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Estoy vivo gracias al cinturón

Después de escribir tantas crónicas de accidentes gravísimos, me tocó ser protagonista. Miguel Durán.

03 de enero de 2011 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Estoy vivo  gracias al cinturón

Lunes 27 de diciembre de 2010. Son las 8.30 en la ciudad de Santiago del Estero. Pobladores de las localidades de Sol de Julio y “El 9” protestan con pancartas frente a la Casa de Gobierno. Claman por la destitución del jefe comunal Miguel Orlando “Nano” Farías con pancartas que hablan de corrupción.

Los del primer pueblo no tienen agua potable, beben salitre; los de “El 9”, están peor, no tienen ni agua ni energía eléctrica. Pedro saca fotos, yo levanto testimonios. Completada la primera parte del informe periodístico buscamos nuestro próximo destino: las dos poblaciones que limitan con el norte de la provincia de Córdoba.

De todo en la ruta. Osvaldo arranca el Citroën C-3 y a las 10.15 estamos de nuevo en la ruta 9. A poco más de una hora de viaje la ruta se torna un infierno. Los animales aparecen de todos lados. Los  cabritos parecen plaga. Hay ovejas, burros y caballos. Vacas, terneros y toros, y hasta las tortugas cruzan de un lado a otro como si la ruta fuera parte de su hábitat.

Atravesar ese zoológico interminable es una odisea. No hay un pastor, ni un arriero, y de policías ni hablemos. Por instantes, Osvaldo tiene que conducir en zigzag a paso de hombre.

Los bocinazos encuentran respuestas distintas. Un toro negro que intenta cruzar se frena, pero hay cabras y caballos que reaccionan distinto.

El calor es agobiante. Los chicos que tienen las víboras enroscadas en sus cuerpos, los que levantan las tortugas, han desaparecido. Los pibes que venden cactus dejaron los tarros a un costado y en los puestos de artesanías flamean ponchos y colchas sin que a simple vista nadie se ocupe en cuidarlos.

A tres o cuatro metros de la ruta, un perro come las entrañas de una vaca que seguramente fue atropellada por algún camión, mientras las aves de rapiña sobrevuelan para arrebatarle la comida.

A unos 20 kilómetros de Loreto, a la derecha, una Estanciera con gruesas sogas intenta sacar del fondo del terraplén un auto rojo cubierto de agua y barro. La maniobra de salvataje es observada por una patrulla policial.

Cada vez aparecen más cabras. De pronto, el auto muerde la banquina de ripio. Osvaldo da el volantazo, el auto derrapa, se torna incontrolable. Otro volantazo, tocamos la banquina opuesta y el C-3 parece volar.

“Aterrizamos” con el techo, escucho un ruido espantoso, indescriptible. Y a medida que se repiten dos o tres tumbos, se ven volar pedazos de chapa. Ante de que se detenga esa “rodada” interminable, siento la sangre caliente que me corre por el rostro. Creo que pegué un alarido antes de que todo terminara. Nunca cerré los ojos, no perdí el conocimiento.

Después de escribir tantas crónicas de accidentes gravísimos, me tocó ser protagonista. Me cuesta terminar la nota, me duele demasiado el brazo derecho.

Pero a pesar del dolor de los golpes, que no cesa, quise dar este testimonio para dejar un mensaje: puedo contarlo porque tenía el cinturón puesto. Y pensar que hasta que apareció la Caminera nunca lo usaba porque me sentía “prisionero”.