Quiénes y cuándo
Una cicatriz del tamaño de una moneda japonesa. A Pasolini lo mataron, pero nunca lo noquearon. Capicúa. Daniel Salzano.
Una cicatriz del tamaño de una moneda japonesa
Íntimamente convencido de que tenés el cuerpo tan sano como el alma, te tumbás sobre una camilla de una plaza, estirás el antebrazo con el puño bien cerrado y dejás que una enfermera con olor a Listerine te inyecte cinco centímetros cúbicos de un líquido que te recuerda al anís de Los Ocho Hermanos.
Todo va bien, te dice rítmicamente la mujer, al tiempo que conecta tu esternón a un aparato cuya misión es escupir retratos invisibles. La máquina cuenta en su extremidad con una cola de escorpión que, sin tocarte, te peina desde el pupo a la cabeza. Se nota que la máquina ha estudiado anatomía.
Íntimamente convencido de que tenés el cuerpo tan sano como el alma, volvés 48 horas después a buscar el resultado y te enterás de que al sur de tu corazón existe una cicatriz del tamaño de una moneda japonesa. Lo más probable es que se trate de un infarto de cuya existencia no estabas enterado.
En una vieja película de Godard en blanco y negro, un vendedor de enciclopedias le explicaba a Anna Karina que entre el cuerpo y el alma existe un espacio misterioso al que llaman corazón. Un espacio que puede ocuparse con las cosas más inesperadas.
Hay hombres con el corazón lleno de lágrimas. O con la famosa mermelada del amor. O con clavos
oxidados. Depende. El corazón se la pasa todo el tiempo caminando por arriba y por abajo y es el que te da las órdenes; a ver, te dice, doblá por Deán Funes y pará en Sucre. O mirá la Luna. Lo que nunca hubieras imaginado es que iba a intentar darse a la fuga practicando un boquete del tamaño de una moneda japonesa.
¿Qué pasó? ¿Estabas más solo que un caballo? ¿Querías salir de viaje? ¿Te morías por charlar? Voy a decirte una cosa, corazón: no sólo sos todo lo que tengo, sino que sos todo lo que soy.
A Pasolini lo mataron, pero nunca lo noquearon
A Pasolini lo veías de cerca, muy de cerca, y lo último que hubieras dicho es que se trataba de un cineasta. Quiero decir que esos ojos no estaban hechos para componer un primer plano sino para no perder de vista al enemigo. Ojos duros de gringo concentrado, de poeta en cuarentena, ojos de campesino receloso que cubría con un par de anteojos negros porque tal vez no tenía ganas de verte. O no quería que lo vieras.
Propongo una interpretación: la entraña de Pasolini, su masmédula, no debía ser muy diferente a la de esos boxeadores mejicanos con melena de conscripto y cráneo de hongo atómico que ilustran ácida, rabiosamente, la programación pugilística de Torneos y Competencias, el canal de los sopapos. Y en este rincón, señoras y señores, Pier Paolo Pasolini, Corazón Salvaje. Sólo que él no se dedicaba al pugilismo sino a otro tipo de peleas menos sangrientas, pero igualmente fragorosas.
Comenzó como poeta, continuó como periodista, después escribió guiones, dirigió películas y, si siguen leyendo esta nota, verán que terminó sus días con la carne muy golpeada, y la carne golpeada (dijo Gelman) no se vuelve insensible sino triste.
Un anticipo: lo machacaron con tanta alevosía que sólo las uñas le quedaron largas. Yo a Pasolini lo vi de cerca, muy de cerca, en el Festival de Mar del Plata de 1970. No recuerdo quién mandaba en el país, pero seguramente se trataba de un milico porque, cada dos butacas, había un gorila dormido y con la boca abierta. Si estirabas el cuello con cuidado podías, a través del saco, mirarle la cartuchera, la pistola y el sobaco.
Consta en el libro de actas de su vida (1922-1975) que Pasolini viajó al festival obligado por una cláusula que imponía su presencia para promocionar el estreno de Medea, una de sus películas menos valoradas por el público y la crítica.
En el avión que lo trajo al país, él ocupaba el asiento del pasillo. Le resultaba más cómodo para escribir y, de paso, para proteger a la mujer que lo acompañaba, junto a la ventanilla. ¿Cómo se llamaba la actriz que viajaba junto a Pasolini y ocupaba el primer renglón en el reparto de Medea?
Una ayuda: llevaba un vestido color sepia, las manos dulces y, cada vez que cantaba, el público, emocionado, se limpiaba la nariz con el antebrazo. Nombre verdadero: Cecilia Sofía Ana María Kalogeropoulos. Nombre de combate: María Callas.
Pero volvamos a Mar del Plata, “la Feliz”, donde ni ella ni él se esforzaron demasiado para apoyar el lanzamiento de Medea. Ella porque, aparte de una conferencia de prensa en la que estuvo todo el tiempo haciendo dibujitos en una hoja de cuaderno, pasó el resto de su estadía sin abandonar el lobby del hotel, con el corazón trancado y los anteojos puestos.
La Callas sólo mostró verdadero interés para charlar con las mujeres de la colectividad. Las recibía con un echarpe de seda sobre los hombros, las sentaba como a reinas en el rincón de los secretos y hablaban como hacen los griegos entre sí, interrumpiéndose, pelando almendras y moviendo exageradamente las muñecas. Todavía no estaba en las 10 de últimas María Kalogeropoulos, la divina, pero probablemente ya estuviera en las 20: aún conservaba su pescuezo excepcional, pero sus caderas abarcaban todo el perímetro de la banqueta.
Una vez cada tanto, vestido de saco y corbata como un actor de Quentin Tarantino, aparecía Kid Pasolini para posarle una mano sobre el hombro. No temas, Kalogeropoulos, no temas. El Kid, por su parte, no hablaba demasiado: silabeaba, cejijunto y enculado, como si se tratara de un hombre que envejecía a cada instante. Puede que mientras permaneciera en Mar del Plata, el cineasta firmara, a lo sumo, media docena de autógrafos. Tal vez porque nadie se los pedía. O tal vez porque ya nadie los quería.
En 1970, sépase, las más grandes películas de Corazón Salvaje ya estaban todas hechas. Sin embargo, fuera de su propio círculo no era nadie. Difícil tan siquiera imaginarlo en short, recorriendo la playa y pisando el agüita de la Bristol. Y sin embargo, Dios mío, lo asesinarían cinco años más tarde justamente en una playa, en Ostia, cerca de Roma, con las tripas literal y metafísicamente a la intemperie. Lo golpearon no se sabe si entre dos o tres o cuatro ¿emboscados?, ¿piqueteros sexuales?, ¿mercenarios?, ¿fascistas?, ¿barrabravas?
Primero lo fajaron y después le pasaron un coche por encima. Tenía un Alfa Romeo, Kid Pasolini, el mismo que utilizaron para aplastarlo. Al volante iba un buscavidas de 17 años, Piero Pelosi, que, palabras más o menos, dijo que a él lo habían vendido o, más exactamente, lo habían empaquetado.
En aquel remoto festival de cine donde las películas circulaban inútilmente ante un batallón de policías dormidos, Pasolini se cruzó en dos ocasiones con la prensa. La primera durante un round de estudio que recién entró en calor cuando salió a colación el nombre de Alberto Moravia. Sin que nadie la hubiera atacado, Pasolini defendió apasionadamente la obra de Moravia.
No recuerdo lo que dijo exactamente, pero tengo presente su voz vertiginosa, monocorde y tan mechada de modismos que el traductor, cada tanto, se rascaba explícitamente la mollera. Era la manera que tenía de demostrar en vivo y en directo que a los tipos como él, hijos de la calle, la cultura no se los llevaba por delante.
El segundo encuentro, fuera de programa, fue una mesa redonda celebrada entre el cineasta y la flor y nata de la crítica porteña. Fue ahí donde pude verlo de cerca, muy de cerca, viviendo, sin confesar, unos intensos momentos de pánico intelectual.
Lo del pánico tiene su explicación, porque en 1970, para escribir de cine, tenías que reunir varias condiciones: 1) ser un hombre hecho y derecho, 2) poseer un vocabulario de cinco mil palabras por lo menos, 3) haber leído a Gramsci y a Dick Tracy, 4) gozar de buena memoria, 5) odiar a John Wayne y 6) poseer una robusta columna vertebral.
Quiero decir que si tenías enfrente a Pasolini, lo más lógico es que tus nervios se tensaran como cuerdas y tu cerebro, como un bulto, permaneciera agazapado en un rincón de la cabeza. Yo le pregunté por Accatonne, su primera película, y él me respondió con un vaho de flit.
El Kid tenía la piel brillante, color café, como esas piedras del Mesozoico cordobés que se exhiben en el museo de Ciencias Naturales. Cuando el año que viene se cumpla un nuevo aniversario de su muerte trataré de reconstruir las alternativas de aquel encuentro cuyas palabras se fueron no sé adónde.
Garganta Profunda y Corazón Salvaje se fueron de Argentina en un avión tan secreto que carecía de horario de salida. ¡Ah, qué felicidad poder expresarme por entero tal como se expresa la turbina de un avión! Que quede expresa constancia: a Pasolini lo mataron, pero nunca lo noquearon.
Dustin Hoffman, el actor, todavía recuerda un combate de boxeo que vio en el Madison Square Garden: mientras el púgil victorioso abandonaba el ring para alejarse por el pasillo, hacia el vestuario, un aficionado, adolescente, lo seguía de cerca para recoger todo el sudor que podía y empaparse. Eso es lo que yo acabo de hacer con esta nota al fin y al cabo, Pasolini.
Capicúa
Así es.
Así es como los hombres fuman cuando llueve. Así es como envejecen las palomas. Así es como se envasa el praliné. Así es como les crece el bigote a los modernos industriales. Así es como coinciden en un punto el Mercado Norte y la República de Israel. Así es como se guiña un ojo. Así es como se reinventa la física moderna a cada instante haciendo chocar los extremos del tiki taka. Así es como caen tus lágrimas. Así es como se ve la Luna por un peso en las brillantes noches de pobreza. Así es como era el cine Palace. Así es como vienen al mundo los bebés. Así es como la poesía puede matarte en días azules. Así es como se limpia el parabrisas de un coche con el codo de un negrito. Así es como aparecen y desaparecen las figuras. Así es como andaba en bicicleta Buster Keaton. Así es como la vi parada ahí. Así es como sonaban las canciones de los Beatles. Así es como nos vamos olvidando de utilizar correctamente el subjuntivo. Así es como se lanzan al aire las ideas. Así es como se ve el cine cada vez que pega en la pared. Así es como llegaban los trenes. Así es como se alejaban. Así es como desde el punto de vista gastronómico las mujeres que prefiero son las que saben preparar una ensalada. Así es como me la pasé todo quinto y sexto año dibujando el mismo cuello de mujer. Así es como era aquel cuello de mujer. Así es como se retroceden dos pasos se toma impulso se arroja el gancho y desaparecen los agujeros negros por cuenta de Epec. Así es como mueren las rosas. Así es como leo en la confitería Venezia los nombres de todos los helados. Así es como nací en esta ciudad. Así es como escribo a máquina. Así es como a mí me gusta. Es así.

