Memoria. Los recuerdos no se alquilan: lugares de Córdoba que cierran

Puede que la nostalgia no sea buena compañera; puede que no todo tiempo pasado fuera mejor, pero hay algo de la memoria de las ciudades que se mezcla con la memoria de su gente y cuando un lugar emblemático cierra duele como si fuera propio.

28 de febrero de 2026 a las 12:02 a. m.
Natalia Brusa
Los recuerdos no se alquilan: lugares de Córdoba que cierran
El desaparecido restaurante Pirola.

Cuando se cierran definitivamente los lugares donde fuimos felices aún sin habernos dado cuenta, nos asusta que todo desaparezca.

En los últimos años en Córdoba se cerraron, entre otros el Bar Gente, el restaurante Pirola, el Rancho Grande, las heladerías Torino y Soppelsa, Bettini, la Lübeck y tantos otros lugares donde varias generaciones vivimos momentos que hoy reconocemos como inolvidables.

Quizás los lugares, como las personas, tengan una vida útil y lo que es la biología para los seres humanos, sea la lógica del mercado para los negocios.

Memoria gustativa

Pero lo cierto es que cuando un bar o un restaurante baja las persianas para siempre hay una parte de nosotros que también se despide.

En un gesto inútil tratamos de aferrarnos a esos domingos en los que salíamos a comer juntos, cuando una coca cola debía durar toda la comida y los gritos de los niños, corriendo entre las mesas hacían imposibles las conversaciones.

Recordamos la cassata y el almendrado como lujos de cuando se podía pedir postre.

El helado de dulce de leche, el milagro del pinito bañado en chocolate en la Alpina y las medialunas más ricas del mundo en la esquina de Colón y Avellaneda.

También el café con leche con olor a cigarrillo como un recuerdo de una época en la que todavía se fumaba dentro de los bares y la lasagna de pollo, la copita de jerez y el paté de hígado con el que te daban la bienvenida en un mítico restaurante de la Avenida Rafael Núñez.

Cada lugar con sus aromas, sus sabores, sus olores tan característicos y sobre todo su gente. Ese mozo que le preguntaba a tu papá “¿Lo de siempre ?” . Y ese otro que sabía cuál era tu mesa preferida y si era un buen día para conversar o no.

Nostalgia justificada

Recuerdo que una mañana de diciembre en el Bar Gente, un señor que vendía boletos de lotería le vendió a mi padre un entero del gordo de Navidad.

Cuando fue el sorteo, el número ganador fue el siguiente al del boleto que tenía mi papá en el bolsillo del saco y de bronca , no fue a cobrar el premio por aproximación. Se quejó contra el destino argumentando que si le hubieran ofrecido el número ganador él lo hubiera comprado sin dudar porque era el teléfono fijo de uno de sus mejores amigos.

Esos recuerdos que nos toman por asalto cuando se cierran estos lugares nos hacen sentir que con esa clausura también se cierra un tiempo.

Un tiempo en el que la memoria incluía números de teléfonos fijos, nombres propios de mozos y señores de saco y corbata.

Puede que la nostalgia no sea buena compañera; puede que no todo tiempo pasado fuera mejor, pero hay algo de la memoria de las ciudades que se mezcla con la memoria de su gente y cuando un lugar emblemático cierra duele como si fuera propio, porque de alguna manera ese lugar fue la escenografía de nuestras vidas; escenografía que compartimos con desconocidos que seguramente sienten como nosotros un aguijón en el pecho ante cada cartel que reza: “Se alquila”.

Hoy hacemos el duelo por un tiempo que no fue perfecto pero fue cercano, analógico y humano.

Quizás nuestros hijos en su adultez despidan con cariño a los deliveries, a las cadenas de comidas rápidas y a las franquicias de bares que se repiten clonadas por todas la ciudades del mundo porque cada tiempo construye sus propios recuerdos.

Pero hoy llegó la hora de dejar la propina debajo del servilletero de lata, decir adiós y sobre todo muchas gracias.

Periodista y escritora