Campaña de abrazos
Agustina Boldrini cuenta sus desventuras al volante. Más información en Días Contados.
Siempre fui buena conductora. O al menos eso creía. Desde aquellos años de infancia en los que mi papá me dejaba encender nuestro Fiat 600 y yo me imaginaba rodando por toda Salta, mi sueño de estar frente al volante me hacía sentir que efectivamente era una buena conductora. Ya en la adolescencia, un amigo me dijo: "Manejar es una pavada. Yo te voy a enseñar". Así, agarramos su autito rojo y nos fuimos a una desolada calle de San Lorenzo, una localidad salteña ubicada a 11 kilómetros de la Capital. Recuerdo que me costaba mantener el auto alineado. Aprovechaba el paso de algún peatón aislado para tocar un simpático bocinazo y saludar, lo que repercutía en una curva en plena línea recta. "No, no. Mantené firme el volante", me sugería.En un momento, me pareció buena idea girar y casi tiro el auto a un canal que orillaba el camino. Fin del paseo. Mi amigo no se arriesgó más. Yo dejé pasar esta aventura como una primera experiencia. Nada me iba a frustrar en mi convicción. Yo soy una buena conductora.Tal era mi pulsión por el manejo, que en las charlas adolescentes con amigas, siempre fantaseábamos en que yo sería la primera en obtener el carné. Con esta tarjeta en la mano, no nos detendría nada ni nadie en alocados paseos por doquier. Pasaron los años Sin dudas, demoró en llegar la concreción de tan conversado carné. Pasaron los años de facultad en el Centro de Córdoba. Nada de autos; bastaba una caminata a buen tranco para llegar en horario a todas las clases. Lo más cercano a un rodado eran algunos sueños en los que iba manejando felizmente, hasta que recordaba que aún no había aprendido a conducir y me despertaba por la desesperación. Recién una mudanza a un barrio que no se unía a mi trabajo con una línea de ómnibus (me tenía que tomar tres colectivos para hacer un recorrido que en auto se hace en 20 minutos) aceleró mi necesidad de demostrarle al mundo quién era yo frente al volante.Llamé a un profesor. Quizá esté de más este comentario, pero qué buenmozo era este hombre: se lo recomendé a todas mis amigas; muchas estuvieron de acuerdo conmigo. Volvamos. Tomé 10 clases. Recuerdo la primera. Me senté y sentía que la tenía muy clara. Los cambios los conocía de tanto ocupar el asiento de acompañante. Hubo largos viajes en los que aprovechaba para aprender esta materia."Bueno, vamos", dijo el "profe". ¿¡Vamos!? No. Era muy pronto. ¿Adónde vamos? ¿No había que estudiar algo? Apenas acababa de deslumbrarme con este hombre y él ya me quería hacer andar. Un par de palabras de aliento y partimos. El auto se movía. Siempre fui una buena conductora. Ahí nomás agarré coraje y algunas indicaciones me llevaron a la recta Martinoli. De ahí a sentirme la Messi de las rutas, hubo un solo paso. El carné La historia del carné necesita sus párrafos. Lo que olvidé contarles es que siempre fui una buena conductora, pero nunca fui una buena "estacionadora". El "profe" de manejo me había dado unos tips para estacionar, pero las mediciones nunca fueron lo mío. Llegó el día del examen. Visión perfecta. Teórico, 100 por ciento. Práctico: "Estacione entre las vallas con tres maniobras", me ordenó el inspector que tomaba la prueba. Por supuesto que no lo logré. Desaprobé. Vaya frustración, prometí no volver a rendir nunca más.Al mes, estaba otra vez en el CPC intentando pasar la prueba de mi vida. Pedí mi ficha para ir a rendir el práctico otra vez. El hombre que me atendió me dijo: "Boldrini, Boldrini, ¿qué le pasa que hace un mes rindió y no vino más? Vaya y pague". Cuando miré el papel, se podía leer: "Aprobado". No lo podía creer, se lo agradecí infinitamente, y el señor contestó: "No es nada. Sólo casáte conmigo"."¡Ja!", me reí y me fui muy sonriente. ¿Ven? Siempre fui una buena conductora. El sueño del auto propio Luego, mis días al volante transcurrieron en autos prestados. No con todos me llevaba bien, pero uno no se puede llevar bien con todos. Tuve que lamentar reiteradas roturas del espejo de acompañante. Tantos años del otro lado no me dejaban tomar real dimensión del vehículo que estaba conduciendo.Hasta que –siempre hay un hasta que– un día fui al supermercado en colectivo. En el viaje, pensé que era momento de independizarme de ese rodado compartido. Entré decidida al híper, y en uno de los puestos que están en los pasillos, que era de una concesionaria, terminé firmando un montón de papeles que me introducían en el maravilloso mundo del autoplan.Tras un año de esfuerzo, pude licitar el auto. Por fin era propietaria (casi, en realidad: una parte todavía le pertenece a la automotriz) y un rodado de color rojo me llevaba de aquí a allá. La gloria. La independencia tenía nombre y apellido: Mi Autito. Comenzaron los problemas Una lozana mañana de junio iba yo en mi bólido, cuando de repente un estruendo abrumador arruinó la calma. Un auto cruzó a toda velocidad por la izquierda y me llevó por delante la punta. Tras unos instantes de confusión, me bajé para ver qué había pasado.Caos. La trompa de mi auto estaba desplazada. Pero lo peor, sin dudas, era la mujer que me gritaba desde el otro auto: "Casi me matás". Ahí comenzó mi vocación. Corrí y la abracé. Ella, tiesa, me seguía gritando. Y yo, tenaz, la seguía abrazando.Luego sobrevino la calma, nos intercambiamos seguros y las compañías hicieron lo suyo. Unos meses más tarde, una noche de noviembre, volvía del trabajo por la Circunvalación escuchando Mi unicornio azul , de Silvio Rodríguez. Pasando la salida 4, un puesto de la Policía Caminera había detenido el tránsito por completo. Puse balizas y a esperar. De pronto, otra vez aquel ruido. Otra vez no entendía nada.El espejo retrovisor me dejó ver que un motociclista se había estrellado contra la parte trasera de mi autito. Me bajé desesperada. No podía creer tanta imprudencia. Estallé en llanto. Se acercó un policía y me dijo: "Tranquila, señora, usted estaba estacionada como cualquier ciudadano de bien (nunca olvidaré esta frase) en un control policial y este hombre, totalmente alcoholizado, impactó en su parte trasera. Usted no tiene la culpa de nada". Y volvió a pasar… Abracé al inspector. Vaya sorpresa para él, imagino. Tras unos segundos, se ofreció a correr mi vehículo hacia un costado, llamó a mi novio para que viniera a socorrerme y me habló para calmarme. Claro que merecía ese abrazo y muchos más.Aquella noche se hizo larga entre papeles y trámites. Es complejo entender lo que puede ocurrir en estos casos. El vehículo de mayor porte es responsable de todo. Así que tuve que desembolsar 400 pesos para liberar mi auto del galpón municipal. A esta altura, diría que la plata fue lo de menos. Sobre el final Cuando empecé a escribir estas líneas, me pregunté cómo cerraría la columna. Pensé que podría contar que en un par de oportunidades (y por un par quiero decir literalmente dos veces) arranqué rumbo al diario, cambiada, maquillada; con libros, cartera, campera. Por fin, en el auto, puse música y salí despacito para evitar todo tipo de inconvenientes. En la segunda esquina, noté algo raro al momento de hacer los cambios. Me fijé... ¡Pantuflas! Por un segundo me pregunté si zafaría. Claro que no. Tuve que regresar a casa y volver a salir. Pero este relato nada tenía que ver con la campaña de abrazos. En fin, la vida siempre regala soluciones, aunque a veces abrazada a nuevos problemas. Días atrás, mientras sacaba el auto de mi cochera... ¡paf!… ese maldito ruido otra vez. Esta vez fui yo la culpable: choqué el auto de mi vecina. "No de nuevo", me dije. Sin embargo, tomé coraje, toqué su timbre, me presenté, le conté de mi mala maniobra, pedí disculpas, intercambiamos seguros y le di un abrazo. Sin dudas, esa parte es la que mejor manejo. Efectivamente, soy una buena conductora.

