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Alemania le ganó al racismo

En sincronía con la afluencia de millones de trabajadores extranjeros, se logró que la inmensa mayoría de niños y jóvenes aprendiera que no existen razas superiores. Juan F. Marguch.

03 de julio de 2010 a las 12:01 a. m.
Juan F. Marguch (Periodista)
Alemania le ganó al racismo

Ya en 1544, Martin Lutero sostenía que "para barrer con toda la blasfema doctrina de los judíos, es cosa útil quemar todas sus sinagogas".

Aportes más consistentes al desarrollo del antisemitismo y ultranacionalismo alemán hicieron, a su turno, Johann Gottlieb Fichte (1762/1814), autor de Discurso a la nación alemana , una asfixiante apología de la autosuficiencia teutónica; el británico nacionalizado alemán Houston Stewart Chamberlain (1855/1927), que en su obra Los fundamentos del siglo XIX diseminó alucinaciones seudocientíficas que, a su juicio, demostraban la superioridad de la raza aria alemana (curiosamente, los arios puros proceden de los actuales territorios de Irán, Irak y la India); su suegro, el célebre Richard Wagner (1813/1883), aportó un grotesco matiz musical al antisemitismo cuando afirmó que "nuestras orejas son particularmente heridas por los sonidos agudos, sibilantes y estridentes del idioma hebreo, que utiliza palabras y construye frases contrarias al espíritu de nuestra lengua nacional". Los prejuicios son hijos dilectos de la estupidez.

La culminación de la teorización del hipertrofiado racismo alemán llegó a su cenit en 1934, cuando Alfred Rosenberg (1893, ahorcado en Nuremberg en 1946), publicó El mito del siglo XX , en el que sostenía que los negros, los judíos y demás pueblos semitas están en el nivel más bajo de la escala humana; pero Adolf Hitler, en sus Conversaciones de sobremesa , rechazó sus teorías por considerar que tenían bases científicas endebles.

En cambio, Heinrich Himmler, jefe de las tenebrosas SS, las hizo suyas como una especie de evangelio del Tercer Reich. Sometió a su pueblo a un proceso de arianización forzada, instaurando algo así como un "Manual del perfecto ario", que imponía 74 mediciones del cráneo, estatura, estructura del pecho, brazos y piernas, estudios de los colores de la piel, los ojos y los cabellos.

Paradójicamente, él mismo era una refutación viviente de esas pautas: esmirriado, de rostro ratonil y miope, pero con el ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, paticorto, rengo y con pabellones de orejas antiarios, constituyeron la pareja del Apocalipsis.

Ambos dieron el mayor impulso a la "solución final", uno de los cuatro mayores programas de genocidio aplicados en el siglo 20; los otros tres fueron las "purgas" y el Archipiélago Gulag, creaciones de Josif Vissarionovich Stalin; los 10 millones de muertos de hambre en el catastrófico experimento del "Gran Salto Adelante" (1958/59) y los ocho millones de asesinados e instigados al suicidio por los Guardias Rojos durante la "Revolución Cultural" (1966/1976), ambas iniciativas de Mao Zedong, y los campos de exterminio de Pol Pot en Camboya (1975/ 1979).

Seis millones. La "solución final" alemana culminó con el asesinato de seis millones de judíos y de 500 mil gitanos; a ellos se sumaron 75 mil niños con síndrome de Down y millares de adultos subnormales, cuya mera existencia, aunque eran alemanes y arios por sus cuatro costados, rubios y dolicocéfalos, configuraba un agravio intolerable para la pureza racial.

La ominosa bandera del racismo nazi fue recogida por los fascistas franceses, cuyo líder, Jean Marie Le Pen, que había ganado sus laureles como torturador y asesino de patriotas argelinos durante la rebelión del pueblo nordafricano, que logró su independencia (1954/1962), condenó al equipo de Francia que en 1998 se consagró campeón Mundial de Fútbol porque "está lleno de negros que no saben cantar La Marsellesa. "¿Cómo pueden ser llamados franceses esos negros?", se interrogó.

Su hija, Marine Le Pen, vicepresidenta del ultraderechista partido del Front National (Frente Nacional, FN), ha tomado el relevo generacional y condenó al seleccionado que sucumbió en Sudáfrica llamándolo "Francafrique", porque estaba integrado, entre franceses puros, por los "siete magníficos": Djibril Cisse, Abou Diaby, Alou Diarra, Patrice Evra, Sidney Govou, Steve Mandanda y Bacary Sagna, acompañados en su frustrante excursión por Abidal, Anelka, Clichy, Gallas, Henry y Malouda, todos negros o cobrizos, todos descendientes de esclavos africanos.

Abidal dio una explicación perfecta del porqué del silencio de los negros durante la ejecución de La Marsellesa. Dijo que se enorgullecía de ser francés, pero que simplemente no se sentía representado "por lo que dice el himno, que tiene un marcado tono colonialista".

No debe olvidarse que el conde francés Joseph Arthur de Gobineau (1816/1882) ya había dado un vigoroso impulso al racismo y en especial al antisemitismo en su obra Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1853/1855), en el que sostenía la indemostrable teoría de que la raza germana, asentada en Gran Bretaña, Francia y Bélgica, es "la única raza pura de entre aquéllas que proceden de la raza superior de los arios, por estar las demás más mezcladas con las razas negra y amarilla".

A 150 años de su publicación, su lectura produce tedio y produciría también sarcasmos e hilaridad, si se olvidara que efectos nefastos de sus dislates fueron los campos de concentración y exterminio.

Otra actitud. Muy distinta ha sido la actitud que adoptó Alemania en la segunda posguerra, respecto del racismo y el ultranacionalismo: dos generaciones de germanos fueron educadas en la refutación de las teorías racistas y en la condena de la barbarie nazi. Y en sincronía con la afluencia de millones de trabajadores extranjeros, que realizaron los trabajos más pesados e insalubres durante el proceso de recuperación de la devastada Alemania, se logró que la inmensa mayoría de niños, adolescentes y jóvenes aprendiera que no existen razas superiores.

Esto fue confirmado plenamente en el año 2000, cuando J. Craig Venter y Francis Collins completaron el mapa del genoma humano: todos los seres humanos pertenecían a una misma especie.

La confraternización plurinacional en los campos de deportes de los institutos educacionales hizo el resto. Ese "resto" es la selección de fútbol alemana.

Nunca en la historia de la nación centroeuropea se ha dado un encuentro de nacionalidades tan grande. Sus integrantes son en gran parte descendientes de los inmigrantes de la década de 1950.

Quizá el símbolo de esa integración sea uno de los spots más conmovedores de la televisión alemana, que se difunde desde hace dos años: muestra a varias personas de distintos orígenes reunidos en una fiesta en un jardín. De pronto, una mujer sale de la casa y exclama: "Vengan, vengan, nuestros muchachos están en la tele". Se escucha como música de fondo el himno nacional alemán y la cámara hace un paneo por la selección germana; en ella, codo a codo, los descendientes de inmigrantes turcos, polacos, africanos.

En una excelente nota publicada en el Corriere della Sera , Gian Antonio Stella incluye una expresiva relación de la multinacionalidad de la selección blanca, que reúne a los alemanes hijos de polacos Miroslav Klose, Lukas Podolski y Piotr Trochoswski; al hijo de españoles Mario Gómez y el hijo de bosnios Marko Marin; a tres nacionalizados: el brasileño Cacau, el nigeriano Dennos Aogo y el ghaniano Jerome Boateng; al hijo de tunecinos Sami Khedira y a los hijos de turcos Serdar Tasci y Mesut Özil, el fantástico número 8, de 20 años, a quien se considera la futura gran estrella del fútbol alemán en la próxima década.

Sea cual fuere su posición final en Sudáfrica, Alemania ya obtuvo una noble victoria.