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Recaudos para parir otra historia

Ante la incipiente negociación, israelíes y palestinos deberían repasar pecados propios que derivaron en los fracasos del pasado.

31 de julio de 2013 a las 02:00 p. m.
Redacción La Voz
Recaudos para parir otra historia

El plazo que se dieron las partes y el mediador para tratar de buscar una salida pacífica al interminable conflicto entre israelíes y palestinos dejó servida la alegoría. Nueve meses es el tiempo que le insume al ser humano, en condiciones normales, la gestación de una nueva vida, desde la concepción hasta el momento del parto.

Pero hay partos y partos, y las condiciones en las que se ha pretendido una y otra vez alumbrar una paz definitiva en Medio Oriente casi nunca han sido óptimas. De ahí que no pocos observen con pesimismo la nueva iniciativa de diálogo que se inauguró en la noche del lunes con una cena en Washington organizada por el secretario de Estado norteamericano, John Kerry.

“Entiendo el escepticismo de algunos pero no lo comparto”, dijo el propio exsenador demócrata, antes de instar a sus invitados a no dejar “el problema” como herencia para otra generación.

“La historia no la hacen los cínicos, sino los realistas que no temen soñar”, sentenció la excanciller y actual ministra de Justicia de Israel, Tzipi Livni, jefa del equipo negociador designado para la ocasión por el primer ministro Benjamin Netanyahu.

“Se tocarán todos los temas”, prometió Saeb Erekat, histórico negociador a quien el presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmud Abbas, encomendó una misión que hasta aquí ha sido imposible de completar.

Las expectativas de que al cabo de nueve meses de negociaciones nazca una solución definitiva para un conflicto de más de medio siglo suenan exageradas. El nuevo proceso de diálogo con el que se busca la solución de dos estados independientes en convivencia pacífica arrancó con resistencias internas y la confidencialidad que pidió Kerry no eximirá a las negociaciones del boicot de aquellos que abonan las posiciones más radicales.

Quienes habitan o han visitado Medio Oriente saben que la construcción de una confianza entre dos pueblos obligados a coexistir ha demandado mucho tiempo, incontables gestos y no pocos sacrificios. Y también que basta una chispa para volver a encender los ánimos y quemar las esperanzas puestas en un futuro sin ataques, represalias ni miedos.

Israelíes y palestinos apenas han coincidido en dejar atrás un vacío de cinco años desde el último intento fallido y tres de la última ronda de conversaciones. Es un primer paso importante, pero sólo el primer paso.

Si la afirmación de Erekat acerca de los temas a abarcar se confirma, las discusiones incluirán cuestiones espinosas, como las definiciones de fronteras, las garantías de seguridad o el futuro de los asentamientos. Pero también deberían abordar los aún más inconciliables puntos referidos al retorno de refugiados y al futuro de Jerusalén, la ciudad que ambos pueblos reclaman como su capital sagrada.

Cabe poner alguna ficha a la voluntad de paz del gobierno de Netanyahu, después de que accediera a liberar a más de un centenar de presos palestinos (muchos de ellos condenados por terrorismo), para que la negociación se descongele. También a la del gobierno palestino, que volvió a sentarse a la mesa con su contraparte, pese a la cerrazón de fundamentalistas que no sólo están en Gaza o militan en Hamas.

Ante la incipiente negociación, las partes deberían repasar pecados propios que derivaron en fracasos del pasado. La sistemática descalificación israelí de sucesivos liderazgos palestinos como “interlocutores válidos”, desde Yasser Arafat al presente, o la incapacidad de la ANP para controlar desde Ramallah a quienes están dispuestos a torpedear cualquier salida consensuada o persisten en negar el derecho a existir del Estado judío, debieran ser superados.

Se trata de una empresa nada fácil con el entorno regional de guerra abierta en Siria, heridas sin cerrar en Irak e Afganistán o incertidumbre política en Irán.

Sorprendería que el diálogo produzca resultados concretos en el plazo prefijado de nueve meses. Aunque cada parto entraña en sí mismo un milagro.