Administrar justicia
El decálogo bíblico del libro del Éxodo, a pesar de sus más de tres mil años, puede enseñarnos mucho hoy.
La comunidad cristiana, mientras transita el camino cuaresmal, tiene como trasfondo la experiencia liberadora del Éxodo del pueblo de Israel, una experiencia de pascua, pero también de encuentro con la alianza y sus condiciones, las 10 palabras que hacen de este pueblo un pueblo sabio. Claro que no basta tener los mandamientos: es necesario vivirlos. En este marco, es notable que ya en el libro del Éxodo, después de proponerse la ley, también se proponen las condiciones de la administración de justicia.Para la cultura bíblica, "justicia" es la rectitud moral, la imitación de la justicia de Dios, la conformidad con su ley. El Libro de la Sabiduría llama "justos" a los patriarcas que obedecieron a Dios (Noé, Abraham, Lot, Jacob, José). También a los judíos del tiempo de Moisés que se opusieron al intento de los pecadores o que no obraron como ellos.Pero la justicia es, ante todo, la virtud del juez que dicta sentencias equitativas y rechaza toda acepción de personas, sin dejarse impresionar por los ricos y los poderosos.El juez íntegro es aquel que pronuncia su veredicto según "el derecho y la justicia" (expresión preferida por los profetas). Este servicio de juez estuvo primeramente, en la historia bíblica, en manos del padre o del cabeza de la familia; luego, de Moisés.Este último fue quien comprendió que de la administración de justicia depende el bienestar del pueblo y, gracias al consejo de su suegro, que los conflictos en una comunidad son múltiples y que debía dejarse ayudar reconociendo que administrarla necesita de diversas instancias. Es insensato y mezquino no aceptar ayuda.Esta preocupación por la justa administración se observa ya en el capítulo 23 del libro del Éxodo y supone aspectos más concretos de los que imaginaríamos.Las primeras indicaciones para que no se corrompa la justicia dicen: no levantarás falsos rumores; no te asocies con el culpable para testimoniar a favor de una injusticia; no seguirás a los poderosos para hacer el mal; no declararás en un proceso siguiendo a los poderosos y violando el derecho; no favorecerás al pobre en su causa; vale decir, no tendrás favoritismos.Luego, y especialmente en defensa del pobre, dirá: no violarás el derecho del pobre en su causa; aléjate de causas falsas, no harás morir al justo ni al inocente; no aceptarás soborno; no vejarás al emigrante.Notable decálogo que permitirá vivir en la sabiduría del decálogo y que inspira a profetas como Amós a denunciar las grandes injusticias que se cometen en este campo.Notable decálogo que, pese a sus más de tres mil años, puede enseñarnos mucho hoy.Fuera de este ámbito, la palabra justicia casi no es utilizada para nombrar el respeto a la propiedad, a la vida o a los derechos ajenos. Si estos derechos de justicia –en el sentido ulterior del término– son expuestos en la legislación bíblica, más bien aparecen propuestos en relación con la misericordia, que no sólo es conmiseración o bondad, sino lealtad y amor. Esta actitud hacia los demás no está prescripta en razón del respeto que merece el valor intrínseco del hombre, sino en consideración de los derechos de Dios hacia él.En definitiva, no hay democracia sin orden jurídico y no hay orden jurídico sin funcionarios idóneos, íntegros, independientes y capaces de jugarse por la verdad, la libertad y la justicia.
*Obispo católico, miembro del Comipaz

