Germinó una microempresa
Este matrimonio fabrica equipos de laboratorio para la investigación científica y la salud. Se enfrenta al clásico cuello de botella de las pequeñas empresas: el crédito.
La empresa es chiquita como un botón. Pero cuando uno la conoce y ve los productos que fabrica no puede menos que pensar: la pucha, si el Estado no apoya esto ¿entonces qué apoya? Diego Cistaro y su esposa, Rossana García, fabrican en Alta Gracia equipos para laboratorios. Contienen mucho desarrollo, mano de obra intensiva y diferenciales tecnológicos con relación a otros. Incluso sirven para sustituir importaciones por derecha, sin pelearse con nadie. El matrimonio los comercializa bajo la marca Novolavo. Científicos y bioquímicos de todo el país, entre ellas Sandra Díaz, la más destacada investigadora argentina del momento, saben de qué estamos hablando. –Se los pregunto con todo respeto, ¿por qué no se les ocurrió poner un maxiquiosco? Es más fácil. (Ríen) Diego: –Esto es lo que sabemos hacer y realmente amamos el oficio. Yo crecí en un ambiente como este, mis juguetes eran las herramientas. Mi papá tenía la fábrica atrás de la casa donde nací y crecí con mis hermanos. Verlo a mi abuelo, a mi papá y a mis tíos, no me dejó otra perspectiva más que querer en algún momento tener mi taller. –¿Usted de dónde es? –De Buenos Aires, por razones de salud mi abuelo vino a Córdoba en 1976 donde instaló otra fábrica porque era un mercado en crecimiento. Las vacaciones obligadas eran venir a ver a mis abuelos. Eso me ayudó a querer un poquito más a esta provincia. Aquí conocí a Rossana, que es de Alta Gracia. –Nació el amor. –Así es, nos casamos y fuimos a vivir a Buenos Aires, pero en el año 2000 la situación allá era muy inestable. –¡Ya lo creo! La economía estaba parada. –Ella no se sentía bien allá, tuvimos que cerrar la fábrica que habíamos armado con mucho esfuerzo. Cerramos y vendimos algunas máquinas para pasar el momento difícil. Nos fue muy mal ese año, había que seguir viviendo. Decidimos venir a Córdoba esperando algún cambio en la situación. –¿Qué hicieron aquí? –La verdad es que llegamos en una situación económica muy mala, empecé reparando equipos. Rossana: –El entusiasmo que él tenía por la fábrica me llevó a seguirlo porque aún en una situación tan complicada, nunca pensó en buscar otro trabajo. Apostaba a esto. –¿Reabrieron aquí y usted de qué se ocupó?–Rossana: De llevar la administración y la papelería, esta actividad tiene muchas exigencias. –¿Cuándo fabricó el primer equipo hecho en la etapa cordobesa de la familia? –En 2005 y 2006 yo percibía que había mucha demanda de equipos que no fueran estándar. Los profesionales nos pedían equipos a su medida, con manejo de temperaturas y demás. Ahí nos pusimos a fabricar en el taller o hacer partes en otros talleres. –Mirándolo desde su lado del mostrador, ¿quiénes son los que investigan hoy? ¿Cuáles son sus clientes? –El Inta y la Universidad Nacional de Córdoba, y los profesionales independientes que trabajan para el Conicet. Ellos se dedican a lo nuevo. –Lo más simple posible, ¿qué equipos fabrica Novolavo? –Cámaras de flujo laminar, un área estéril donde se hibrida y se le cambia la genética a las semillas o a las fibras. Otro equipo es un horno de hibridación donde se colocan tubos para mezclar fósforo radiactivo y semillas. Ahí se las hibrida para hacerlas resistentes al estrés térmico e hídrico. –¡¿Tuvo que aprender cómo funcionan esas investigaciones para poder fabricar?! –Sí (sonríe), con ayuda de los propios investigadores, nuestros clientes, que son ingenieros agrónomos, biólogos, doctores… Había que meterse en esto para entender qué es lo que ellos querían y cumplir con sus necesidades. –¿Para uso medicinal qué hay? –Esterilizadores para eliminar todo germen con 174 grados de temperatura. Autoclaves, que son esterilizadores bajo presión a más de 130 grados, para elementos quirúrgicos. Y también hay muchos equipos para la investigación dirigida al sector agropecuario. –Esa es una gran veta para explorar. –Equipos para determinar las materias grasas de las oleaginosas o maní. Lo que se llama la butirometría. ¿Recuerda el laboratorio que explotó en Río Cuarto? –Sí, en la Universidad Nacional. –Eso ocurrió porque para esto se maneja un solvente muy volátil que es el hexano. Hemos desarrollado con una fábrica de vidrios de Córdoba un recuperador de hexano que le da muchísima más seguridad al proceso. –Es decir, un avance concreto. –Desarrollamos un equipo para butirometría más un recuperador para no tener que ventear el hexano que afecta la capa de ozono y es muy peligroso porque puede explotar. Que fue lo que ocurrió en Río Cuarto. –¿Qué es lo más difícil en esta empresa? ¿Qué es lo que más trabajo les da para crecer? –El problema de quienes desarrollamos equipos es que investigar sin el respaldo del sector público resulta imposible, por lo tanto perdemos mucho terreno frente al importado. Y por una sola razón: a veces no tenemos los bienes para comprar la materia prima. –Claro. –Y tampoco tenemos el tiempo para desarrollarlo. Por ejemplo, un equipo que se hizo para el Instituto de Fitopatología y Fisiología Vegetal, destinado a una profesional cordobesa muy reconocida en el mundo, Sandra Díaz, lleva esfuerzo, tiempo y dinero. –¿A ese equipo lo hicieron aquí? –Íntegramente se hizo aquí, es el único en Latinoamérica que mide la elongación de la planta. Como le han cambiado la genética a muchos granos, crecen más rápido y se necesita medir ese crecimiento. Son cuatro o cinco meses de trabajo; en ese tiempo bancar los costos fijos, es muy difícil. Uno no tiene el equipo terminado y debe seguir cubriendo los costos. –¿Pero hay demanda? –Sí, hay demanda, pero ocurre esto que le digo. El sector público paga, pero bastante tiempo después de entregar los equipos. Mientras tanto hay que financiarlos. Perdemos de vender equipos que otros no fabrican y que se terminan adquiriendo en el exterior, por esta traba superable. –¿Quiénes y cómo son sus competidores? –La mayoría son extranjeros. Norteamericanos y franceses. Resultan muchísimo más caros, a veces importarlos cuesta el triple que comprarlos aquí en el país. Esto es fácil de explicárselo a usted pero el Estado a veces no comprende estas cosas. Fíjese qué contradicción: si usted compra un equipo importado hay que pagarlo totalmente antes de que lo envíen. A nosotros jamás nos compran así. –Primero el equipo, después el dinero. –Dos años atrás el Inta de Bariloche compró dos cámaras para ensayar con cultivos autóctonos. A ese equipo lo hicimos aquí. –Sin plata. –Hay mucha propaganda, pero el sistema no está preparado para apoyar un micro emprendimiento como este o una Pyme. Le cuento una infidencia. El año pasado, después que declaramos el impuesto a las Ganancias, fuimos a un banco privado a pedir un acuerdo para poder sobregirar un par de meses a fin de fabricar equipos con mayor tranquilidad financiera. –¿Y…? –Vinieron, quedaron encantados, se sorprendieron, dijeron que no sabían que en Alta Gracia se hacía algo así. Quedamos en que nos abrirían una cuenta, nos darían un crédito y un acuerdo de sobregiro que nos permitiera comprar materiales. Lo hicieron. –¡No me diga! Cumplieron. –Sí, cumplieron, nos dieron un acuerdo de 600 pesos y un crédito de siete mil pesos. Una chapa de acero cuesta 150 pesos la más finita (sonríe). Cualquier compra de acero son 15 mil pesos. –Una pregunta dolorosa, ¿nunca pensaron en un socio inversor? –Sí, es difícil que un socio que no conoce el medio esté a la par nuestra. –¿El sector de la salud está comprando equipos? –Hay en la actualidad mucha demanda, porque los distintos centros de salud se están ampliando. El Estado tiene licitaciones abiertas y transparentes pero paga a los cuatro o seis meses. No salimos del problema. –¿Qué producto les hace sentir orgullo? –El conjunto de maquinarias es lo que me hace sentir orgulloso. No hay metal que no podamos soldar, plegar, doblar o cilindrar, todo con muy buena calidad. Con mucho esfuerzo pude incorporar máquinas de origen sueco. Hemos convertido en industrial un producto que era artesanal. –¿Cuál es el próximo objetivo de la familia? –Apuntarle a un lugar más grande. Y tener alguna vez una casa propia.

