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Un presidente que se movió como calamar en el agua

"Lula", el apodo que se convirtió en marca registrada de un estilo político. Logró trocar miedos por elogios a nivel internacional. Su carisma sigue intacto tras 8 años de poder.

26 de diciembre de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Un presidente que se movió como calamar en el agua

Lula ha mutado muchas cosas desde sus tiempos de tornero y sus primeros pasos de dirigente en el "ABC" paulista donde se oyeron sus primeros discursos y donde una noche un accidente laboral le arrebató el dedo meñique de su mano izquierda, hoy convertida en un sello inconfundible más de su "marca registrada". "Lula", el diminutivo de los Luiz, pero también el nombre que en Brasil tienen los calamares o las rabas que se degustan en las playas, con los pies hundidos en la arena, ha sido el rostro visible de un Brasil con muchas caras.El presidente saliente, antiguo emblema de los foros sociales de San Pablo y Porto Alegre e indiscutido líder de uno de los partidos de izquierda más grandes del mundo trocó miedos por elogios en Davos, se codeó con monarcas y dueños del poder real del planeta y multiplicó a la enésima potencia la cantidad de kilómetros recorridos por su predecesor Fernando Henrique Cardoso, a quien tanto criticaba por viajar más de lo que gobernaba."Nuestro mayor logro fue matar al Alca sin tirar un solo tiro", dijo hace poco su canciller, Celso Amorim, evocando la Cumbre de las Américas de 1995 en Mar del Plata, donde Lula, su par venezolano Hugo Chávez, y el ex presidente argentino y anfitrión Néstor Kirchner desairaron al jefe de la Casa Blanca, George W. Bush y pusieron la lápida a la iniciativa de un área de libre comercio desde Alaska a Tierra del Fuego. Claro que el mismo Lula, como Tabaré Vázquez en Uruguay, sería luego anfitrión de Bush y, pese a diferencias en materia de comercio o "guerra antiterrorista", nunca llegó a plantear los discursos encendidos del bolivariano.Pero pese a su buen trato con el norte (Europa y Estados Unidos) Lula nunca dejó de plantear la necesidad de un espacio para el sur y tampoco se prestó al juego de convertirse en ariete para horadar proyectos de una izquierda más dura, como la de Chávez, o como la Bolivia de Evo Morales, cuyo arribo al poder siempre puso como "el hecho más significativo del continente" en los últimos años.Acostumbrado a resolver de modo personal cualquier diferencia con Argentina, a partir de una excelente relación con Néstor y Cristina Kirchner, Lula se movió en el terreno internacional con la misma ductilidad que en la política interna.De los elogios recurrentes de Barack Obama viajó sin escalas a una visita al recuperado Fidel Castro y en ocho años fue uno de los presidentes que más veces visitó Cuba.Lula cambió muchas cosas, pero su carisma siempre estuvo intacto. Verlo sobre un estrado montado para un cierre de campaña en San Bernardo do Campo o en cualquier ciudad o pueblo brasileño era asistir a una experiencia casi mística. Su manejo de las palabras, la forma casi actoral de caminar el escenario (como un pastor de las iglesias que pululan en su país), y el tono personalizado de sus mensajes, no serán fáciles de suplir. Tampoco una manera de interactuar con los demás (desde periodistas, militantes a líderes mundiales) a los que, con un abrazo o un simple gesto fuera de protocolo, hacía sentir como amigo de toda la vida.