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El decoro de Lisandro de la Torre

El 5 de enero de 1939, Lisandro de la Torre puso voluntariamente fin a su vida. Acababa de cumplir 70 años. Raúl Faure.

15 de marzo de 2011 a las 12:01 a. m.
Raúl Faure*
El decoro de Lisandro de la Torre

El 5 de enero de 1939, Lisandro de la Torre puso voluntariamente fin a su vida. Acababa de cumplir 70 años. Sofocadas las pasiones que despiertan las controversias políticas –sin las contaminaciones de los ahora llamados "relatos", que falsean el pasado para justificar regímenes autocráticos–, el juicio histórico lo ha colocado en un sitio de honor. No desempeñó funciones ejecutivas; fue derrotado en las dos oportunidades en que disputó la presidencia, en 1916 y en 1931. Confesó, una y otra vez, que carecía de ambiciones de mando y que, por eso, jamás sacrificó sus convicciones. Y, en el instante final, admitió: "No he sido un hombre político porque en ningún momento subordiné los procedimientos a las concesiones que son indispensables para llegar al poder". Tenaz legislador. No obstante, su ejemplo contribuyó a sanear las instituciones republicanas desde su banca legislativa, que honró con su talento y sus dotes para la polémica. Hubiera brillado en el Parlamento inglés o en la Asamblea Francesa, pero le tocó actuar en el "Senado de la decadencia", como calificó al cuerpo que en la década de 1930 consintió el fraude electoral y la violencia facciosa. Inspiró la Constitución laica que Santa Fe se dio en 1921, modelo en su género, que dispuso, entre otras notables innovaciones, la separación del Estado y la Iglesia, la autonomía de los municipios y la elección popular de la autoridades policiales y educativas. Como legislador, participó de célebres debates en defensa de la educación popular, la producción nacional y la libertad de expresión.Fiel a su espíritu estoico, vivió despojado de ambiciones y vanidades y en la conocida carta que dejó a sus amigos, instruyéndolos para que cremaran sus restos, consignó: "(…) no debe darse importancia al desenlace de una vida… si ustedes no lo desaprueban, desearía que mis cenizas fueran arrojadas al viento (…) es una excelente forma de volver a la nada, confundiéndose con todo lo que muere en el universo". La ruina económica. Esa carta fue fechada el 5 de enero, pero hay otra, dirigida a su amigo Antonio Robirosa, escrita el día anterior y que ha permanecido ignorada hasta que la divulgó su hijo Lucio, el 20 de agosto de 1985. En ella, De la Torre hace referencia a diversos episodios que gravitaron sobre su espíritu, convenciéndolo de la inutilidad de seguir viviendo. Entre ellos, mencionó los contratiempos económicos que debió afrontar para costear la explotación del establecimiento rural que había adquirido en Pinas, en la década de 1920, con un crédito otorgado por el Banco Español, con garantía real. Pinas, como se sabe, está ubicada en el extremo noroeste de nuestro vasto territorio cordobés, zona semidesértica, entonces el típico campo de cría sometido a las inclemencias de un régimen de escasas y aisladas precipitaciones, con rústicas mejoras. De la Torre construyó allí aguadas, cercos, corrales y potreros y hasta intentó el cultivo de vides y olivares, comprometiendo su patrimonio más allá de lo aconsejable. Con el paso de los años (vuelvo a su carta del 4 de enero a su amigo Robirosa) admitió que "fueron negocios desgraciados, mal concebidos y absurdas imprudencias". Una prolongada sequía lo obligó a endeudarse para afrontar "gastos de pastajes y arreos en la odisea de mis vacas flacas, buscando pastos a través de campos de Córdoba y San Luis, y la suma representada por la mortandad de animales forma un total considerable", según consignó. Ya en 1938, sus deudas quirografarias ascendían a más de 130 mil pesos, suma impagable para un establecimiento sin rentabilidad y cuyo valor –a la inversa de lo que ocurría con los campos de buenas pasturas– iba decreciendo día a día.Sin embargo, pudo saldar las deudas "legalmente", pidiendo su propia quiebra. Pero su proverbial decoro lo impulsó a malvender su diezmada hacienda y de ese modo pagó hasta el último centavo para liberar a los amigos que habían garantizado los préstamos bancarios. Para poner punto final a sus desventuras, aún quedaba un escollo: la hipoteca que gravaba al inmueble. El Banco Español, en homenaje a la personalidad del deudor, propuso recuperar el campo por el importe de la deuda. De la Torre agradeció "esa generosidad", pero mantuvo su decisión de quitarse la vida. "No me allano a la situación moral que me crea", dijo, como fiel testimonio de su inquebrantable conducta.Su decoro había quedado a salvo. Por eso, al escribir a su amigo le expresó: "Mi determinación no es heroica sino lógica y clara. Es bueno que recuerdes que ni ahora, ni antes en mi juventud, me interesó la vida… seguiría luchando si no fuera inútil, pero no me causa amargura la idea de la muerte, ni me la causaron jamás los contrastes sufridos en mi vida pública… tomaré el arma en mis manos, con absoluta tranquilidad." Y así lo hizo, dando un ejemplo infrecuente en nuestra historia. Minutos antes, había reparado que contaba con 250 pesos, los únicos que se salvaron del naufragio. "Pueden servir para algunos gastos", concluyó con su puño y letra. PD: El entonces Banco Español subastó la estancia Pinas en 1941, y fue adquirida por el hacendado Juan Manubens Calvet. Hoy, forma parte del acervo hereditario que dejó a su muerte, acaecida hace 30 años.

*Ex secretario de Gobierno de la Municipalidad de Córdoba.