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El presidente que vino del frío

Néstor Kirchner fue un presidente que nadie esperaba. Tuvo importantes logros iniciales y también continuidades de la política vieja. Sergio Carreras. Videoanálisis.

28 de octubre de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
El presidente que vino del frío

Fue un presidente inesperado. Néstor Kirchner golpeó a las puertas de la casa presidencial siendo un desconocido, una visita impensada. Se ganó el billete mayor de la candidatura peronista al máximo cargo luego de que un postulante, Carlos Reutemann, rechazara el convite y otro, José Manuel de la Sota, no inmutara el termómetro de las encuestas. Fue la tercera opción del gran elector de aquel momento, Eduardo Duhalde, quien luego del tren fantasma en que se convirtió la Presidencia tras el helicóptero de De la Rúa, sorprendió a la audiencia cuando sacó de la galera a un personaje esmirriado, desangelado y desprolijo, del que muy pocos acertaban a pronunciar bien el apellido.

Otra circunstancia inusual que acompañó la aparición de Néstor Kirchner fue su ascenso a la escena nacional a la sombra de su esposa, Cristina Fernández: cuando él fue presentado como competidor presidencial en enero de 2003, ella ya sumaba ocho años continuados de actuación en el Congreso seguida por la luz de las cámaras de televisión. El hotel de la historia argentina no tenía una habitación reservada a su nombre, las invitaciones a la fiesta tenían impresos apellidos distintos. Los diarios del lunes no esperaban dar la noticia de que el nuevo presidente vendría del frío.

Fin de la caricatura. Como fue una cara nueva, sin pasado nacional y con antecedentes provincianos que recién irían goteando sus viejas novedades con el correr de los años, fue fácil que todos los sectores depositaran las expectativas más heterogéneas en su figura. La Casa Rosada era el palacio de las corrientes de aire. Su nuevo anfitrión debía, como primera misión, tapar los agujeros y demostrar que había llegado alguien capaz de devolverle los colores reales al país de caricatura.

El enorme e inaugural logro del primer presidente patagónico fue restituir la autoridad presidencial. Llegó Néstor y el país comprobó, en poco tiempo, que volvía a tener Poder Ejecutivo. Y era un Poder Ejecutivo de carácter, que lentamente iría  mostrando los primeros rostros de lo que con el tiempo se convertiría en un estilo temperamental.

La retórica de transparencia política del recién llegado arrojó con celeridad otro triunfo clave, de los más valorados de su gobierno: la renovación de una Corte Suprema de Justicia desprestigiada al extremo de ser vista como un comité político decadente, casi una cueva donde la justicia era apenas una moneda de cambio. El primer presidente pingüino la reemplazó con un seleccionado de lujo.

Al mismo tiempo, el mandatario inesperado sorprendió con una adhesión entusiasta a la lucha de los organismos de derechos humanos, que todavía seguían con muchas cuentas sin saldar desde los años de la dictadura. Se declaró hijo de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, se probó el traje de heredero setentista y apuntó algunos de sus primeros obuses contra un enemigo que ya venía con varias batallas perdidas: la ceremonia de marzo de 2004 en el Colegio Militar, en la que hizo que el propio jefe del Ejército Roberto Bendini se trepara a un banquito para descolgar los cuadros de  los dictadores, fue una trompada simbólica contra cualquier rémora sobreviviente del viejo poder de las fuerzas armadas.

Néstor, sin resignar nunca su desgarbo, innovó también en la vida política con lo que se llamó su estilo almacenero: lapicera en la oreja, controló cada número de la economía diaria. Luego se vio que esa costumbre que traía de su provincia desembocaría en una inversión de términos: la política, se notó con claridad, pasó a ser la que controlaba a la economía y a sus intérpretes. El Estado no quiso ser invisible y reivindicó su papel motorizador. A su vez, el pago anticipado de los más de nueve mil millones de dólares de deuda con el FMI, en 2006, agregó una medida sorprendente, mientras mantenía reservas récord e índices de crecimiento notables ayudados por el guiño de la coyuntura internacional.

Contracaras. El ímpetu del muchacho santacruceño, de cualquier manera, no pudo mantener su intensidad. Además, pronto reveló cierta discapacidad negociadora, cierta pendiente escurridiza a la hora de los acuerdos, que fue la semilla de futuros vientos y módicas tempestades.

Los choques con la Iglesia, los empresarios agrícolas, los periodistas y las empresas periodísticas, fueron dando las primeras notas del desconcierto.

La repetición de los casos de corrupción y de escándalos que cambiaban de nombres (Skanska, Southern Winds, loteos en El Calafate, los fondos de Santa Cruz depositados en el exterior, el llamativo enriquecimiento familiar, la “bolsa” de Felisa Micheli, la fortuna del secretario de Transporte Ricardo Jaime, la forzada renuncia de Marta Oyhanarte en la Subsecretaría de Reforma Institucional, las viscosas relaciones con los contratistas de la obra pública, etc.), evidenciaron el carácter de apenas promesa que tuvo su anunciada limpieza institucional. La lucha contra la corrupción retrocedió varios pasos.

Su debilidad por la concentración del poder y el desprecio al rol del Congreso, equipararon al inesperado muchacho que vino del sur con varios de sus antecesores, a los que él mismo antes había criticado con los mismos argumentos que ahora recibía sobre sus espaldas caídas.El primer presidente que trajo el viento patagónico no solucionó los grandes problemas que arrastraba la Argentina. Sería además injusto, sería demasiado, arrojarle semejante reclamo. Néstor Kirchner fue lo mejor que el país pudo encontrar en un momento. Luego, el momento cambió. Y él, no pudo dejar de ser él.