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La tentación autoritaria como impedimento de cambios en democracia

Por Julio Bárbaro, referente histórico del peronismo y extitular del Comité Federal de Radiodifusión (Comfer) entre 2003 y 2008.

24 de mayo de 2013 a las 06:24 p. m.
Por Julio Bárbaro, para agencia DyN
La tentación autoritaria como impedimento de cambios en democracia

No logramos transitar los cambios normales de toda democracia, la tentación autoritaria se impone como impedimento.

Es como una enfermedad de nuestro exceso de personalismo. Con Alfonsín algunos intentaron el tercer movimiento histórico, con Menem el deseo de eternizarse fue tan fuerte que derrotarlo implicó olvidarlo para siempre, y ahora nos vienen con el cuento de la revolución.

Leemos dislates de afiebrados pensadores explicando que es tan profundo lo que cambiaron que se deben quedar para siempre.

Un amontonamiento de funcionarios desesperados por mantener sus beneficios justificando un sistema que ni siquiera logran explicar. Y forjaron una secta, con sus propios valores y medios bien rentados para comunicarse entre ellos. Y eso sí, fueron dogmáticos en la elección de los enemigos: el campo y los medios de comunicación, la derecha es para ellos simplemente los que se enamoran de sus consignas. Y del otro lado una mayoría que siente el miedo de que este gobierno al que no adhieren se pueda eternizar.

El peronismo sobrevivió por vertebrar la alianza entre los obreros industriales y los patrones productivos, este progresismo que nos gobierna es la expresión de todas las variantes del resentimiento sin otro contacto que los relacione con la realidad.

El peronismo contuvo siempre a todas los pensamientos vigentes en el campo nacional, el actual gobierno solo conduce a los que aplauden y obedecen los discursos y designios de la Presidenta. Si el peronismo hubiera sido un movimiento de aplaudidores ya nadie recordaría su existencia.

Perón decía que conducir es "poner voluntades en paralelo", la Presidenta a veces las sojuzga y otras las pone en cortocircuito. El kirchnerismo nunca fue ni progresista ni defensor de los derechos humanos, pero encontró en este espacio el camuflaje necesario para vestir su pragmatismo provinciano.

La vieja izquierda salió de su letargo tentada por espacios de poder marginales pero necesarios para la revitalización de sus propuestas. Y aportó sin dudar su desprecio por la democracia liberal como si alguno soñara con una burocracia edificando la dictadura del proletariado.

Diez años pasaron desde que Néstor nos sacara de la crisis económica y nos permitiera olvidarnos del dólar, desde que nombrara una corte de lujo y nos ilusionara con recuperar la justicia. Nos habían alejado de los miedos que hoy retornan, un gobierno decidido a olvidar sus propios aciertos y confrontar contra el resto de los mortales.

En el mismo momento en que decidieron "ir por todo" eligieron quedarse con nada. Perdieron el sindicalismo combativo para refugiarse en los oficialistas de profesión, votaron leyes sin ningún aliado, fracasaron tanto al medir la inflación que les resultó fácil inventar sus propias encuestas. El gobierno va a terminar su ciclo más enojado por irse del poder que ilusionado con su propio supuesto modelo. La grandeza de los que gobiernan es una virtud que solo se denota cuando se retiran, y nosotros no encontramos todavía un ejemplo de retirarse con la convicción del deber cumplido. Habrá que seguir esperando...