"La corrupción es como la diabetes, a largo plazo es fatal"
Ramiro Mendoza, Controlador General de la República de Chile, dice que las prácticas corruptas benefician a los que manejan poder. Y que puedendar la ilusión de astucia y habilidad, pero siempre perjudican a las mayorías.
Propuesto por la ex presidenta Michelle Bachelet y confirmado por el Senado chileno en 2007, Ramiro Mendoza es –y podría seguir siéndolo hasta 2015, cuando se le vencerá el mandato–, el responsable de revisar cada movimiento administrativo contable del gobierno de Chile. Dice que el problema de la corrupción es cultural y que, con matices, en Latinoamérica todos los países tienen lo suyo. Invitado por el Fondo para la promoción de la Transparencia (Fontra), brindó una conferencia magistral en Buenos Aires sobre la lucha contra la corrupción, los obstáculos que enfrentan los gobiernos y los ciudadanos para combatirla, y sus consecuencias. –Conozco a varias personas que aun sabiendo que tal o cual candidato tiene fama de corrupto aseguran que lo volverán a votar porque "roba pero hace". ¿Qué reflexión le provoca este argumento? –Tengo la sensación de que el negocio de amparar autoridades ejecutivas que transgreden el ordenamiento jurídico es un mal negocio. En el sentido de que al final no es que alguien sea más eficiente rompiendo el ordenamiento jurídico, sino que al final lo que se hace con esa ruptura es restarles a otras personas la satisfacción de las necesidades públicas que le correspondían. –¿Un ejemplo? –En el ordenamiento jurídico chileno hay muchos alcaldes que resultan reelectos sucesivamente sobre la base de distribuir recursos para lo que se les antoja cuando en realidad, son fondos dados por el Poder Central para la satisfacción de necesidades en salud, educación y en programas y proyectos para mejorar las condiciones de vida de las personas. Esos mismos alcaldes son los que dejan de pagar las contribuciones sociales de los empleados, los aportes jubilatorios de los profesores y eso, a largo plazo se convierte en problemas más graves. A largo plazo, la corrupción es siempre un mal negocio. Eso lo tiene que entender el ciudadano a la hora de votar. –Sin embargo, los politólogos dicen que es imposible erradicar la corrupción totalmente. Inclusive, algunos sostienen que hay que tolerarla en una medida menor. –La corrupción es como la diabetes, uno puede estar con diabetes y seguir viviendo, y trabajando. Pero a largo plazo, la enfermedad le pasa una cuenta al hígado, al riñón, a la vista, y lo termina matando. Lo mismo pasa con la corrupción. Los países pueden vivir con corrupción, pero cuando se asume esta realidad uno se termina dando cuenta que los que en realidad "viven" con la corrupción son grupos o sectores privilegiados que hacen buenos negocios, mientras que el otro grupo –la sociedad en general– ve cómo se le dificulta la satisfacción de las necesidades básicas porque alguien se está apropiando de los recursos que a ellos les pertenecen. El tema es cómo se genera conciencia cultural acerca de que la corrupción es un mal negocio para un país. A la vez es necesario buscar cuál es la receta local, de cada país, para mejorar las prácticas culturales en contra de la corrupción. –¿Hay diferentes formas de combatir la corrupción? –Algunos se tratan la diabetes con medicamentos, otros con hierbas caseras, otros con trucos mágicos. Lo importante es darse cuenta que se padece diabetes y a partir de ahí buscar la receta para combatirla. A lo mejor en algún país el remedio que más resultados da contra la corrupción es el escrache público a los corruptos. No sé, me estoy imaginando situaciones... en otros países a lo mejor lo más efectivo es la persecución administrativa o penal. –En algunos aspectos pareciera que hay actitudes corruptas que nos igualan a todos los pueblos de Latinoamérica pero, por otro lado, también pareciera existir un proceso normativo regional que quiere combatir la corrupción. –Los procesos de lucha contra la corrupción, en general, no son vernáculos; es decir, provienen de una cierta influencia de una política pública mundial en la que se rescata el valor de la probidad y el daño que provoca la corrupción. Pero cada país debe ir descubriendo culturalmente la forma en combatir la corrupción. –Los chilenos, ¿padecen, como los argentinos, algún grado de corrupción asentado en sus costumbres? –Yo le puedo decir que un chileno jamás se permitiría ni siquiera pensar en ofrecerle pagar una coima a un carabinero, por ejemplo, una actitud que aquí en Argentina no parece tan inusual. Pero hay otras prácticas relativamente nuevas que hablan de un grado de corrupción cultural y que hacen mucho daño. –¿De qué se trata? –No hace mucho hubo un colapso del sistema de transporte urbano de Santiago de Chile. Los pocos ómnibus que había no daban abasto y la gente viajaba colgada, apretujada, y muchas veces no pagaba el boleto. Eso duró tres meses hasta que se incorporaron nuevos coches. Pero hubo un conjunto importante de personas que se ha seguido resistiendo a pagar el transporte que es público, cuando antes, cuando era privado, nadie se negaba a pagar. Hoy hay un 50 por ciento de personas que no paga la tarifa y esto provoca un grave perjuicio al transporte, aumento de subsidios a los prestadores, todo por un acto voluntario de un grupo de ciudadanos de no cumplir la ley. Eso es un germen de corrupción que no habíamos visto en la sociedad chilena.

