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La trama de sexo y misterio que rodea al "caso Petraeus"

Atractiva y bien relacionada, Jill Kelley puso al FBI sobre la pista del escándalo que envuelve al exjefe de la CIA y a otro general notable que iba a ser promovido por Obama.

19 de noviembre de 2012 a las 12:01 a. m.
Antonio Caño (El País, de Madrid).
La trama de sexo y misterio que rodea al "caso Petraeus"
Jill Kelley. Cercana al Partido Republicano, la mujer que activó la intervención del FBI, visitó la Casa Blanca tres veces desde mayo (AP).

Washington. En algún momento del pasado mes de mayo, Jill Kelley solicitó la ayuda del agente del FBI Frederick Humphries, a quien conocía lo suficiente como para que este le hubiera mandado una foto en la que exhibía su torso desnudo, para que investigara unos correos electrónicos amenazantes que había recibido con la firma de Paula Broadwell.

“Ella le dijo: ¿Qué podemos hacer con esto? El agente le respondió: Esto es serio. Parecen ser las andanzas de un par de generales”, según el relato facilitado por un portavoz de la mujer amenazada. Los dos gene­rales son, por supuesto: David Petraeus, el exdirector de la CIA, que tenía una relación con Broadwell, y John Allen, el jefe de las tropas en Afganistán, que intercambiaba mensajes tiernos con Kelley, quien, a su vez, era también amiga de Petraeus.

Jill Kelley no es una mujer cualquiera. Atractiva y bien relacionada, tenía suficiente influencia en Tampa, donde vive, como para entrar sin identificarse a la base aérea MacDill, uno de los mayores centros militares del país, y para haber sido invitada tres veces en los últimos seis meses a distintos eventos sociales en la Casa Blanca. Era cónsul honoraria de Corea del Sur, cargo por el que creía disponer de inmunidad diplomática y en el que llegó a cobrar, según la CNN, hasta dos millones de dólares por facilitar contactos para cierto negocio. Sus ideas están próximas al Partido Republicano, para el que, junto a su hermana, Natalie Khawam, organizó algunos actos en Florida.

Conocía al agente Humphries de coincidir en distintas celebraciones. Eran solo amigos y su foto descamisado no tenía, 
en teoría, intenciones sexuales. Humphries, no obstante, estaba lo suficientemente interesado en Kelley como para mover el caso en el departamento de delitos cibernéticos del FBI.

El agente tenía buena fama. Había contribuido a destapar una conspiración terrorista en 1999 y se lo valoraba por su arrojo y disposición. Preocupaba su temperamento caliente y sus ideas excesivamente derechistas. Pese a todo, el FBI le permitió meter la nariz en correos privados nada menos que del director de la CIA y el jefe de la misión en Afganistán.

El FBI dijo después que Humphries fue apartado del caso porque se mostraba “demasiado involucrado personalmente” en el asunto. Pero para entonces la bola de nieve bajaba ya imparable por la ladera de la montaña. Humphries no se detuvo ahí.

Una bomba electoral...

En octubre, frustrado porque la investigación no avanzaba, se comunicó con un congresista republicano, Dave Reichert, quién le facilitó una entrevista con el número dos del partido en la Cámara de Representantes, Eric Cantor. La conversación, según Cantor, fue el día 27, y él se tomó hasta el día 31 para informar de ella al director del FBI, Robert Mueller. El FBI niega que supiera de la iniciativa de Humphries y este niega que su intención fuera facilitar a los republicanos lo que podría haber sido una bomba a 10 días de las presidenciales.

El FBI mantuvo la investi­gación sobre Petraeus y Allen, aunque sin poner en conocimiento ni al Congreso ni a la Casa Blanca. El fiscal general, Eric Holder, bajo cuyo control está el FBI, confirmó que Barack Obama no supo del asunto hasta el miércoles pasado, dos días antes de que se hiciera pública la dimisión de Petraeus.

Algunos opinan que Obama no debía de haber admitido la dimisión de Petraeus ya que este no había cometido ningún delito. La CIA abrió una investigación oficial para comprobar si se ha producido una filtración de información secreta, y el FBI se llevó el lunes pasado documentos y ordenadores de la casa de Broadwell para tratar de saber qué es lo que esta mujer sabía. Hasta ahora sólo se dijo que poseía datos relevantes, pero ninguno procedente de la CIA.

Broadwell es una graduada de la Academia Militar de West Point y también una mujer poderosa en su entorno. Ese poder creció cuando se acercó a Petra­eus para escribir su biografía. Durante dos años viajó con él y se hicieron tan íntimos como para estar a su lado en el Congreso el día que lo confirmaron como jefe de la CIA.

Hasta aquí, la historia es un romance. O varios romances. Broadwell amenazó a Kelly porque sospechaba que cortejaba a su general en MacDill. En esa misma base militar, Kelly trabó amistad con el general Allen, quien, según sus portavoces, encontró durante dos años tiempo para dedicarle 12 mensajes diarios de carácter “afectuoso pero platónico”. Ya parece descartado que este embrollo sentimental tenga que ver con el ataque de Bengazi. Tampoco parece que estos personajes, todos republicanos, puedan poner en peligro a Obama. Pero el escándalo no acabó y algunos misterios perduran.