Se cansó de pedir que traten a su hijo, hoy preso por robo
Relato de la madre de un joven que participó en lo que sería un violento "narcorrobo".
Madrugada del viernes 6 de agosto, 1.20 de la madrugada. En un domicilio de la primera sección de barrio José Ignacio Díaz, en la ciudad de Córdoba, el caos es el denominador común. Son pocos minutos de puro vértigo. Cuatro muchachos encapuchados se meten en la casa y exhibiendo revólveres apuntan hacia los tres hombres de 40 a 55 años allí reunidos. Los gritos apurados retumban en el ambiente. De pronto, mientras un par de los muchachos se abalanza sobre los objetos que había en una mesa, se escuchan uno, dos, tres y hasta más detonaciones. Los encapuchados, desesperados, sin un rumbo fijo, ganan la calle y pronto se dividen. En la casa, en tanto, dos de los hombres descubren balazos en sus brazos, mientras que al otro le sangra una herida en la cabeza, producto de un fuerte culatazo.
A las pocas cuadras, las sirenas de las patrullas se cierran sobre un muchacho que no puede correr más. Ya no lleva pasamontañas, pero tiene los bolsillos llenos de bolsitas de nailon y pastillas. Cocaína y ansiolíticos, un combo que lo tiene prisionero desde hace muchos años. En un descuido de los uniformados que le apuntan, él busca un blíster y se llena la boca de unas cápsulas anaranjadas. "!Pará, pibe! ¿Qué haces? Te vas a matar", trata de contenerlo uno de los policías.
¿De dónde sacó la droga? ¿Eso fue lo que robó de la casa donde hubo tiros? "Hay indicios que nos permiten pensar en esa dirección, pero cuando llegamos a la casa no había nada raro", se sinceró una alta fuente policial.
A esa hora, la madre del joven, que ya está camino a un calabozo helado, no puede dormir. Da vueltas sobre la cama y vuelve una y otra vez al reloj. "¿Dónde está?", se retuerce. Esa noche habían discutido. En realidad, casi todos los días reñían. Es que él desde hace años es otra persona cuando la dependencia a las drogas no lo deja pensar por sí mismo.
"Dame plata, má", le pidió casi en tono imperativo. "No querido, yo sé que vas a ir por esa porquería, no te voy a dar nada", trató de endurecerse ella. No importa, fue lo último que le dijo. "Dejá, yo me las voy a arreglar". Tomó su campera y desapareció.
Angustia. Ahora, la madre no puede pegar un ojo. "¿Por qué no vuelve?". Sabe, desde hace mucho tiempo, que un día la van a llamar por teléfono para decirle lo peor. Pero no quiere que ese momento llegue, así que se adelanta y toma el tubo. Desde la comisaría del barrio le dicen que sí, que allí lo tienen, que casi mata a dos personas. Su niño, otra vez en problemas. "Por suerte está vivo", suspira ella. Y enseguida piensa, ¿hasta cuándo?
Miércoles 11 de agosto, 13.30. Los puños cerrados, la mirada cansada, los ojos tristes. La mujer (su nombre no se revela por su pedido, para no comprometer a sus otros hijos) piensa que hoy debería ser un día alegre. Es el vigésimo cumpleaños de su niño, ahora preso en Bouwer y con destino incierto. En la Fiscalía de Distrito 2 Turno 6, a cargo de María Antonia De la Rúa, se investiga qué pasó esa noche en José Ignacio Díaz.
La pesquisa se abrió tras el informe policial -y no por denuncia de las víctimas-, aunque desde la fiscalía se aclaró que las víctimas del asalto no han sido investigadas. El resto permanece bajo secreto de sumario, aunque trascendió que la fiscal iba a ordenar una pericia psicológica para el joven detenido, con el fin de evaluar si es necesario una internación terapéutica.
Pedido de auxilio. Se trata de un viejo pedido de su madre, que desde hace más de un año viene reclamando que alguien la ayude a recuperar a su hijo, insistencia que ha sido reflejada en las páginas de este diario en sucesivas notas. En su cumpleaños pasado, tampoco hubo torta ni sonrisas. Aquella vez, el joven estaba tirado en una cama del Instituto Provincial de Alcoholismo y Drogadicción (Ipad), luego de que la mujer le pidiera, por favor, al comisario de su barrio que lo detuviera para que fuera judicializado y así obligado a ingresar en un tratamiento.
El derrotero fue más largo. Del Ipad el joven egresó enojado. "Sólo le daban pastillas para doparlo, pero no lo trataron", denuncia la madre. La mujer vendió un auto y con ese dinero lo internó en un instituto privado, con menos pacientes y una atención más cercana. Pero no pudo sostenerlo. La plata se acabó a los pocos meses y debió interrumpir el tratamiento.
De vuelta al barrio, el muchacho siguió siendo un hijo de la calle, sin trabajo estable, sin estudiar y rodeado de jóvenes sin el mismo horizonte que él. Las peleas con los policías se tornaron frecuentes.
"Tienen a los chicos del barrio apuntados, los paran por cualquier cosa y eso a los pibes les da más bronca", resalta la mujer. Y vuelve a denunciar. Dice que en los últimos días se acercó un conocido que le aseguró que en la cuadra donde se produjo la balacera hay varios puntos de venta de droga. Y que frente a ellos suele estacionar una camioneta del Comando de Acción Preventiva (CAP), de la Policía provincial.
Hace unos meses, la mujer ideó un hogar para tratar a chicos adictos vulnerables. Contención y educación con salida laborar son los pilares del proyecto, que presentó a distintos legisladores que, aunque les pareció una buena intención, nunca avanzaron para su aprobación.
Hoy, no baja los brazos. "Estoy buscando alguna cárcel para mi hijo, donde tengan un tratamiento de rehabilitación. No sé hasta cuándo voy a aguantar. Duele mucho estar tan sola ante tanta indiferencia por un problema social", concluye mientras piensa qué va a ser de su hijo.

