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El riesgo de construir fuera de la política

Está bien que haya actores sociales que con un discurso anti-K reúnan multitudes. Pero los cambios deberían ser desde la
política. Roberto Battaglino.

26 de septiembre de 2012 a las 12:01 a. m.
El riesgo de construir fuera de la política

Cuando a Raúl Alfonsín le empezaron a
 reclamar por esa democracia que no 
curaba ni daba de comer ni educaba, el peronismo estaba saliendo del trauma de ese proceso caótico y turbulento en el que había 
entrado una década antes con la muerte de su líder y fundador, y ofrecía ciertas referencias claras a la sociedad que se empezaba a desenamorar de aquel radical al que se le atribuyó la paternidad de esta era institucional en nuestra ciclotímica historia.

Cuando a Carlos Menem la convertibilidad y el proceso de transferencia al sector privado de los bienes del Estado ya no le alcanzaban para maquillar los enormes desequilibrios sociales y la inmoralidad con la que se ejercía el poder, figuras nacidas en el seno del peronismo y un radicalismo que también superaba el trauma de la caída de Alfonsín parían el Frepaso, 
primero, y la Alianza, después, para capitalizar el descontento de una sociedad que empezaba a despertar después de una década adormecida al son del uno a uno.

El kirchnerismo, con Néstor Kirchner como gran estratega, ha tenido varios méritos en el sentido del proceso de acumulación de poder, más allá de las valoraciones éticas.

Por acciones propias, inacciones ajenas y el singular contexto histórico de un sistema de partidos sepultado en 2001-2002 y sin recomposición, la escena de hoy es que no hay agrupaciones ni líderes ni referentes en condiciones de aglutinar el rechazo a la gestión de Cristina Fernández.

Cristina no tiene ni un Cafiero, ni un Menem, ni un “Chacho” Álvarez. Su marido sentó las bases cuando construyó el kirchnerismo en 
terrenos del peronismo y de otras fuerzas. Los que estaban enfrente algo hicieron (y no hicieron) para no consolidarse.

Lo cierto es que esta nueva crisis de representatividad (esta vez de representatividad
 opositora) se funda en aquella anárquica 
eclosión de 2001-2002, que celebró haber hecho estallar los partidos sin reparar que no estaba construyendo nada a cambio de lo que se destruía.

Los emergentes de aquel proceso, que 
algunos simbolizaron con el “que se vayan 
todos”, no pudieron armar nada. Y andan ahora con funestos vaticinios, sin haber podido
 articular nada que contenga a nadie.

De la misma manera, los que aparecieron
 como posibles referentes aglutinadores del
rechazo a los K fueron teniendo un destino
efímero. Ya vimos pasar a unos cuantos. 
Venían del peronismo, del radicalismo, de 
nuevas fuerzas políticas, de fuera de la 
política.

Esas referencias se extinguieron en el 
mismo momento en que se apagó la luz roja de la cámara que indica que la señal está al aire.

Hoy, en tiempos en los que gracias a la 
acción K sólo parece que hay lugar para la
 adhesión o el rechazo al Gobierno, tales adhesiones tienen –por ahora– un canal bien definido (habrá que ver qué pasa si se apaga la 
llamita de la hipotética re-re), mientras que el rechazo es difuso, sin liderazgos ni contenciones, casi anárquico.

Con tanta gente enojada, molesta, disgustada, harta o lo que sea con la gestión K, ¿por qué los partidos y frentes de la oposición andan buscando candidatos para la elección del año que viene con la misma dificultad con la que se busca a aquellos que comen por seis pesos
 diarios?

Por citar un par de casos reveladores. Al
 cordobés Oscar Aguad le ofrecieron encabezar una lista de un conglomerado opositor, pero no en Córdoba, sino en la Capital Federal. Lo 
mismo hicieron con el mendocino Julio Cobos, pero en la provincia de Buenos Aires.

Si entre los porteños y bonaerenses no hay un par de figuras fuertes para encabezar
 boletas en condiciones de ganarle una elección con claridad al kirchnerismo, algo no muy sano está pasando en la política argentina.

Está bien que haya actores sociales que con un discurso anti-K reúnan multitudes.

Pero los cambios deberían ser desde la 
política. Porque, si no, o no son cambios o son demasiado riesgosos en un país que vive 
corriendo riesgos.