Auto propio
Un Citroën 2CVde un adolescente puede contener tantos secretos como un confesionario. Más información en Días Contados.
Mis padres me regalaron un Citroën 2CV en 1983 y obtuve mi primer permiso de conductor el día en que cumplí 18 años. Al igual que cualquier chico de pueblo, yo había aprendido a manejar a los 13 en un auto difícil: un Ford Falcon familiar que bien podría haber servido como coche fúnebre o como transporte escolar. En comparación, un Citroën parecía un autito de calesita o una bicicleta con carrocería.
Si bien estábamos cerca de la Navidad, el verdadero motivo del regalo era que había terminado la academia de inglés. Después de 10 años de asistir a maestras particulares en Sunchales y de rendir los exámenes correspondientes a cada uno de los niveles del Cambridge Institute en Rafaela, siempre con notas tristes ( very good , good , good ...), tenía en las manos un título que supuestamente me habilitaba para ser profesor de Inglés.
Todavía hoy me pregunto cómo lo conseguí. No sé inglés. Nunca lo aprendí. Mi capacidad para hablarlo y entenderlo siempre fue la misma, desde el primer día: nula. La ecuación es simple: alguien habla en cualquiera de las variantes de ese idioma y yo no entiendo nada. Cuando me gusta una canción de una banda pop anglosajona, me limito a tararear güichi guon guan gon guan gon y mi cerebro inventa una traducción simultánea distinta cada vez.
El Citroën (de un color verde alienígena que no volví a ver en ningún otro auto) me estaba esperando estacionado al frente de la casa de mi tía, en Rafaela. Era mi primer auto, el Mesías que venía a salvar a todos los preteridos buggies, torinos, mustangs y ferraris que yo había soñado desde la época en que dibujaba cosas con ruedas en el jardín de infantes.
No hace falta –y no es posible tampoco– describir la emoción que sentí cuando mi padre me entregó la llave y me dijo que lo probara.
Lo que pasó después me sigue dando tanta vergüenza que voy a contarlo en la menor cantidad de palabras posibles: subí, di una vuelta a la cuadra y lo choqué contra el Ford Falcon familiar de mi padre, que también estaba estacionado frente a la casa de mi tía. Fallaron los frenos (en realidad, había que bombearlos un poco para que reaccionaran) y no tuve tiempo de ensayar una maniobra virtuosa.
Para el Falcon, fue como si lo picara un mosquito, ¡puff!, y se movió 10 centímetros; en cambio, el Citroën sintió el impacto, su caparazón de lata de bajísimo presupuesto quedó abollada justo entre los dos faros, que por suerte salieron ilesos, y ahora parecían los ojos saltones de un boxeador con la nariz aplastada.
La felicidad del día viró hacia una tensión en la que se mezclaban los sentimientos filicidas de mi padre y mi incipiente conciencia de que el destino me tenía reservadas grandes dosis de ironía. Volvimos a Sunchales, yo manejando el Falcon y él atrás con el Citroën, a la distancia mínima necesaria para no aniquilarnos con la mente.
Inepto para ciertas cosas
Como su nombre lo indica, las únicas dos virtudes del 2CV eran no gastar nada de combustible y ser capaz de moverse incluso en punto muerto, de forma lentísima, casi a cero por hora, a la velocidad de una babosa.
En los pueblos como Sunchales, los viernes y los sábados a la noche existía una práctica socio-vehicular que consistía en pasear alrededor de la avenida céntrica, lo que se conocía como “la vuelta del perro”. Cuando me acompañaban mis amigos (solo nunca fui valiente), una de las máximas diversiones era poner el Citroën en punto muerto y hacer que todos los autos que venían atrás se pararan, porque ni siquiera en primera podían ir tan despacio.
Pero tal vez esa misma economía y esa misma lentitud lo volvían inepto para relacionarse con las chicas. Yo no fui un Casanova durante la adolescencia. Más bien un Casavecchia. Cada vez que me acercaba a una chica que me gustaba y con la que trataba de empezar una conversación, mi propia lengua natal (el español con algunos genes piamonteses) se volvía tan extraña como el inglés.
Pese a lo que piadosamente podríamos llamar esas dificultades expresivas, había algo en mis ojos verdes que se encargaba de buena parte del trabajo de comunicación con el sexo opuesto. De lo contrario, no podría explicar por qué una de las chicas más lindas, más ricas (factor nunca desdeñable en la región de donde vengo) y más deseadas de Humberto Primero me besó en la boca un viernes a la noche y me invitó a que fuera a visitarla a su casa el domingo siguiente.
El Citroën tenía que enfrentarse a 35 kilómetros por ruta o a 17 kilómetros por camino de tierra.
Éramos tres. Los otros dos también habían sido heridos por una flecha desviada de Cupido. Teniendo en cuenta que la velocidad máxima del 2CV es 70 kilómetros por hora, se entiende que hayamos elegido el camino que podíamos recorrer en 15 minutos.
Fue un error. Más o menos a los nueve kilómetros, empezamos a oír un ruido raro, proveniente de una parte del auto que no solía hacer ruidos. Mis conocimientos de mecánica automotriz eran (y siguen siendo) equivalentes a los de mecánica cuántica; por lo tanto, en vez de parar, seguí hasta que el Citroën emitió un suspiro similar a un estertor y decidió que ya no quería transportar a tres señoritos incapaces de percibir sus exclamaciones de agonía.
Después de una o dos horas infinitas bajo el sol, muestras gratis de lo que será la eternidad en el infierno, pasó una camioneta, conducida por alguien tan amable que no tuvo inconvenientes en volver a Sunchales y avisarle a mi madre que viniera a buscarnos.
Le escribí una carta a la chica para contarle el accidente y lo mal que me sentía por haberle fallado ese domingo. Nunca me contestó. Supongo que cuando la recibió, ya se había enamorado de alguien con un motor más potente.
Mucha más vergüenza
Tan típica como “la vuelta del perro” era la costumbre que teníamos los chicos de clase media de ir a los bailes cuando cerraban los boliches, casi a la madrugada, en busca de cuerpos menos reticentes que los de nuestras compañeras de secundario, en salones o tinglados donde alternaban bandas de cuarteto, orquestas típicas o grupos románticos.
Llegábamos y éramos recibidos como semidioses. Todas las adolescentes que se sabían excluidas de Korvu’s o Bonampack’s (apóstrofe “s”, teacher ) querían bailar con nosotros.
En uno de esos bailes, conocí a una chica cuyo nombre no recuerdo, perdón, pero sí su apellido, que me quedó en la memoria por ser igual al de un artista decorativo checoslovaco que se hizo famoso en París a fines del siglo 19 y principios del 20.
Era muy linda, más linda que el promedio de sus amigas y de mis amigas, y le encantó que la invitara a dar una vuelta en el Citroën, un sábado a la noche.
No había muchos lugares a donde ir en Sunchales a principios de la década de 1980. Las calles empezaban a repetirse enseguida. Así que decidí estacionar en un lugar estratégico de la plaza central, el más oscuro posible, para obtener lo que yo consideraba una combinación perfecta de intimidad personal e invisibilidad social.
–¿Por qué parás acá?
–Porque puedo hablar más tranquilo si no estoy manejando.
–Pero si hablaste un montón hasta recién.
Era verdad: por alguna razón que no me gustaría reducir a nada parecido a la diferencia de clases o a la dialéctica del amo y el esclavo, yo no tartamudeaba cuando estaba con ella. Disponía de todo el diccionario de la Real Academia en la punta de mi lengua.
–Hablar sí, pero besar, no –le dije y me acerqué, la abracé y traté de darle un beso en la boca que no duró tanto como hubiera querido, porque ella necesitaba los labios libres para decirme:
–Mejor vamos a un bar, ¿sí?
–No, mejor no, prefiero estar solo con vos, un rato –e intenté otra vez la misma maniobra, con un éxito considerablemente inferior. Me apartó con un gesto suave y puso una condición.
–Bueno, pero después vamos a Korvu’s.
No le respondí enseguida, aproveché la inercia de su entusiasmo por haberse atrevido a imponerme esa condición, y la besé y la acaricié hasta que volvió a apartarme con un gesto ahora más firme:
–Y... ¿qué me decís?
Nadie más que el Citroën sabe lo que le dije, aunque no hace falta recordar esas palabras para convenir que yo merecía un título bastante menos académico que el de profesor de Inglés.
Ella se bajó del auto y desapareció en la noche. Unas horas después la vi bailando sola en Korvu’s.
Coda
Parece un final de ficción, pero es verdad: mis padres vendieron el Citroën en 1987 cuando yo estaba viviendo en París, otra vez con una chica linda, inteligente e hija de padres ricos. Hicieron una transferencia internacional para pagarme un curso acelerado de francés en una academia privada, un curso tan bueno que en menos de un mes ya podía hablar y escribir en ese idioma como si fuera mi lengua natal.

