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Los chicos de noviembre

En los finales de noviembre, los chicos que terminan el secundario aprovechan para gritar por últimas veces el nombre del colegio, para mirar a sus compañeros y retener sus rostros y sus gestos, para empezar a atesorar una edad que se esfuma. Alejandro Mareco.

27 de noviembre de 2011 a las 12:01 a. m.
Los chicos de noviembre

Gritan, ríen, cantan, saltan. Es tanta la alegría que, a veces, un soplo de tristeza toma por asalto la respiración; por eso, si aprietan fuerte los ojos se pueden escapar lágrimas, pero tantas, que son capaces de inundar las caras. Son lágrimas demasiado frescas, debutantes frente a la intuición de la nostalgia: desde la humedad del alma, puede verse que lo que se vive con tanta intensidad se vuelve pronto materia impalpable de los recuerdos; hay sensaciones, aromas, maneras de percibir que jamás vuelven a recuperarse en presente. En fin, descubrir los efectos de la obra del tiempo al final de la adolescencia podría ser un dolor devastador si no fuera porque la euforia de la sangre pide futuro a los atropellos. En los días de finales de noviembre, como estos, los chicos que terminan el secundario se dejan ver celebrando la conquista; al fin, es una meta que ha demandado largos años en los que la marcha se veía eterna. Comienza otra etapa, en la que las decisiones se vuelven profundamente personales y tienen mucho peso (como elegir una carrera universitaria) y en la que se necesitan atención y habilidad para captar las escasas oportunidades que se ofrecen (un trabajo, por ejemplo). Es la hora de construir un destino, de salir a buscar un lugar en el mundo, muchas veces sin nada más que sueños por toda fortuna y dirección. Aunque, por suerte, la palabra de los sueños no calla nunca, ni aun cuando alguna vez, andando en la vida, se vuelva lamento por haberlos extraviados. Siempre ha sido difícil ser joven (a la vez que bello, claro), puesto que un nuevo ser ya proyectado debe salir a disputar un espacio entre lo que está distribuido, para bien o para mal, con justicia o sin ella. Por eso, es evidente, la juventud es portadora de cambios, ya que debe correr un poco o mucho las cosas, según las circunstancias históricas, para hacerse un lugar. Pero no hay manera de asomarse al horizonte, incluso más allá de lo que se ve, si no se mira con los ojos de la juventud. La reinvención del mundo sucede con cada generación, como la primavera con la naturaleza, con el cosmos, aunque no es sencillo abrirse camino en el árbol de Schopenhauer, en el que la muerte de las hojas viejas no tiene otro sentido más esencial y fecundo que abrir paso a las nuevas. En estos días, en cada escuela secundaria, los docentes se sobreponen a la rutina de despedir a cada promoción y ofrendan su emoción a la hora de saludar a una camada a la que han visto crecer desde el final de la infancia. Es que lo que es rutina para unos, para los chicos es una experiencia clave en la vida: lo que hemos aprendido, interpretado, decidido, soñado en los días adolescentes no nos abandonará jamás. Siempre, de algún modo, somos aquellos que en esos años que nos abrazamos a una identidad casi definitiva. En los finales de noviembre, los chicos que terminan el secundario aprovechan para gritar por últimas veces el nombre del colegio, para mirar a sus compañeros y retener sus rostros y sus gestos, para empezar a atesorar una edad que se esfuma. Por eso, las lágrimas. Pero su esperanza en el futuro y en el país ahora late tan fuerte como la vigorosa sangre que corre por sus venas.