mi incurable romanticismo hizo siempre mi travesía dramática, hazañosa, rica en emociones intelectuales y en vida fantasiosa. Creo en el espíritu y en la suprema realidad del arte". Y su arte encontraría en Ongamira el mágico ámbito donde desarrollar, ya en plena madurez, sus ansias de pintar a la sombra del Colchiqui. Allí, en esas tierras de comechingones, que saben de rebeldías y del dolor del exterminio español, Deodoro encontraba su refugio para pensar.Siempre vivió en la misma casa y nunca tuvo que tramitar un cambio de domicilio, porque a lo largo de sus 52 años de vida, su dirección fue Rivera Indarte 544, ciudad de Córdoba. La casa paterna que lo cobijara en vida fue demolida, pero del sótano aún hoy quedan vestigios, aunque el paisaje que lo habita no está decorado con los cuadros, los libros y la alfombra tal como lo pintan los testimonios de quienes pudieron bajar a él, o bien como lo muestra la foto más conocida de ese mítico sótano. Hoy, en cambio, sirve de depósito de los productos de la casa comercial que ocupa esa dirección. Toda una metáfora de nuestro tiempo. "El sótano de Deodoro tenía algo de esas cuevas que en las leyendas y baladas antiguas eran morada de los geniecillos de la noche..." y fue "durante más de 20 años una especie de encrucijada para todos los encuentros, un punto de partida y de llegada". Ortega y Gasset, Waldo Frank, Stefan Zweig, Raúl Haya de la Torre, Rafael Alberti y muchos otros personajes visitaron el sótano y alimentaron la leyenda de ese emblemático lugar.El sótano de Deodoro nos invita a pensar en la otra Córdoba que se mueve subterráneamente, debajo de la superficie de los actos que modelan sus días. Es una Córdoba que late en lo profundo y que en el subsuelo de esta sociedad va urdiendo la trama de los hechos que cada tanto tiempo emergen a la superficie para dejar su marca e inscribir su nombre en la historia.De modo que ahondar en el pensamiento de Deodoro Roca es ahondar también en esa Córdoba profunda.

