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Demoliendo con ira

Cristina venía de refutar con estilo a madame Lagarde. Una abogada exitosa, una presidenta exitosa, una disertante exitosa. Edgardo Moreno.

29 de septiembre de 2012 a las 12:01 a. m.
Demoliendo con ira

En algo tuvo razón la Presidenta en sureciente noche áulica. Las preguntas que le hicieron los estudiantes residentes en Estados Unidos fueron sencillas. Carecieron de la profundidad, la complejidad y aun de la sofisticación esperable en los foros de la Kennedy School of Government. Las hubiese formulado cualquier hijo de vecino más o menos igual. ¿Por qué, entonces, respondió tan mal? Disgustada, enroscada en un acento acre, es evidente que algo comenzó a malquistarla en los primeros claustros de Washington y estalló en las márgenes plácidas del río Charles, donde en 1636 el reverendo Harvard fundó su universidad.Es en todo improbable que Cristina haya carecido del asesoramiento adecuado. Su jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina (h), conoce el paño. Años atrás, recorría los pasillos de Georgetown, cuando el politólogo Guillermo O'Donnell lo asistía en su tesis de doctorado. No hay modo de imaginar que se haya olvidado de prevenir sobre una rutina escolar básica.¿De qué sirve, en la práctica, imaginar conspiraciones políticas y periodísticas? Si la tarea se la hubiesen encomendado a un periodista novato, a un ayudante de cátedra o a un almacenero de barrio, hubiesen escrito para la Presidenta unas 10 preguntas tentativas. De seguro, las mismas que esta semana terminaron detonando el enojo presidencial.Venía de refutar con estilo a madame Lagarde, ante la elite de la política planetaria. Cristina: una abogada exitosa, una presidenta exitosa, una disertante exitosa. ¿Por qué, con un interrogatorio tan sencillo, concluyó increpando a los jóvenes imberbes?¿Concurrió ilusionada con lucir el birrete y la toga y advirtió sobre la marcha que no pertenece a ese mundo y tampoco a La Matanza, a la que denigró con un resentimiento sombrío? ¿Se descubrió, en cambio, como una Kruschev del nuevo siglo aporreando el atril mayor de la educación capitalista con su módico calzado de Loboutin?Son hipótesis incomprobables. En cambio, una constatación fáctica alumbró en la noche del jueves: el cepo a las preguntas que la Presidenta construyó, durante años y con esmero digno de mejor causa, colapsaba con cada trémula mano que se alzaba para interrogar. Un dique de relevancia angular para el relato mediático del oficialismo se estaba fisurando de un modo lejano, inesperado, vulgar. El interés que el diálogo despertó en la Argentina terminó por transformar la grieta en desborde.A medida que respondía cada pregunta, Cristina escalaba –a todas luces contrariada– en la demolición ingrata de uno de sus propios mitos. Aquel de la líder impertérrita en comunicación unidireccional con las masas.