Un santo de este tiempo
Juan Pablo II terminó de dejar su huella peregrina en la historia de la Iglesia y del mundo. "El Señorlo fue despojando de todo, pero él siguió", dijo Benedicto XVI.
Desde muy temprano, atraídos una vez más por la fuerza de imán de Karol Wojtyla, muchos de los que en estos días nos llegamos a Roma para participar de la beatificación de Juan Pablo II, nos levantamos temprano para llegar a la Plaza San Pedro y encontrar el mejor lugar, ése por el que los 600 mil polacos pusieron aun más temprano sus despertadores para plantar sus banderas rojas y blancas en territorio vaticano, donde ellos, como su amado papa durante 27 años, quisieron sentirse hijos adoptivos de esta tierra. La emblemática plaza, abrazada por las columnas de Bernini, ya estaba plena a las ocho de la mañana. Una vez colmada su capacidad, comenzaron a movilizarse los cientos de miles de peregrinos llegados de todo el mundo, quienes, como una marea humana guiada por los voluntarios vestidos de amarillo, iban ocupando la Avenida della Conciliazione de punta a punta.Mientras todo esto iba ocurriendo, nosotros preparábamos la transmisión en vivo de la beatificación para todas las radios María de habla hispana, desde un lugar privilegiado: la terraza de las Hermanas de la Virgen Niña que, pegada a la Plaza, tiene la particularidad que su construcción supera la altura de las columnas que la rodean. En ese lugar registré una bella imagen pintada por quien acompañó a Juan Pablo II en sus tiempos de descanso, Alberto María Carreggio, quien, a lo largo de la entrevista, insistió en la rica dimensión humana de Juan Pablo desde el deporte escalando montañas, pasando por su buen humor, su preocupación por los problemas de la humanidad, remarcando cómo en tiempo de descanso se acrecentaban en él la oración, la meditación y la lectura. Desde las cinco de la mañana hasta las nueve, dedicaba tiempo para la soledad con Dios para luego emprender la escalada de la montaña que terminaba a la una de la tarde con el almuerzo. En el relato del obispo Carreggio, me encontré con lo que todos habíamos ido a celebrar y Benedicto XVI ratificaría en su homilía: la plenitud de vida de un contemporáneo nuestro. Una vez más, descubrí que ser santo es vivir en plenitud. La misa dio inicio con la procesión de los cientos de cardenales venidos de todo el mundo, entre los que se encontraba el cordobés Estanislao Karlikc. Al final, Benedicto XVI cerraba la fila transportado en el papamóvil. Comenzada la celebración, después del pedido de perdón, el cardenal vicario de Roma, Agostino Vallini, pidió al Papa que procediera a la beatificación del siervo de Dios, Juan Pablo II. Entonces se leyó una breve biografía y, mientras se descubría un cuadro con su imagen, el Pontífice –en medio de cantos, vivas y aplausos– declaró "beato" al papa nacido en Polonia. En ese preciado momento, Juan Pablo II terminó de dejar su huella peregrina en la historia de la Iglesia y del mundo. Sus pasos en medio nuestro han sido leídos y reconocidos por la Iglesia como los de un hombre profundamente comprometido con nosotros –sus contemporáneos– y, al mismo tiempo, con destino de eternidad. Como una roca. En el horizonte de quien fue un peregrino incansable de nuestro tiempo, el norte que debe orientar la presencia de la Iglesia en el mundo es el hombre, al cual hay que acompañarlo en Cristo. Aquí radicó la fuerza de sus convicciones, su variada y rica agenda apostólica, su capacidad de perdón, la preocupación por sus contemporáneos, su liderazgo con los jóvenes, su entrega en el dolor; y todo lo hizo como el apóstol Pedro, como una roca firme. En este sentido se expresaba el sábado pasado Benedicto XVI, cuando hablaba del testimonio de su sufrimiento: "El Señor lo fue despojando de todo; sin embargo, él siempre permaneció como una roca". Dios quiera que, sobre el testimonio de esta referencia firme, podamos encontrar un punto de apoyo para los desafíos de los tiempos que vendrán.

