Como venganza por mate frío
Nunca otro poder le había llovido desde un cielo ajeno. Cuando en marzo el jesuita desobediente llegaba a los altares, un rayo estremeció a Cristina Kirchner: ya era tarde para enviarle la Afip.
El anuncio del camarlengo sacudió entonces a la Casa Rosada. Nunca otro poder le había llovido desde un cielo ajeno. Cuando en marzo pasado el jesuita desobediente llegaba a los altares, un rayo estremeció a Cristina Kirchner: ya era tarde para enviarle la Afip.
Un carpetazo falsario sobre los antecedentes del párroco tampoco resultó eficiente y entrevió que una capitulación temprana le evitaría nuevas derrotas.
El séquito se entreveró en los calendarios cotejando la agenda vaticana con la vicisitud del barrio. La Presidenta se calzó el sombrero bombín y acometió la escena del mate. Es, por ahora, su imagen más conocida en aquellos andurriales del universo.
A poco más de cien días de esa indiscreta ventana en la plaza de San Pedro, el antiguo cardenal Jorge Bergoglio recibió a un ciudadano argentino que, por su condición de jefe de una comunidad aborigen en Formosa, no es admitido en el listado de audiencias oficiales de la Presidencia de la Nación, mientras sus congéneres padecen graves persecuciones en ese feudo del norte del país.
El cacique qom Félix Díaz llegó a Roma de la mano de Adolfo Pérez Esquivel, el militante de los derechos humanos que defendió a Bergoglio de aquel intento difamatorio que se lanzó con los idus de marzo. Y dejó ante el papado un pedido pequeño: que el cielo ayude a queCristina lo escuche.
Pocos días después, la exsecretaria privada de Néstor Kirchner, Miriam Quiroga, reveló que recibió una respuesta escrita del pontificado a una misiva suya en la que exponía sus temores por dar testimonio en la investigación judicial de una supuesta cadena de lavado de dinero. El periodista Nelson Castro leyó la carta del Papa: “En momentos de turbulencia, no hay que temer”, rezaba una de sus frases más resonantes. “Sé que es difícil, pero no se deje robar la esperanza”.
Cuando asumió Francisco, los sectores políticos más enfrentados al oficialismo nacional supusieron el comienzo de una acelerada horadación política conducida desde Roma. Por cada tedeum frustrado en la catedral metropolitana imaginaron en Bergoglio un sucedáneo de aquel Karol Wojtyla que desde el papado cambió a Polonia. En las antípodas, tras el julepe inicial, el kirchnerismo también tuvo sus propias ensoñaciones, en las que el papa argentino renacía en la fuente de las veinte verdades peronistas y desembocaba en las aguas del actual proyecto. Cristinista y también, si hacía falta, nacional y popular.
En busca de esos óleos, la intelectualidad oficialista escribió algunas de sus páginas más memorables.
¿Qué está sucediendo ahora? El papa enfrenta en estos días algunos de sus desafíos más difíciles, de aquellos que previsiblemente le aguardaban a su pontificado. Durante sus primeros cien días acumuló un capital de popularidad inesperado. Pero no parece resignado a dejar a la Argentina ni exenta ni alejada de su misión pastoral.
Ante estas novedades sugestivas, tal vez especialmente por aquella respuesta a la exsecretaria Quiroga, la Presidenta saludó al Pontífice en su día con una carta extravagante. Como venganza por haber acercado un mate frío, le envió un mensaje con tono de rayuela y aspiraciones de jovialidad. Incluyó, además, un guiño intencionado y cómplice, de esos que buscan bajar bruscamente al interlocutor de su solio y sentarlo en la mesa con los muchachos.
Una refutadora exitosa. Si se observa con atención, desde aquel frustrante paso por la Universidad de Harvard, Cristina abandonó los pruritos de estilo y está convencida de operar como refutadora exitosa de la célebre cláusula de Perón sobre el ridículo y el regreso.
Parece estar persuadida, la jefa del Estado, de que aparecer sonriente en un túnel vietnamita, bailar ensimismada la murga del aguante o posar un repertorio de muecas de aquelarre le atrae simpatías crecientes y no sólo las de siempre, irreductibles.
Difícilmente los sondeos de opinión podrían confirmarlo. No es sencillo determinar si el enojo que buena parte de la ciudadanía está volcando en la crítica a sus gestos nace de la angustia por el ahora indeterminable precio del pan.
Como tampoco es fácil precisar hasta dónde le suma puntos en el reconocimiento del público igualitario y progresista sacudirle pellizcos en los mofletes al monje.
En todo caso, la jugada de difundir morisquetas frente a la inveterada paciencia vaticana no deja de implicar algún riesgo. Una diplomacia milenaria suele murmurar, en aquellos pasillos resbaladizos, que de Roma vuelve, lo que a Roma va.

