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Cada mujer, la humanidad

La violencia de género que se multiplica en infinidad de casos atroces expresa la persistencia de esa cultura adversa contra la que la mujer ha debido luchar.

05 de abril de 2015 a las 12:01 a. m.
Cada mujer, la humanidad

Las llamas que incendiaron el aliento de Johana acaso se parecen a las del viejo fuego en el que los hombres han hecho arder a las mujeres a través de los siglos. Llevan una larga travesía por el infierno de ser tratadas como meros aparatos reproductivos, como las culpables del pecado original, las diabólicas agitadoras del deseo, las encargadas de las supuestas tareas menores en la supervivencia cotidiana, las incapaces para asumir asuntos públicos, para conducir el destino colectivo; las depositarias de lo superfluo, banal; objetos de entretenimiento, sujetos decorativos de los hombres. Y aún están en eso, rasgando las ataduras. Aunque, mujer por mujer, vida por vida, hayan producido en la última parte de la historia una de las revoluciones más gigantes en el devenir de la humanidad, a partir de su capacidad para sostener su propio proyecto de vida e incluso los de quienes la rodean. A esta altura de los hechos, como se ha dicho en esta columna, ya no debería tratarse de celebrar o de exponer como algo curioso cada paso que las mujeres dan en el mundo de los hombres, sino de asumir que estamos definitivamente en un mundo de mujeres y de hombres. La mujer ha soportado el peso de una cultura adversa –no es la naturaleza la que la puso en ese lugar–, y eso es lo que ha debido salir a conmover para ganar su lugar bajo el sol. Johana es la joven de 27 años que el 22 de marzo pasado fue rociada con nafta y quemada en Villa María, en presencia de sus hijos. Ella aún lucha por su vida; el hombre que vivía con ella, su pareja, está acusado de intento de asesinato. La violencia de género que se multiplica en infinidad de casos atroces expresa que esa cultura adversa no sólo sigue presente sino que es devastadora. La condición agravante en los procesos judiciales, la figura del femicidio, es un paso adelante en la legislación, pero aún es arduo el camino hacia una concientización general. Los cambios, está claro, van a toda marcha y la modificación de valores se observa en una misma generación, en la vida de cada persona. Es un hecho: ya no vemos –sentimos, vivimos– las cosas del mismo modo que apenas hace unos años. Es decir, el cambio puede pasar por cada uno de nosotros. La afirmación de esta transformación cultural es la que hay que sostener. Por eso son tan retardatarios y peligrosos los mensajes y las manifestaciones que insisten en presentarla como una cosa, en mirarla como hace un siglo, sin respeto ni valoración. Es urgente seguir modificando paradigmas. Causa estupor que se cuestione a las víctimas de crímenes por estar vestidas de determinado modo, como en el caso de Daiana García, la chica de 19 años asesinada en Buenos Aires. Y no son sólo los hombres a los que se les pide estar atentos a estos viejos prejuicios que vulneran la libertad, la integridad, sino también a las mujeres. Se trata de alumbrar el día en que ya nadie se sienta con derecho a tomar para sí la porción de humanidad de ninguna mujer.