Construyendo memorias
Infancia e identidad. Las fotos y videos útiles para la memoria familiar.
Quien anhele conocer una de las versiones más refinadas y originales del ser humano, que se asome a la vida de un niño de 3 años. Ingeniosos y desopilantes, estos pequeños personajes despiertan no sólo admiración, sino la mayor de las ternuras.A medida que abandonan rituales de bebé (pañales, chupete, biberones), van asumiendo su primera madurez.Son maestros del lenguaje; conversan sin parar usando palabras inventadas y equívocos que, por originales, podrían ser declarados patrimonio de la humanidad.También juegan y sonríen como si lo hicieran para siempre, convencidos de que el mundo les pertenece. Dedican su tiempo a reconocer territorios, desordenarlos y volverlos a explorar.En el camino hasta esa edad, construyen sus cimientos. Todas las experiencias, incluso las vividas en el útero, van perfilando su identidad, la pertenencia y también el modo de vincularse con otros. Pese a tanta trascendencia, ellos no conservan memoria de esa etapa. Lo que se cree recordar son en realidad elaboraciones posteriores, recreadas a partir de palabras o imágenes aportadas por otros.Recién cuando sus capacidades cognitivas maduran, les resulta posible la reconstrucción autobiográfica, siempre subjetiva y alejada de la verdad. Así, muchos recuerdos infantiles fuertemente arraigados tal vez nunca sucedieron, o fueron diferentes a lo que se asegura.Por el contrario, los documentos objetivos –fotos, videos– les aseguran sus mojones de crecimiento: cómo nacieron, el primer baño, la primera sonrisa o la salida del primer diente.Los cambios que descubren viéndose gatear de modo frenético, su primera "curita" en la frente o su ingreso a jardín les permiten aprender un concepto insospechado: el paso del tiempo.Entonces, si la historia inicial es tan importante para su constitución, ¿por qué dejarlos sin ella, al margen de tanta riqueza?En una época de tecnología accesible, es sencillo reparar la llamada "amnesia infantil".Cada familia puede documentar esos años, atesorando todo aquello que muestre cómo eran, qué hacían y con quién. Cada detalle doméstico o social –aunque parezca banal– les ayudará a consolidar identidad, en tanto sean registros de su origen y su entorno durante la primera infancia.Los documentos no se limitan a lo digital, sino que se extienden en testimonios de familiares, amigos y conocidos que refuerzan de manera positiva los recuerdos. Con todo ello, los chicos podrían descubrir algo que resulta obvio para los mayores, pero no para ellos: el afecto recibido.Estudios actuales sobre la memoria autobiográfica exploran la exactitud de los recuerdos, asociando la sensibilidad individual a la sugestión y a la capacidad para distinguir realidad de fantasía.Los relatos que circulan en cada familia otorgan nitidez al nido de crianza, ayudando a despejar incógnitas simples.¿Cómo eran sus manos de bebé, sus ojos, su nariz? ¿Era tan flaco al nacer? ¿Dónde quedaron esos hoyuelos que le dibujaban un rostro perfecto?Con memoria familiar, podrán saber quién les cantaba las canciones que resuenan en su memoria emocional, o cuándo comenzaron a caminar, a hablar, a dibujar. Recordarán con justeza quién fue su primera maestra, su primera mascota. O cuán celosos estaban sus hermanos...Para confirmar el valor de construir memoria, están los abuelos y los bisabuelos, nacidos en épocas de menos recursos para guardar recuerdos. Con escasas fotos en sepia y relatos confusos, y sin mayores que atestigüen, concluyen que es más lo que desconocen que lo que recuerdan de su infancia.Y si el poeta Rainer Rilke tiene razón y "la verdadera patria del hombre es la infancia", la evocación debería ser una de las misiones familiares impostergables para consolidar la memoria emocional en los hijos.Si puede y quiere, no deje de recordar y filmar, fotografiar y anotar; estará contribuyendo no sólo a la salud integral de ese niño, sino a la de toda la familia.Algo más: por si acaso, suba todo a la nube. *Médico

