Confesiones de una persona que siempre pierde cosas: el miedo a perderlo todo
Un viaje en colectivo puede ser el escenario de una búsqueda del tesoro inesperada (y desesperada).
Pierdo todo. Ese sería el resumen más escueto de la cuestión. Aunque ese “todo” no es tan categórico en este momento de mi vida (puedo ver cómo he mejorado mi conducta olvidadiza en los últimos años), mi propia historia me impulsa a definirlo de ese modo sin pensarlo demasiado. En definitiva, asumir ese talón de Aquiles personal es un punto de partida para hablar de una característica que me acecha desde siempre y que siento como si fuera una maldición.
No es un intento de excusarme ni de buscar una explicación externa a mi responsabilidad. Es algo que se llega a sentir en el cuerpo y se parece mucho al miedo. Infantil, material, caprichoso, pero miedo al fin. Y lo que me pasó hace algunos meses es el botón que vale como muestra de esa fuerza invisible, casi tan poderosa como la gravedad.
¿Qué pasa si...?
Viajo en colectivo desde Merlo, San Luis, hasta Córdoba, a donde regreso luego de pasar el Año Nuevo en la casa de mis suegros. Un mes atrás me casé, y por esos días juego con el anillo de mi dedo anular izquierdo como la novedad que todavía es.
Mientras lo muevo arriba y abajo (amagando a sacarlo, pero siempre regresándolo a su lugar), imagino lo que Bilbo y Frodo Bolsón habrán sentido cuando contemplaban hipnotizados ese anillo “para gobernarlos a todos”.
En mi caso, no hay tal presión o urgencia por destruir a ningún villano ni salvar a la Tierra Media. El único accesorio de mi hasta hace poco desnuda mano es otro tipo de símbolo. Cada vez más concentrado en su redondez en pleno camino de las Altas Cumbres, pienso en todo lo que representa ese pedazo de metal que abraza mi piel. Y de repente, la pregunta aparece como un flash inesperado: “¿Qué pasaría si lo pierdo?”.
Desde chico, mi relación con los objetos es difícil, o cuanto menos compleja. Soy torpe, mi escasa motricidad fina no ayuda y mis niveles de distracción variable tampoco. Las cosas se me caen, se me escabullen y se esconden incluso en los lugares “seguros” que intento encontrar para resguardarlas de mi capacidad innata para dejarlas ir. Quizá esa sea la razón por la que, desde que tengo memoria, comprendí que era mejor no aferrarse a todo aquello que pudiera desaparecer de mi vista de un momento al otro.
Con 35 años, y pese a los recaudos que aprendí a tomar a fuerza de ensayo y error, me sigue pasando. Inevitablemente; entre mis despistes y mi falta de orden para algunos aspectos, entre las mil y una cosas que tengo en la cabeza y mi compulsión a estar para todo y para todos a mi alrededor, parece abrirse una puerta invisible a lo desconocido, justo a mis espaldas. Un portal que, por supuesto, cambia rápidamente de lugar si me doy vuelta para intentar encontrarlo.
Por allí, y quién sabe hacia dónde, se han ido infinidad de objetos preciados. Dinero, documentos, llaves, ropa, juguetes, papeles importantes, cospeles/tarjetas de colectivo, teléfonos y hasta una computadora que quedó olvidada en la luneta de un taxi y no llegó a mudarse conmigo.
Por supuesto, y como ya habrán adivinado del otro lado, soy de esos que salen de su casa sólo para volver a buscar algo en cuestión de minutos... o incluso segundos. Si soy impuntual, de hecho, en buena medida tiene que ver con esa especie de condena que llevo sobre mis hombros. ¿Acaso es tan difícil dejar las cosas en un lugar definido?
¿Minutos o años?
Todo eso vuelve de una forma u otra mientas mi dedo mayor y mi anillo de casado se cortejan en viaje. En ese momento, pienso en la idea del símbolo. Y esa sortija, la primera que uso con intención de no quitármela, representa mucho.
Aunque soy consciente de que un objeto, más allá de su valor económico, no puede sustituir un sentimiento, en este caso eso que brilla y me mira aunque no tenga ojos resume los últimos 10 años de mi vida con ella, Bahía. Pienso en todo lo que pasó desde que nos conocimos, de cómo un romance que tenía fecha de caducidad se convirtió en cuestión de semanas en un proyecto de vida, en una casa compartida, en una familia.
Como un recuerdo de esos que no se olvidan fácilmente, vuelvo a una de las primeras escenas que compartí con ella, y que tuvo lugar en un largo viaje que hicimos cuando todavía no nos conocíamos demasiado.
En un parada del recorrido, y justo antes de seguir camino, mi pasaporte no aparecía por ningún lado, lo que en ese momento era sinónimo de catástrofe. Yo estaba seguro de que lo había puesto en un bolsillo de la mochila, pero no.
Saqué toda mi ropa, revolví con urgencia lo que había guardado de manera prolija minutos antes y, en medio del caos, finalmente lo encontré. ¿Dónde? Al fondo de todo, dónde nadie en su sano juicio pondría a salvo algo que no se puede perder.
Desde entonces, mostrar ese costado mío (especialmente frente a ella) me genera una combinación de vergüenza y ganas de que me trague la tierra. Como cuando era un adolescente y volvía a casa con un ítem más en la lista de objetos perdidos. Por eso, de vuelta en esa noche de colectivo transerrano, en el momento en el que me doy cuenta de que el anillo se zafa y cae al piso, entro en pánico.
El ómnibus está prácticamente a oscuras y a mi alrededor nadie puede percibir mi desesperación. En ese momento, llegamos a un parador después de infinitas curvas y contracurvas, y el coche se detiene. Lo que no para es mi cabeza, sobre todo cuando me doy cuenta de que mi tesoro no está en el piso. Luego de la caída, se escuchó un golpe con sonido a plástico duro. “Por favor, que no se haya metido en el costado del asiento”, suplico, justo antes de estar seguro de que ese fue su destino.
Los minutos que siguen son eternos. Apenas cinco, 10 como mucho, pero que se sienten como horas. Arrodillado y encorvado en el piso, tanteo todos los huecos posibles, mientras el resto de los pasajeros ni imagina la velocidad de mis pulsaciones. Toco pelusas, envoltorios de golosinas y algún chicle pegado vaya a saber desde cuándo.
Pese a las miradas que intuyo sobre mí, me siento solo, incomprendido. Pienso una vez más en las posibles consecuencias de perder ese anillo a sólo un mes de haberlo estrenado. No puede ser, no puedo permitirlo. Además, sé que está ahí y no me voy a rendir hasta volver a verlo. Si tengo que llegar hasta el taller donde descansan los colectivos, lo haré sin dudarlo.
Cuando todo es tinieblas en medio de la penumbra, mientras la danza de pensamientos es equivalente a un carnaval interno que llega a su clímax, una voz salvadora me dice: “Creo que ahí lo veo”. Es el pasajero que ocupa la butaca de atrás y que se dio cuenta de que debía estar buscando algo muy importante para hacer un despliegue semejante. Abajo de la manija del asiento, en un resquicio de esos que no se ven cuando no hace falta buscar nada ni husmear en el último rincón de un ómnibus, el anillo me espera. Siento que incluso se ríe un poco de mí, pero cuando lo toco y compruebo que está en la misma dimensión que yo, mi alivio es total.
El resto del viaje me sirve para que la adrenalina y la ansiedad se vayan de a poco y para pensar en qué voy a hacer con esta anécdota que me define totalmente. Cuando me bajo, ya en Córdoba, estoy a punto de mandar un mensaje para contarle a Bahía esta nueva aventura de mi sitcom personal. “Debería escribir sobre esto alguna vez”, pienso finalmente, cuando la calma es total y la sensación de victoria me infla el pecho. Y así es como se me ocurre contarlo todo en este texto, que es lo más parecido a la confesión más feliz que haya tenido que hacer.

