Urgidos por una realidad desafiante
Los cardenales parecen tener poco margen para dejar correr el tiempo y dilatar la decisión. En cuidado lenguaje se los dijo en su homilía Angelo Sodano. Julio Perotti.
A las 21 de Roma, los cardenales cerraron una jornada extenuante. Es inevitable pensar que alrededor de la mesa en la residencia de Santa Marta, donde se alojan mientras dure el cónclave, no hayan conversado durante la cena sobre el rumbo de la Iglesia y el perfil del hombre que habrá de conducirla.
De hecho, la fumata negra de anoche parece carecer de significado: siempre la primera votación reparte preferencias, como lo sostuvo el lunes en su conferencia de prensa el vocero vaticano, Federico Lombardi.
Ni siquiera candidatos a prueba de adversarios, como lo fue Joseph Ratzinger cuando se convirtió en Benedicto XVI, lograron ganar en el primer escrutinio.
Menos ahora, desde luego, cuando entró en vigor una reforma impulsada por el propio Benedicto XVI, que obliga a los dos tercios de los votos para el elegido, como un modo de garantizar consenso cardenalicio para el nuevo pontífice.
Se recuerda que aquel cónclave, que se inició el 18 de abril del año 2005, terminó un día después y a la cuarta votación, cuando la fumata blanca salió a las 17.50 para anunciar al mundo que el fallecido Juan Pablo II tenía como sucesor a quien había sido su prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe.
Andrea Tornielli, director del sitio Vatican Insider (de La Stampa , de Milán) y reconocido como uno de los más expertos vaticanistas, definió la primera votación, la de ayer a la tarde, como una "primaria".
La primaria. No es un sufragio desperdiciado. Por el contrario, sirve para medir "en el campo", según la expresión de Tornielli, la potencialidad de todos y cada uno de los "papables".
En la Plaza de San Pedro, durante la fría espera de anoche, seguían dando vueltas los nombres de Angelo Scola, el arzobispo de Milán; de Odilo Scherer, el de San Pablo, y el del Sean O’Malley, el de Boston y siguen las firmas, aunque con menos fuerza, claro.
Como fuere, los cardenales parecen tener poco margen para dejar correr el tiempo y dilatar la decisión.
Aunque en el cuidado lenguaje eclesial, se los dijo ayer por la mañana el cardenal decano, Angelo Sodano, durante la homilía en la misa pro eligendo Pontifice : la Iglesia requiere la unidad de sus pastores para los tiempos que corren.
No es menor que haya sido Sodano el portavoz. Con esto, demostró que su influencia dentro del esquema cardenalicio sigue fortísimo y a prueba de críticas por su gestión.
Quizá con un nuevo papa, cualquiera fuere, Sodano pierda poder, pero con esta participación ha dejado su marca para siempre.
Desafíos y significados. ¿Habló Sodano por sí mismo o llevó a los cardenales un mensaje críptico que provino del retiro que Benedicto XVI vive por estos días en la residencia de Castelgandolfo?
Porque es la primera vez en varios siglos que un pontífice decide, por sí mismo, que sus fuerzas le flaquean y que no debe esperar la muerte para abrir la puerta a un sucesor.
El mensaje de Benedicto XVI fue muy fuerte para la Iglesia, en particular para los cardenales: un paso al costado en el momento oportuno puede ser la tabla de salvación antes que aferrarse a un poder para quedar sometido a la naturaleza humana.
Esa nueva forma de ver el pontificado deberá ser necesariamente considerada por quien vaya a ser el sucesor del papa alemán.
Dentro y fuera de las paredes del Vaticano, demasiados desafíos lo esperan: el principal, cómo hacer para que la Iglesia recupere la credibilidad que las intrigas palaciegas se han llevado.

