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La desigualdad social y el crecimiento de la violencia

¿En qué otros lugares que no sean la impotencia, la sensación de injusticia y el malestar de sentirse discriminados puede residir la violencia que hoy se ve en todas las clases sociales?

22 de julio de 2013 a las 02:00 p. m.
La desigualdad social y el crecimiento de la violencia

Hace pocos días, un conocido que aplaude todo lo que hace el Gobierno Nacional se jactaba en una red social por el crecimiento económico que tuvo la Argentina en el último año. Todo estaría bien con ese dato, de no ser que no queda muy claro cómo se distribuyó ese crecimiento, si es que distribuir resulta ser una palabra adecuada para este caso.

Nuestro país no escapa a la realidad de Latinoamérica, en cuanto a que nos encontramos en la región continental con la mayor desigualdad en la distribución de riquezas de todo el mundo, dato corroborado por el Informe de Desarrollo Humano 2013. Esa desigualdad no sólo deriva en el sostenimiento de la pobreza, sino también en la desazón de aquellos que se esfuerzan por salir, pero que, al no lograrlo, terminan por rebelarse y expresan su malestar, ya no con revoluciones masivas, sino con preocupantes expresiones individuales, fruto de años de imposición de una cultura egoísta en la que resulta cómodo esquivar al prójimo y, cuando no queda otra que ser solidarios, conviene hacerlo con desconocidos.

En lo que concierne a la temática de esta columna, la inseguridad, permítame decirle está directamente relacionada con la mala distribución de la riqueza.

¿En qué otros lugares que no sean la impotencia, la sensación de injusticia y el malestar de sentirse discriminados puede residir la violencia que hoy se ve en todas partes, desde la extrema que ejercen los delincuentes armados, a la íntima, doméstica y familiar que muestra a chicos, mujeres y hasta esposos golpeados, heridos y, en el peor de los casos, asesinados?

¿Cómo se explica el crecimiento de homicidios en lo que hemos denominado violencia urbana y que comprende los casos de baleados, apuñalados y golpeados en los que la víctima y él o los victimarios tenían una relación previa?

¿Cómo es posible que un simple juego, como un partido de fútbol enmarcado dentro de las reglas de un torneo de liga, termine con un chico (Cristian Monti) en coma?

Con este ejemplo queda claro que no se trata de un fenómeno que afecta sólo a pobres e indigentes. Se trata de algo que avanza sobre todas las clases sociales, en especial aquella que comprende a los trabajadores que ven sus ingresos diezmados por la inflación y por una cada vez más pesada carga impositiva, que va desde los tremendos porcentajes que se descuentan de sus salarios (en conceptos de ganancias, jubilación y otros) a las tasas que paga cada vez que consume servicios, carga combustible, compra comida o vestimenta, pasando por la presión tributaria de los gobiernos nacionales, provinciales y municipales sobre sus pertenencias.

Vuelvo al principio para preguntar ¿Quién se beneficia con el crecimiento económico de nuestros países? Brasil crece, pero la gente manifiesta su disconformidad en las calles y estalla cuando le hablan de un aumento de 20 centavos en el transporte. la Argentina crece, pero eso no les llega a los asalariados.

En la década de 1990 la desigualdad creció de la mano del neoliberalismo, que imponía tremendas ganancias a empresarios en desmedro de los ingresos de los trabajadores. En los primeros años de este siglo, quienes parecen quedarse con la mayor parte de la torta son algunos altos funcionarios y sus amigos devenidos en contratistas de obras públicas, quienes exprimen el jugo del Estado con la aplicación de un esquema en el que la corrupción ya superó hasta los límites de la vergüenza.

Así las cosas, resulta imperativo y urgente poner un freno a la desigualdad social, porque es el caldo de cultivo de una violencia que no detiene su crecimiento.