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30 años después, Estado y partido

Esa democracia republicana restaurada en 1983 fue perdiendo terreno, sobre todo en lo que concierne a los valores, como el pluralismo. Julio César Moreno.

08 de septiembre de 2012 a las 12:01 a. m.
Julio César Moreno (Periodista)
30 años después, Estado y partido

El año próximo van a cumplirse tres décadas de la restauración de la democracia en la Argentina, y se aproxima entonces un tiempo de evocaciones y balances. Aquel 30 de octubre de 1983, cuando Raúl Alfonsín fue elegido presidente, adquiere con el paso de los años un significado cada vez más fuerte. Pero, además, en 1983 se recuperaron los valores republicanos y la idea del Estado de derecho, del pluralismo y el disenso.Esa democracia republicana o liberal afianzó la idea de la rotación de diferentes partidos en el gobierno, cosa que en efecto ocurrió, porque del radicalismo alfonsinista se pasó al peronismo menemista y, tras el interinato de Fernando de la Rúa, se pasó a un nuevo peronismo, el llamado kirchnerismo, muy poco peronista y que reconoce dos etapas: la de Néstor Kirchner y la de Cristina Fernández. Ambas se diferencian en muchas cosas, pese a seguir un mismo rumbo.Esa democracia republicana restaurada en 1983 fue perdiendo terreno, sobre todo en lo que concierne a los valores, como el pluralismo y un verdadero sistema de partidos, y ha quedado reducida al sufragio, al voto popular como fuente de poder político, pero que es controlado y manipulado por el Estado.El historiador Luis Alberto Romero, en el curso de una reciente entrevista periodística, dijo que en nuestro país "el gobierno toma el lugar del partido; no es el partido el que promueve la elección".Dijo también que "nadie sabe lo que es el Partido Justicialista, que no tiene sede, por ejemplo". Las decisiones políticas las toma el Gobierno nacional, que hasta designa los candidatos a gobernadores y legisladores.Este reemplazo del partido por el gobierno es casi una innovación política. Radicales y conservadores tenían poderosas máquinas político-partidarias que elegían los candidatos y eran los sostenes de gobierno. Incluso Juan Domingo Perón hizo del Partido Justicialista su principal instrumento de gobierno, en alianza con la "columna vertebral" del movimiento: los sindicatos.Y esta primacía del gobierno sobre el partido abre muchos interrogantes, ya que implica una gran distorsión del sistema democrático-republicano.Si las grandes decisiones se adoptan en la Casa Rosada, en desmedro no sólo del partido de gobierno –que no existe en los hechos– sino también de todos los partidos de la oposición, estamos ante la presencia de una democracia autoritaria, plebiscitaria y estatalista que se aleja mucho de los valores consagrados en 1983. Y si además se utilizan todos los recursos del Estado para acumular poder político y con la idea de permanecer indefinidamente en el gobierno, con una hipotética reelección presidencial que requeriría de una forzada reforma de la Constitución, entonces el camino se hace más incierto todavía.Hay fenómenos nuevos, por otra parte, como la creciente influencia de grupos como La Cámpora, Vatayón Militante, las milicias populares de Tupac Amaru en el norte del país o los Dragones en el sur.Estos grupos están enquistados en el Gobierno. Entran en las cárceles y escuelas como Pedro por su casa, por lo general con la pasividad o con el apoyo del Estado. Nadie conoce bien sus ideologías, quizá porque no las tengan o estas sean difusas e imprecisas.Algunos militantes de La Cámpora reivindican la tradición montonera, pero ninguno quiere repetir la lucha armada y todos se vuelcan a una política de ocupación del poder a través del Estado. Han quedado, pues, muchas deudas pendientes a lo largo de estos casi 30 años de democracia y se han abierto incógnitas que sólo develará el tiempo.