Bandera de largada
La fuerte presión del “kirchnerismo duro” contra Scioli puede generar el mismo efecto que la detención de “Momo” Venegas, y hasta la ruptura con aliados con buen caudal electoral. Carlos Sacchetto.
L os tiempos políticos se han acelerado de manera vertiginosa. No hemos llegado a la mitad de febrero y ya funciona a pleno la dinámica que se esperaba recién para el otoño. Es, sin dudas, una muestra anticipada de la ebullición que viviremos hasta las elecciones presidenciales de octubre. Dos hechos apresuraron la salida del letargo, y ambos provocan una acción revulsiva en el interior del peronismo: uno es la ofensiva del kirchnerismo duro contra Daniel Scioli, gobernador de Buenos Aires, principal distrito electoral del país. El otro, la detención, sin indagatoria ni procesamiento previos, del dirigente gremial Gerónimo Venegas, jefe de lo que queda de las 62 Organizaciones Peronistas y brazo sindical del ex presidente Eduardo Duhalde.La embestida contra Scioli, que ejerce además la presidencia del PJ nacional, se enmarca en la feroz lucha por el armado electoral que quiere hacer el kirchnerismo para prolongar su permanencia en el poder. En cambio, si bien se muestra teñido de política, el caso Venegas reconoce características más complejas al estar vinculado a la llamada "mafia de los medicamentos", un escándalo de corrupción en el que el propio Gobierno se ve seriamente salpicado. Efectos no deseados. Hay muchos elementos para considerar que el juez Norberto Oyarbide es funcional a los intereses gubernamentales. Una versión no desmentida señala que el joven secretario de Justicia de la Nación, Julián Alvarez, integrante de la agrupación La Cámpora, fue quien le transmitió al magistrado que en la Casa Rosada había luz verde para detener a Venegas. Para Oyarbide, firmar la orden de arresto significaba dar un paso más en la causa de los medicamentos, algo que nadie puede cuestionarle porque es un caso muy grave que requiere esclarecimiento y sanciones. Para el Gobierno, pintaba como una buena oportunidad de cobrarse facturas pendientes con el líder de los trabajadores rurales por el conflicto con el campo y, de paso, "mojarle la oreja" a Duhalde y al peronismo disidente. Lo que al parecer no evaluaron correctamente quienes dibujaron la estrategia fue la reacción que provocarían los groseros procedimientos usados por el juez. Hubo indignación y acciones callejeras de quienes comparten el pensamiento gremial y político de Venegas. Pero también despertó desconfianza y temor en toda la corporación sindical. Ante eso, desde muy cerca de la Presidenta lo llamaron al juez para que adelantara la indagatoria y liberara a Venegas. La operación terminó siendo un papelón.El líder de la CGT, Hugo Moyano, casi no pudo disfrutar el breve infortunio de su adversario. A la mayoría de los caciques gremiales de esa central obrera no le importó la interna política sino desplegar rápidamente el paraguas y proteger hacia adelante sus propios pellejos. Saben que, por lo que surge de los expedientes judiciales, son pocos los dirigentes que no están bajo sospecha. Y como, según sus propios dichos, "en estas cosas somos todos compañeros", apoyaron a Venegas. El otro efecto no deseado en la jugada política de auspiciar la detención del líder de los peones rurales fue darle a Duhalde y al Peronismo Federal un fuerte argumento para victimizarse. Es un error que repite el kirchnerismo: suele colocar a sus adversarios en un lugar más elevado del que ellos mismos serían capaces de escalar. El caso Venegas consiguió movilizar anticipadamente, en todo el país, a una fuerza que, salvo en los discursos de algunos dirigentes, se debatía entre la abulia, el desinterés y la resignación. Dos caminos abiertos. El mismo efecto puede generar la fuerte presión kirchnerista contra Scioli y aliados con buen caudal electoral. Hay intendentes del conurbano bonaerense que no están dispuestos a tolerar las "colectoras" o "listas de adhesión". Y mucho menos los aprietes de Moyano para poblar de sindicalistas las boletas de concejales y legisladores. El malestar es tan grande que muchos jefes comunales creen que Scioli debe resignar ya su habilidad de "tiempista", adelantar los comicios provinciales y ponerse el traje de candidato presidencial por el PJ. Todo un desafío para el gobernador. Quienes intiman con él sostienen que jamás haría algo semejante y que sólo aspiraría a esa candidatura si Cristina Fernández decide no intentar la reelección. Pero las humillaciones desde el kirchnerismo se suceden y alrededor de Scioli la paciencia se agota. El gobernador y sus colaboradores esperaban que la etapa de las definiciones llegaran más adelante, pero para ellos, mañana es hoy.En ese círculo se evalúa que si Scioli resuelve romper con el kirchnerismo duro, recogerá buenas y malas noticias. Desde el peronismo tradicional, con Duhalde y varios gobernadores incluidos, le han hecho saber que se encolumnarán tras él con grandes posibilidades de triunfo. Desde la Rosada, en cambio, lo han notificado de que el grifo que provee fondos se cerrará y la provincia puede convertirse en un polvorín. La decisión requiere coraje.

