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Argentina en el quirófano

No fue enaltecedora la postal del kirchnerismo con Cristina internada. En lugar de mostrarse serio y preocupado, Boudou se pavoneó exultante, como si fuera un presidente adorado.

12 de octubre de 2013 a las 12:02 a. m.
Argentina en el quirófano

Fueron horas electrizantes. La televisión se colmó de médicos y dibujos de cráneos, hematomas y cerebros. En los titulares, la palabra “reposo” fue rápidamente reemplazada por “quirófano” y “operación”. Críticos y opositores entraron en pánico y se tildaron afirmando que la información oficial estaba mal manejada.

Decir que los informes ocultaban o mentían se convirtió en la certeza que repitieron como un mantra. Pero no había elementos que justificaran semejante afirmación.

Quizá con el tiempo se demuestre que acertaban, pero de momento carecían de fundamentos y parecía sólo otra muestra de la incontinencia cuestionadora que suele dominar a parte de la oposición y del periodismo crítico.

No se justifica afirmar que se ocultaron datos que el Estado de derecho impone revelar. Decir que debió informarse la caída que originó el hematoma podría merodear el absurdo. Salvo que el golpe cause un daño inmediatamente visible y preocupante, ningún gobierno anuncia los porrazos de sus presidentes.

Tampoco existe la información perfecta. Está claro que en dictaduras y totalitarismos, la salud de los líderes constituye un secreto inaccesible. Es difícil saber a ciencia cierta cuándo y de qué murieron Josef Stalin, Kim Il Sung o Francisco Franco.

También hay secretismo en las democracias delegativas con liderazgos hiperpersonalistas. Alcanzó niveles ridículos en el caso de las internaciones de Hugo Chávez en Cuba. También fue delirante que el exuberante líder venezolano no delegara funciones, estando en el extranjero y llevándose el cargo al quirófano, bajo anestesia total.

Nada de eso pasó en la Argentina de estos días. Aunque sea formalmente, la autoridad fue transferida al vicepresidente Amado Boudou, a pesar de que, por su desprestigio, al Gobierno le conviene ocultarlo para que la sociedad no recuerde que su designación fue una pésima decisión de la Presidenta.

Al menos en esta convalecencia de Cristina, todo indica que, si hay restricciones en la información, no sobrepasarían los niveles aceptables. Al fin de cuentas, hasta en las democracias más viejas se mezquina información que genere intranquilidad o muestre vulnerables a los gobiernos.

El pueblo estadounidense no estuvo minuciosamente al tanto de la declinación física de Franklin Roosevelt durante ese cuarto mandato que la muerte le impidió terminar. Tampoco supo inmediatamente que a Ronald Reagan los primeros síntomas del Alzheimer se le presentaron cuando todavía ocupaba el Despacho Oval. Y los franceses se enteraron tarde del cáncer que padecía François Mitterrand.

No fue enaltecedora la postal del kirchnerismo con Cristina internada. En lugar de mostrarse serio y preocupado, Boudou se pavoneó exultante como si fuera un presidente adorado, mientras funcionarios, comunicadores y dirigentes competían en pronunciar la frase más aduladora hacia la Presidenta.

Pero opositores y prensa crítica cuestionaron por demás algo a lo sumo discutible. Y fue por suponer que la convalecencia de Cristina puede modificar dramáticamente el escenario político.

Sobre lágrimas

Sucede que un sino trágico recorre la historia del peronismo. Siempre que está en el poder protagoniza escenas cargadas de dramatismo. La tortuosa enfermedad que consumió a Evita; los asesinatos entre peronistas cuando el general volvió del exilio y la muerte del propio Juan Domingo Perón cuando estaba nuevamente en el poder.

Al entremés telenovelesco de Carlos Menem echando escandalosamente a su esposa de Olivos le siguió la trágica muerte del hijo cuando piloteaba un helicóptero. Y como si fuera un estigma del que no pueden librarse los gobiernos justicialistas, Néstor Kirchner murió de manera sorpresiva, en el primer mandato de su mujer.

Quizá fueron aquellas postales las que hicieron correr un frío por la espalda del país cuando Cristina entró en el quirófano. El problema no era grave, pero durante tensas horas, para muchos en el oficialismo y la oposición, fue inevitable temer que no pudiera continuar gobernando. Y hubo pánico en las dos veredas.

En el oficialismo, por ser una estructura verticalista que, sin la jefatura unipersonal, puede desintegrarse en luchas de facciones. Mientras que, en la oposición, por haber aprendido que cada drama shakesperiano del peronismo contiene presagios inquietantes y provoca oleajes emocionales, que los regisseurs de la propaganda kirchnerista saben convertir en victorias electorales. Ocurre que el peronismo es fuertemente emocional y, en eso, el kirchnerismo es artísticamente peronista.

Lo prueba la postal que inició la construcción de la monumental victoria de 2011. Hasta la muerte de Kirchner, el oficialismo no tenía asegurado el triunfo. Pero la escena del féretro y la viuda que lo acompañó durante horas interminables empezó a dirigir la marea emocional en una dirección precisa.

Si el cajón hubiera estado abierto, como debe ser en las capillas ardientes, el protagonista de la escena habría sido el cadáver. Pero al estar cerrado, dejaba la centralidad a la protagonista visible.

La mirada convergente de los argentinos se enfocó en la mujer que, hasta ese momento, había compartido el centro de la escena con el marido, cuya imagen política se superponía incómodamente con la suya en el escenario del poder. Pero a partir de la capilla ardiente con féretro cerrado, Cristina supo ocupar y retener la centralidad que terminó llevándola al triunfo apoteótico.

Quizás habría ganado igual, debido a aciertos propios y al patético desempeño de una oposición atomizada y negligente. Pero aquella escena monumentalizó su imagen.

En definitiva, contenía el dramatismo generador de las mareas de emoción que tan hábilmente navega el peronismo.