Días en que el poder sopla en las llamas
El gremialismo ya está advertido de la intención oficial: incluir como si fuese incremento de salarios la disminución parcial de la exacción de Ganancias. Edgardo Moreno.
Cuando para devolver a las masas las atenciones recibidas el 8-N, la Presidenta montó en Plaza de Mayo su propia ópera de multitudes, la usó para tratar a la Corte Suprema de golpista y devolver al discurso del poder una referencia propia de los años de plomo: los fierros.
Dos días y un per saltum después, un fallo absolutorio en el caso Marita Verón disparó una vasta indignación. La Presidenta llamó exasperada, según el testimonio de Susana Trimarco. La alegoría de las armas, la oportuna furia de los gritos, quedaron como fruslerías cuando, en las calles de Buenos Aires, la violencia dibujó -a piedra y delirio- su faena de rencor. Cuando el poder impacienta llamas, la intolerancia fabrica incendios.
La ansiedad gubernamental por treparse al caso y ponerlo en línea con las críticas a la Justicia que le frustró el 7-D, fue evidente. Cuando en un estadio deportivo llovieron insultos para el juez Norberto Oyarbide, la multitud inquieta interpretó, otra vez de manera enrevesada, el mensaje que el Gobierno destina a los magistrados. No era, claro está, adonde apuntaba el Gobierno. Pero ocurrió.
Un fallo profético. El fallo sobre la ley de medios, que el viernes le devolvió el alma al cuerpo al oficialismo tras el 7-D, le otorga a los gobiernos la facultad de disponer de las licencias de radio y televisión por simples razones de oportunidad, criterio o apreciación. Pero el juez Horacio Alfonso sostiene, al mismo tiempo y con el mismo pulso, que tal circunstancia no pone en juego la libre expresión. Pese a eso –o acaso por eso– el oficialismo festejó su decisión, como si fuese un emergente anticipado y profético de la "democratización" judicial.
Habrá que reconocerle, entonces, un mérito a esa sentencia, aunque no sea definitiva. Ha venido a confirmar lo que siempre se adujo desde el pensamiento crítico sobre las auténticas intenciones del oficialismo en su política de medios. Arrasar con la expresión libre es sólo el instrumento, el fin es desterrar lo disidente.
Los magistrados acaban de comprobarlo. No irán a la hoguera porque usen toga sino por la insumisión.
En un país habituado a la doctrina de la emergencia, habrá que atender tanto a los debates sobre los métodos para elegir magistrados, cuanto al escenario imaginado para una eventual transición. Difícilmente pueda soslayar el kirchnerismo la pulsión a manejarse poniendo en comisión los jueces. Ya fue explicado el concepto: si la Corte Suprema no actúa como mayoría automática del oficialismo, será entonces que incumple los sueños de aquel que la propulsó.
Buitres, no pasarán. La proclama sandinista del ministro de Economía, Hernán Lorenzino, bramó en las sierras y en el llano. Sucedió que un tribunal internacional vino sensatamente a dar por concluido el eficaz golpe simbólico que acreedores despechados le infligieron a la torpeza de la cancillería argentina al embargar la nave insignia de la Armada.
La actividad del ministro, no obstante, no se evalúa en el Tribunal del Mar. El año concluye con una inflación tan descontrolada como las calles de los últimos días. Y mientras Guillermo Moreno apura un cepo a las paritarias, otra vez, esta semana, la presión gremial se instalará en Plaza de Mayo.
El gremialismo ya está advertido de la intención oficial: incluir como si fuese incremento de salarios la disminución parcial de la exacción de Ganancias. Los sindicatos lo rechazan: para una porción cada vez más amplia de trabajadores argentinos, la mentira del Indec ya es insolvente. No hace falta esperar a que lleguen en fragata las últimas novedades de madame Lagarde.
Doble interpelación. Pero el clima social no interpela sólo al oficialismo. La oposición ajena a la coalición gobernante cierra el año sin otra apuesta que la fragmentación. Que la diáspora pueda redundar en su beneficio en la próxima renovación parlamentaria no deja de ser un cálculo corto que contrasta con el diagnóstico de deterioro institucional que proclama.
Sin unidad, se arriesga a seguir replicando la distancia abismal que se estableció entre el palacio y el llano –ya como padecimiento sistémico– en la última elección presidencial. Mientras tanto, el oficialismo camina, incluso cuando imagina sucesiones, hacia el camino estrecho de la organización hegemónica. Que para el pluralismo y su misterio bufo, siempre le quedará Fito Páez.

