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Cuando lleguen las primaveras

La oportunidad de comprender que existen seis mil millones de otros y de que en cada uno de esos otros estamos nosotros es una ocasión para entender que también somos unos. Alejandro Mareco.

09 de septiembre de 2012 a las 12:01 a. m.
Cuando lleguen las primaveras

“¿Estarás conmigo cuando lleguen las primaveras?”. Las palabras son de una añosa mujer irlandesa que trata de enfocar su primer recuerdo en la vida, y lo que ve, lo que siente y lo que escucha aún es a su hermanita de cuatro años haciéndole esta pregunta minutos antes de morir. Esa es la pregunta, la mejor, que uno puede hacerle al otro, al otro que está con uno. Y hablando de uno, uno ha sido testigo de las palabras de la mujer irlandesa a través de un programa de televisión con origen en Francia, que se retransmite aquí por el canal de cable Encuentro. Se llama Seis mil millones de otros y presenta relatos más o menos íntimos de personas a las que no hace falta nombrar (a veces, el nombre es sólo un ejercicio de vanidad). Los registros abarcan unos 70 países, toda una muestra de humanidad, y a través de esos relatos es posible enterarse de lo que, como especie, tenemos en común en lo profundo de los corazones, en la cultura y aun en el desencuentro. El encuentro se revela como un espejo. Somos hombres y mujeres aquí o allá, y el desencuentro queda a la luz con una herida gigantesca que sangra y nunca parará de sangrar. A cada uno de los que habitamos un instante en el tiempo –es decir, a los que sólo tenemos una vida–, se nos van los vientos que corren del nacimiento a la muerte soplando por una razón de vivir, o lo que es más nuestro aunque pequeño, un corazón de vivir. La oportunidad de comprender que existen seis mil millones de otros y de que en cada uno de esos otros estamos nosotros es una ocasión para entender que también somos unos. Sucede en cosas acaso pequeñas, mundanas. Uno se dice cordobés y anda por las calles de la ciudad bajo el acecho del tiempo; entonces, por una suave brisa y bajo un cielo de sol, andando en La Cañada, hay otra versión de la lluvia, que es la que desglosa las hojas de las tipas y las deja caer como una garúa verde, de gotas casi flotando. Sucede, sí, y no siempre se ve, pero a veces en los semáforos pasan cosas bellas a nuestro alrededor. Sucede, sobre todo, mientras esperamos la primavera, porque en el reparto de los espacios del mundo nos ha tocado un confín del sur en el que cada estación toca su violín, pero no se discute que en septiembre la vida vuelve a suceder. Es que así ha pasado desde que giramos alrededor del Sol: la vida agoniza en invierno y revive al regreso de la luz más potente de nuestra estrella. Es casi una reinvención del tiempo (lo era para los hombres, pues antes de que se concibiera el tiempo histórico todo era circular), que incluye a la majestuosidad del cosmos y a la pequeñez de nuestras vidas. La primavera no sólo es verde; a veces es celeste y blanca, como lo sentimos el viernes a la noche quienes vimos jugar a Lionel Messi, por televisión o en nuestra gran cancha cordobesa. El romance entre tremendo futbolista y la multitud es todo un asunto del corazón del pueblo. Existen más de seis mil millones de otros y unos pocos millones de nosotros, apenas un puñado. Somos esos a los que el sol luminoso de estos días que siguieron a la garúa nos garantiza una primavera más, y aunque andemos un poquito flojos de hormonas, nunca se deja de sentir. “Debes creer en la primavera”, tocaba (toca) en el piano Bill Evans.