Hay que empezar a lavar los platos
Análisis de Laura González.
Hoy, los argentinos ganan, en dólares, 31 por ciento más que una década atrás. La economía creció casi 80 por ciento en los últimos 10 años, se crearon 3,5 millones de puestos de trabajo y de la inflación hablamos poco, en especial porque los aumentos salariales de los 7,5 millones de trabajadores formales (que superaron el 25 por ciento anual en los últimos tiempos) la cubrieron con creces.
Los inmuebles se dispararon a niveles inalcanzables para sectores medios y no hay opciones bancarias que inviten al ahorro. Como no se puede pensar en el largo plazo y porque a quien alguna vez lo intentó le fue mal, la consigna ha sido la de gastar todo lo que el sueldo y la tarjeta permitan. La mesa está servida: autos, motos, teléfonos de última generación, computadoras cada vez más inteligentes, electrónica y electrodomésticos varios, viajes, ropa y demás. Seis de cada 10 pesos que creció la economía en la década se explican por el consumo interno.
Los planes largos en cuotas bajas refuerzan esa ilusión de congelar precio para ganarle a la inflación, y los descuentos del 25 por ciento con tarjeta de débito alientan la compra de algo que seguramente pagando precio pleno no elegiríamos jamás. Todo nos genera la sensación de “la gran pichincha”.
El problema es que este modelo, que la gran mayoría convalidó en las urnas, ya se termina. El sinceramiento de las tarifas de los servicios públicos, que de manera sorpresiva se anunció en el cierre del año, es la primera muestra. La segunda: Aerolíneas Argentinas, la línea de bandera recuperada para los argentinos, se retira de las rutas internacionales para concentrarse en las locales, que le generan menos pérdidas. No habrá tantos subsidios al transporte público de pasajeros, en especial a los de Capital Federal y hay que hacer “sintonía fina” a la hora de discutir salarios y rentabilidad, según palabras de la Presidenta.
Los 54 mil millones de dólares que promete la soja no serán suficientes, como tampoco ha sido del todo efectivo el cepo para que particulares compren dólares o la obligación de que quienes traen mercadería de afuera exporten por el mismo valor. La Argentina erosionó sus superávit fiscal y externo y no tiene muchas chances de endeudarse en un mundo convulsionado y con el que todavía no terminó de saldar cuentas. Hay cada vez menos cajas a las cuales echar mano: las AFJP ya no están y las reservas del Banco Central financian al máximo al Tesoro nacional.
En esos días clave que mediaron entre las elecciones del 23 de octubre y el inicio de su segundo mandato, Cristina Fernández dio varias muestras de que la economía puede convertirse en un problema en 2012.
Anunció varias medidas que parecen tomadas del manual con el que se estudia en las academias liberales. Más allá de que funcionen o no, lo cierto es que servicios más caros (que además repercutirán en la producción de bienes) restarán capacidad de gasto a las familias.
Lo que antes iba a la cuota del celular nuevo, irá seguramente al reajuste de la boleta de gas. El Estado tendrá menos para repartir. La intervención en los precios del gas y de la electricidad no sólo exacerbó el consumo residencial (que creció el doble que en las industrias en la década del 2000), sino que quitó al país la capacidad de autoabastecerse.
Esa fiesta terminó. Y ahora hay que organizarse para ver quiénes y cómo lavamos los platos.

