Toda contradicción es política
El conflicto planteado en torno a Mario Vargas Llosa puso en primer plano las tensiones actuales del campo cultural argentino. Carlos Schilling.
El conflicto planteado en torno a Mario Vargas Llosa puso en primer plano las tensiones actuales del campo cultural argentino. Más allá de la decisiva intervención de la Presidenta, es interesante reflexionar sobre la lógica con la que actuaron los intelectuales que firmaron la solicitada, apuntando a que hubo una intención aviesa de los organizadores al elegir al Premio Nobel para que pronuncie el discurso inaugural de la Feria del Libro de Buenos Aires. El componente paranoico de esa reacción no es tan relevante como los argumentos para presentarla como una postura tendiente a defender "los valores democráticos del pueblo argentino". Por lo menos resulta curioso que, en nombre de esos valores, se exija el silencio de un escritor que no se caracteriza por callar sus ideas. La operación de transformar las opiniones de un adversario ideológico en meras expresiones de intereses imperialistas parece inspirada en un manual de autoayuda para militantes como para tomarla en serio.La verdadera paradoja es que muchos de los intelectuales que firman la solicitada sostienen en sus escritos que es imposible trazar una división neta entre política y literatura. En ese sentido, las afirmaciones del director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, en contra del escritor peruano, suenan especialmente contradictorias. Argumentó que la ideología de Vargas Llosa lo invalida para ocupar la tribuna de la Feria, un lugar que debería permanecer ajeno a las antinomias. González resaltó la obra literaria del peruano, pero señala que dadas las circunstancias no es conveniente que un neoliberal tome la palabra.Voluntaria o involuntariamente, González estaba diciendo que hay lugares sagrados donde la política tiene el acceso prohibido. ¿Por qué? ¿La originalidad del kirchnerismo no reside precisamente en devolverles la dimensión política a zonas de la realidad nacional de donde parecía erradicada, como el campo y los medios de comunicación? No obstante, el año pasado, cuando un grupo de manifestantes irrumpió en la presentación del libro de Gustavo Noriega, Indek. Historia íntima de una estafa , no se escucharon las mismas voces purificadoras.Los intelectuales indignados se atribuyeron facultades adivinatorias. Supusieron que Vargas Llosa iba a decir algo que todavía no dijo. Eso se llama "prejuicio" y parece que es un mal compartido por conservadores y progresistas. Por otro lado, al anticiparse a los hechos, ponen al escritor en una posición incómoda. Si habla de política, será condenado por sus posiciones antipopulistas, y si no habla será sospechado de ceder a las presiones de sus enemigos de izquierda.Lo cierto es que aun cuando Vargas Llosa expresara sus opiniones habituales, sin dudas es una personalidad que honra a la Feria del Libro. Lo más democrático es dejarlo decir lo que quiera, y después responderle con la misma energía que se malgastó intentando evitar que hable.

