Ese enemigo común que a todos los mata huyendo
La cuestión del tiempo se ha tornado central. El país político se arremolina en un embudo. Restan nueve días para el cierre del plazo para la conformación de alianzas que, si no se construyen ahora, la ley de primarias impedirá después.
¿Quién fue el raro bicho? La Presidenta estalló iracunda porque alguien rebasó el vaso. Algún dirigente de su cercanía la incomodó al punto de hacer refulgir su descontento.
La idiocia era la calificación en la antigua Grecia para quienes debían ocuparse sólo de sus intereses particulares por carecer del talento necesario para debatir sobre los asuntos públicos. En el Medioevo ya era el desconocimiento de Dios y de allí a la definición de la insania mental hubo después sólo un paso.
“Se hacen los idiotas y me toman por idiota”, refunfuñó Cristina. Según el guion de cámaras de la televisión pública, el reproche fue para el gobernador bonaerense, Daniel Scioli, quien poco después se desentendió del insulto. Como para ratificar la justicia de algunos visos del encono y al mismo tiempo confirmar que fue inútil.
Quienes dicen admirar en Cristina la perspicacia estratégica de mayor envergadura en la Argentina, creyeron ver en su enojo una combinación astuta de movimientos que concluyó horas después con un cambio de gabinete.
No existen todavía razones claras que ameriten esa conclusión. Es más bien un acto de fe. En el nudo central de los problemas del Gobierno, una decisión fundamental se muestra aun irreversible: en el equipo económico nadie se moverá de su silla y la Presidenta parece dispuesta a aguantar los trapos –para decirlo como la diputada Juliana Di Tullio– con la economía desflecada hasta octubre. Tampoco alumbró un gesto para oxigenar con transparencia las sombras de corrupción que acechan al oficialismo.
Todo lo que ocurrió en el equipo de ministros fue la confirmación de la misma política y la eyección de lo que ya antes carecía de existencia: Nilda Garré en Seguridad, Arturo Puricelli en Defensa y Agustín Rossi en la cabeza de lista del oficialismo en Santa Fe. Si eso debía coronar el cachetazo a Scioli, todavía no apareció la joya de la corona. A escasos días del cierre de listas, el kirchnerismo todavía no tiene candidato en el principal distrito electoral del país.
La cuestión del tiempo se ha tornado central. Es en verdad ese enemigo que mata huyendo, como lo definió un escritor español. El país político se arremolina en un embudo. Restan nueve días para el cierre del plazo para la conformación de alianzas que, si no se construyen ahora, la ley de primarias impedirá después. El revés de esa trama es que con la misma fecha también se avecina el último día para cualquier emprendimiento rupturista en las coaliciones preexistentes, entre ellas la oficialista.
El kirchnerismo ha sufrido deserciones relevantes de sus apoyos en el movimiento obrero y tanto Scioli como el intendente Sergio Massa siguen en una indefinición que, según se ha visto, pone a la Casa Rosada al borde del ataque de nervios. El conglomerado de peronistas ofuscados con Cristina padece, sin embargo, el mismo karma. Pero con las vacilaciones de Mauricio Macri.
En la constelación de expresiones no peronistas, donde el desafío de la unidad es más fuerte, corren contrarreloj con una complicación adicional: el sector político hegemónico los ha proscripto en las listas en la única categoría donde la elección será de distrito único en términos absolutos, la del Consejo de la Magistratura. Los ha obligado además a recurrir a la Justicia para que dirima ese pleito en el que es parte. Y les escamoteó también el tiempo para que tamaña confusión se resuelva.
De modo que el problema de los plazos se ha tornado en algo más que disputa de partidos. Es también constitutivo del futuro institucional en uno de los tres poderes de la república, el Judicial. Como en la antigua Grecia, la Corte Suprema deberá resolver si se desentiende de ese asunto público.
Si se observa esta secuencia lineal de aflicciones cotidianas de la Argentina política, se concluirá, con absoluto rigor, que todos los relojes están contando los minutos que restan para el futuro inmediato. Pero levantando la mirada, acaso viendo el sueño democrático de 1983, puede advertirse que el tiempo parece estar corriendo hacia el atraso.
La flecha del tiempo no tiene por qué volar necesariamente hacia adelante, diría, provocador, el físico inglés Stephen Hawking. Un vaso que cae y se rompe puede verse también como una película al revés. “Los fabricantes de vajilla perderían su negocio”, escribió con sorna. Aunque en la Argentina ya se conoce quién paga siempre los platos rotos.

