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Niños en las tinieblas

Los asesinatos de los pequeños Candela (11) y Tomás (9) estremecieron al país. Primero desaparecieron y, después de una angustiosa espera, los encontraron muertos. Por Alejandro Mareco.

21 de diciembre de 2011 a las 10:50 a. m.
Niños en las tinieblas

Cada pequeña luz que apagamos jamás volverá a encenderse. Son estrellas irrecuperables para nuestro firmamento humano y en cada estremecimiento, en cada lágrima, se nos va de a gotas la esencia de agua y sal de la que estamos hechos.

Esas pequeñas luces son los niños que, en un tenebroso golpe asesino, son arrebatados con violencia del escenario de la vida, de este mundo mágico al que sólo llegan los señalados por un rayo misterioso.

Cuando nosotros éramos niños, nada nos espantaba más que imaginar un destino así.

¡Ay, qué cosas terribles nos podían llegar a pasar a los pequeños!, sentíamos. ¿Acaso podía haber un temor peor que ése, que nos dejaba con los ojos abiertos frente al todo o la nada de la oscuridad?

Sí, había uno peor, y lo aprendimos después: que cosas así pudieran ocurrirles a nuestros hijos.

Cada vez que la muerte de un niño sucede así, el corazón se vuelve un jirón del alma. Nos está pasando a menudo; cada año nos sobrecogemos con uno u otro capítulo de la más tenebrosa sinrazón. Para más dolor, suele suceder que hay que atravesar las horas de agonía que marca el reloj de los malos presagios.

Historias parecidas. El cuerpo de Candela Sol Rodríguez fue encontrado el 31 de agosto, nueve días después de que desapareciera de su casa de Hurlingham, en el conurbano bonaerense.

Un cartonero vio su mano que sobresalía de una bolsa en un descampado a tres kilómetros de su casa.

Candela Sol era una pequeña llamada a vivir en esta Tierra con el mismísimo nombre de la luz. Pero terminó siendo la prenda de cambio acaso de delirios de revanchas de seres retorcidos. Para más, después se sabría que media hora antes de ser asfixiada, Candela fue ultrajada. El horror, entonces, no tuvo límites. Poco más de dos meses después, fueron los ojos del pequeño Tomás Santillán los que nos miraron del otro lado de la perpetuidad vital atrapada en una foto.

Había desaparecido el 15 de noviembre y dos días después su cuerpecito de apenas 9 años fue encontrado muerto de un golpe en la cabeza.

Las sospechas apuntaron al hombre que fue ex pareja de su madre, hombre que fue capaz de confesar que odiaba al chico, pero negó el crimen.

El destino trágico unió las historias de ambos niños, cada una de las cuales sumó su porción de estupor para un inmenso estupor que aún aplasta.

Se parecen en sus sueños infantiles, arrebatados por manos de inclasificable perversión, aunque sus mundos argentinos no eran lo mismo: ella crecía en medio de la sordidez de la asfixiante urbanidad bonaerense, entre asaltantes, vendedores de drogas, informantes de la Policía y hasta quienes veían en su temprana belleza una futura manera de rascar dinero; él, en una ciudad chica como Lincoln, en la que parece posible que un pibe de 9 años camine solo 15 cuadras de casa a la escuela y de la escuela a casa.

De uno u otro modo, los dos pagaron con sus vidas únicas y luminosas la locura, los odios inconfesables de adultos al acecho de la inocencia.

Una turbia condición. Los casos de Candela y Tomás latieron fuerte en los medios de comunicación y representaron casi el humor excluyente de los canales de noticias y noticieros televisivos de esos días.

Por un lado, tanto interés quizá tuvo que ver con la eterna seducción del misterio y, por el de la actualidad, el tremendo e insondable submundo que pudo haber caído encima de dos niños. Es posible que la obsesión mediática en estos temas tenga más que ver con eso que con otras intenciones, como la del mero morbo.

Pero la conmoción de la sociedad, sin duda alguna es de buena madera. No fueron los únicos chicos en las tinieblas este año. Micaela Galle, de 11 años, fue asesinada a finales de noviembre en la ciudad de La Plata junto a su madre su abuela y a una amiga de su madre.

El principal acusado es el novio de su madre y hay quienes aseguran que la mayor saña en la matanza se descargó sobre la nena.

Mientras tanto, hay otros tantos chicos que resultan víctimas de la tragedia social y que, en consecuencia, pierden la vida frente a tantas amenazas cotidianas que la pobreza finalmente ejecuta.

Por eso es que hay quienes sostienen que también hay algo de perverso en ocuparse tanto de un hecho tan singular, mientras otros niños mueren hacinados en pequeñas piezas hechas de intemperie y fuego, acorralados por el hambre de tantos días yermos, despojados de un miserable estetoscopio que los escuche latir.

Pero que alguien tenga la voluntad de matar a un niño es algo que enturbia toda la condición humana. Y una pequeña luz que se apaga ya no puede ser reemplazada por otra.