Una incursión a la inmundicia
Al transitar por estos precarios lugares dedicados a la explotación sexual, queda la inquietud sobre qué motiva a un hombre a buscar sexo en estas condiciones. Francisco Guillermo Panero.
Hace pocas semanas tuve oportunidad de ingresar a un allanamiento tras el cual se clausuró un prostíbulo cerca de la Terminal de Ómnibus de Córdoba. La acción de los uniformados estaba finalizando pero aún se encontraban allí algunos testigos –humanos y materiales– de la escena que a diario se desarrolla en estos locales de expendio de sexo. Una antigua casona había sido destinada a este fin. Las prostitutas, dos de ellas extranjeras, dialogaban animadamente con la psicóloga policial y una policía, mientras en otra habitación la madama trataba de ser convincente sobre su falta de memoria cuando le preguntaban por el responsable del lugar.Algo apartado, cabizbajo, un hombre evitaba las miradas ajenas mientras sufría la espera de estar demorado por haber sido sorprendido en plena acción con una de las chicas. El cliente ya estaba vestido, aunque seguía nervioso.Pero el "establecimiento" decía más que lo que hablaban las personas, que sólo pronunciaban frases de ocasión. Una recorrida por los diferentes ámbitos podía dar buena idea de cómo se había estado desarrollando la actividad.Tres habitaciones o recintos, una sin cerramiento, servían de "nidito de amor" para las chicas y los clientes. El estadio del sexo se completaba con dos baños precarios, una cocina-depósito y una antesala, a modo de recepción.En las habitaciones, las camas apenas si servían para apoyar grandes trozos de goma espuma cubiertos con sábanas tan acartonadas como percudidas. La iluminación era especial: los veladores no eran más que portalámparas con cables pelados.Lo más llamativo, infaltable en cada recinto, el tacho de basura a cielo abierto con montones de preservativos (usados), mezclados con bollos de papel utilizados tras las sesiones íntimas.En la habitación que no tenía cerramiento –daba a un pasillo por donde pasaba todo el mundo– había una tapa de cámara séptica casi al descubierto de donde emanaban hedores fétidos. Con líquido visible, estaba bajo la "mesa de luz" y al lado de la cama.La cocina, todo un desorden, sólo servía para el expendio de bebidas.Los baños no eran precisamente sanitarios. Además de la falta elemental de higiene y los fluidos que se vertían, se destacaban lienzos húmedos que hacían las veces de toallas. Esos paños eran usados por las chicas y los clientes tras el servicio. Sensaciones. Difícil es recorrer un lugar así sin haber generado un cambio interior. Las sensaciones disparadas tras la recorrida por este templo del sexo son innumerables. Entre ellas, la inquietud sobre qué motivaciones llevan a un hombre a buscar sexo en medio de semejantes incentivos. Cuesta creer que ese territorio escabroso inspire erotismo. Más que satisfacción de deseo, parece una descarga. Pero hay otra reflexión, inevitable, al transitar por estos lugares. Independientemente de lo que busquen los clientes, es penoso comprobar lo que soportan quienes trabajan en ese ámbito. Acaso un signo más de la consideración que tienen por ellas quienes las explotan. Un rasgo más de esta ancestral profesión y moderna forma de esclavitud.

