Temas del día:

La banalidad de Amado

Desde que el Gobierno kirchnerista radicalizó sus posiciones, los cambios de gabinete han buscado algo en común: que los nuevos ministros sean barrabravas del Poder Ejecutivo. Adrián Simioni.

12 de octubre de 2010 a las 12:01 a. m.
La banalidad de Amado

Hay que disculparlo a Amado Boudou. Desde que el Gobierno kirchnerista radicalizó sus posiciones, enojado por el balazo autodescerrajado en el pie a partir del conflicto con el campo, los cambios de gabinete han buscado algo en común: que los nuevos ministros sean barrabravas del Poder Ejecutivo en la guerra contra la pléyade de nuevos enemigos; que no especulen con cuidar los modales; que no eludan el riesgo de incinerarse con el medroso fin de resguardar sus figuras ante un eventual ocaso K. Uno de ellos, el canciller Héctor Timerman, usó precisamente ese concepto, "barrabrava del Gobierno", para autodescribirse y diferenciarse de su antecesor, Jorge Taiana. Con los mismos efectos, Aníbal Fernández reemplazó a Alberto Fernández. Y Boudou vino después del silencioso Carlos Fernández. El problema es que Boudou carece del espesorde Aníbal o de Timerman, al parecer personas con más trayectoria y formación, que no despistan con comentarios fuera de lugar en la obligación diaria de mostrarse furibundos con los "cómplices". De ser cómplices acusó Boudou a los periodistas que lo entrevistaban en Washington, a lo que de inmediato agregó, a modo de contraejemplo: "Yo nunca trabajé para Macri", como si eso constituyera un delito. Si fuera por Boudou, ¿ser opositor sería un delito?El ministro, como él mismo dijo en referencia a su estilo y a sus 50 años de edad, pasó "toda una vida dedicada a la noche". Desde antes de su militancia en Upau, el brazo universitario de la extinta UCeDé, su fuerte eran los covers (versiones del rock & pop de moda) en los pubs de las playas atlánticas. Es fácil imaginarlo, por ejemplo, durante la dictadura militar, en un boliche de Mar del Plata, con la camisa Legacy y los Wrangler prelavados, con la Kawasaki 1000 esperando en la vereda.Boudou estaba en otra. Por eso le faltan algunas horas de discusión universitaria trasnochada; le faltan varios libros que son los pilares desde los cuales piensan quienes durante años han puesto en el centro de sus obsesiones a las cuestiones públicas, históricas y sociales.Sólo en ese magma se hubiera topado con el concepto de "banalidad del mal", acuñado por Hannah Arendt. Y se hubiera enterado de que legiones de filósofos se han dedicado desde entonces a desentrañar si es posible referirse a la Shoah , el Holocausto judío, o, incluso, si ante la tragedia inconmensurable, no es más conveniente guardar un silencio hondo y respetuoso. En nuestra sociedad, golpeada por sus propios crímenes en masa, por sus diversos racismos más o menos larvados y por un atentado tan sanguinario como el de la Amia, esas reflexiones no merecen ser ignoradas.A todo esto, Boudou probablemente no lo sabe. Con tal de agradar a sus jefes, apela a cualquier enunciado que, en su estantería semivacía, le sirva para atacar y ofender. Y, de paso, adornar sus dichos con santos y señas, palabras-clave de un vocabulario que él imagina "progre". Escúchelo con atención. Siempre se le nota.